Uno de los acontecimientos más esperados de la vigésimo tercera versión del Festival Internacional de Cine de Valdivia, que se desarrolla durante esta semana en la capital de la Región de Los Ríos, ha sido el estreno en Chile del segundo largometraje de ficción del realizador Christopher Murray (1985). Pretencioso y con atisbos de genialidad audiovisual al mismo tiempo (los giros y la fotografía de su cámara sugestionan), la obra exhibe, sin embargo, una incapacidad de argumentación dramática, que confunde la introspección de los personajes, y sus crisis existenciales, con el silencio y la omisión de hechos y situaciones en la trama.
Publicado el 13.10.2016
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“¡Qué ilusión más perfecta! como un cristo / barroco / con toda su crueldad innecesaria”.
Enrique Lihn, en La musiquilla de las pobres esferas (1969)

Hace tres años, el director de fotografía limeño avecindado en Chile, Inti Briones, obtuvo un importante premio en el Festival de Venecia (Best Cinematography, en la International Film Critics Week, para ser exactos), por su labor en la película “Las niñas Quispe” (2013), del director nacional Sebastián Sepúlveda: desde aquella oportunidad, su nombre era seguido con atención por los encargados de la legendaria cita italiana, susceptible a dejarse vencer por la belleza de la marginalidad y del exotismo sudamericano de un filme cuyas carencias literarias, empero, lo recuerdo bien, eran trágicas y abismantes.

Pasado el tiempo, la segunda pieza de Christopher Murray, después de grabar ese documental con aspiraciones de ficción que es “Manuel de Ribera” (2010), estuvo nominada y compitió por el esquivo León de Oro (el máximo galardón en competencia), en la altiva ciudad de los antiguos duques y canales. Gran parte de ese éxito y resonancia se debió, nuevamente, al trabajo de Inti Briones detrás del lente de la cámara. Un aporte insustituible para el joven profesor de la UC (Murray), al instante de transformar en imágenes cinéticas, sus ideas conceptuales y obsesiones artísticas.

Un plano para atestiguarlo, sin ir más lejos: el seguimiento que hace de la figura estatuaria del Cristo popular venerado en la Pampa del Tamarugal (Región de Tarapacá), la cámara de la dupla Murray-Briones. En movimiento, el foco se detiene sobre la humanidad y encima de toda la crueldad innecesaria, como escribiría Enrique Lihn, de ese símbolo sagrado de yeso, una herencia del barroco americano. Son segundos de lucidez audiovisual, que ya se quisiera cualquier museo europeo, dedicado a reflejar la cosmovisión de alguno de sus resguardados objetos similares.

Marginalidad, pobreza material y desorientación vital, se unen en el personaje de Michael (interpretado por el actor Michael Silva), a fin de rodar un registro del abandono social y económico de esa zona del país, víctima como consecuencia, insinúa el director, del fervor religioso y de la precariedad tecnológica y hasta institucional. Ese joven (presa de los delirios mesiánicos) entregaría de forma fragmentada las pistas de su identidad: el desmembramiento de su sencilla familia, su caída en la indigencia, la afectividad personal trunca, difícil, carente e imposible.

Irrealidad acerca de un modo de vida sesgado, inacabado y prejuicioso, que ese foco, sin embargo, capta  a través de formidables, e insisto en aquello: secuencias de bella factura técnica y cinematográfica. Pero la historia, además de grabar un territorio fílmico y espacial de la locura (y la miseria), poco ofrece en la intencionalidad de crear un ambiente ficticio que explique, añadido a “mostrar”, ese estado de las cosas que con fuerza y genio artísticos, mediante el cine, pretende denunciar, y tal vez con ese acto hipotéticamente mejorar, la espinosa cotidianidad de sus reales habitantes.

Si el presente título fuese un largometraje documental, rondaría la perfección: los cineastas chilenos, no obstante, insisten en mezclar géneros (en disputas estéticas sobrepasadas hace tiempo por el admirado primer mundo), a fin de justificar guiones escasamente elaborados, y de exigua categoría literaria y teatral. De la misma forma, esos creadores confunden el camino para convertir en fotogramas de acción, los desacomodos espirituales y psicológicos de sus roles principales: el absoluto silencio, y las eternas caminatas físicas de unos personajes que nunca enuncian sus males internos, y cuando por fin lo hacen, sólo es en los códigos de los monosílabos y la incapacidad de enhebrar oraciones o complejidades humanas, que cualquier ser pensante, podría verbalizar, con sus propios modos y términos idiomáticos, pertenezcan éstos a un lenguaje culto, o restrictivo al argot popular: son faltos de sorpresa y de talento escritural para redactar aquellos diálogos, en definitiva.

En contraste, historias parecidas, semejantes, son inventadas por autores de otras latitudes, en gestas y metáforas audiovisuales de la sobrevivencia, las desdichas afectivas, el alegato político, el desenfado artístico, creativo y audiovisual: observen “El cazador” (2014), del cineasta australiano, David Michôd, y comprenderán el sentido de mis líneas, o bien analicen la popular “Mad Max: Furia en la carretera” (2015), de George Miller. Los directores nacionales, en cambio, insisten en delinear los tópicos relacionados con el desierto nortino en cuanto a “tema” cinematográfico, al interior de la inmovilidad dramática, y una mezquina audacia estética, y filosófica, a fin de entregarle a ese reducto geográfico, un significado metafísico, y vestirlo como escenario de la reflexión fílmica, filosófica y existencial. Quizás, algo, hipotéticamente se acerca, a los postulados que levantamos, la inédita “Sin norte” (2015), de Fernando Lavandero.

La disociación que existe entre altura fílmica y descenso libre, ese precipicio dramático, obstaculiza a “El cristo ciego” (2016), para aspirar a más que una nominación al León de Oro, ante la imposibilidad del jurado por insistir con congratular los detalles, las minucias, y la dedicación desplegadas por su director de fotografía (Inti Briones), quien llevaba a la práctica, me imagino, a su vez, las instrucciones del realizador y responsable de la obra.

Aplicar técnicas de registro documental a la ficción, no implica traspasar las leyes de una fidelidad dogmática, hacia una realidad diegética incólume, como exigen los procedimientos de “mostrar la verdad bien dicha”, en la sentencia del señero Pedro Chaskel. Esa inclinación por “copiar” un espacio cinético íntegramente, debería ser sólo formal: pues hasta los argumentos de aquel género, según las demostraciones de Ignacio Agüero y de José Luis Torres Leiva, también, sudan ingenio dramático, vivacidad, intriga, atención y conocimiento de los estados superficiales, y los comportamientos subalternos, de la psiquis humana.

Un buen escritor hubiese ayudado bastante a Murray con el objetivo de resolver sus planteamientos al respecto. Lo demás son sólo eternas caminatas y pensamientos absorbidos por una cámara que apela al realismo bello de los límites del norte de Chile, sus atardeceres, noches, devociones, pérdidas familiares, en una línea dramática atada de manos a fin de exhibir una problemática imposibles de abordar por ese libreto carente de talento, estupores y profundidad tanto literaria como emocional.

A través del silencio no se explica el origen del universo. Aunque sí a través de ese encuentro sexual y místico, que sorprende a Michael cubierto de polvo, transpirado, sediento de amor y de caricias, bajo la luna caliente del Tamarugal.

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