Un thriller en la mejor acepción del distintivo resulta esta película protagonizada por el multifacético, talentoso y controvertido Ben Affleck. Introspección psicológica, una faena cautivante, y una trama e historia argumental en correspondencia (vestidas por las emociones de una estimulante banda sonora), son unidas por el pensamiento del director estadounidense Gavin O’ Connor, bajo los códigos de una estética audiovisual y conceptual de la marginalidad, inspirada en la riqueza y el poder oculto, que gobiernan los hilos invisibles de las sociedades modernas. Además de la atrayente actuación del rol principal, también inciden las participaciones de Anna Kendrick, y de J.K. Simmons.
Publicado el 03.11.2016
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“No, pensé, nada se olvida. Vivir es recordar. Tal vez el universo entero no sea más que una maraña de recuerdos”.

Isaac Bashevis Singer, en El certificado

Adaptarse a las exigencias de la realidad, suele representar para algunas personas, las que giran dentro de las órbitas paralelas de la locura y de la genialidad, un reto mayor, sin duda. Un ejemplo, el contable Christian Wolff (Affleck), un adulto que padece de trastorno de Asperger: inteligentísimo y dueño de un intelecto de rango superior, posee serias dificultades a la hora de relacionarse con quienes le rodean, pese a sus facilidades para las proezas matemáticas, y sus exquisitas aficiones artísticas y estéticas (en el área plástica y musical). Aunque lo desee, le cuesta hablar y de esa manera le es arduo exteriorizar con claridad, sus anhelos y sentimientos, ante el juicio social de los demás.

El libreto de “El contador” (“The Accountant”, 2016), equivale al mayor rasgo y cualidad técnica del séptimo largometraje de ficción del realizador neoyorkino, Gavin O’ Connor (1964): desarrolla temas tan sugerentes y profundos como la disfuncionalidad familiar, la soledad radical, las excentricidades psicológicas y del comportamiento, la imposibilidad del amor, y todo eso, en la retórica y estética cinematográfica de un thriller de acción, uno que mantiene las sorpresas y lo impredecible de su desarrollo dramático hasta el final, hasta el último de sus perfectos planos y secuencias.

La cámara ofrece los principales atributos de la industria para un producción de altísimo nivel fotográfico: la escena se levanta con una facilidad asombrosa (estudios y exteriores que apelan a los salones donde se gobierna y se forja una potencia como los Estados Unidos, y a su vez, a la simpleza de una cotidianidad que disfraza la riqueza y la tenencia del poder real), ya sea obtenido de una manera legal (por simple habilidad para los negocio, por ejemplo), o granjeado en base al crimen, la violencia delictual y los ilícitos administrativos y tributarios.

En ese sentido, el foco de la película, revela y establece la geografía estética de una dimensión de la vida, que se despliega “afuera” de la rectitud, pero que paradójicamente, sostiene y ayuda a los dictámenes de esa fuerza visible, “objetiva” y fundamentada en la judicatura, las leyes, y sobre los poderes oficiales de un Estado, sean estos gubernamentales o simplemente civiles, los que prevalecen dentro del engranaje burocrático propio de la infinita multiplicidad de formas “oficiales” registrados por la modernidad.

Una casa de suburbio, una oficina del FBI, los salones de una compañía empresarial dedicada al rubro de la salud, y el resto: una mansión sumergida en la oscuridad, en los campos adyacentes, lejos del ruido mundanal, y de la observancia intrusa de los vecinos. De hecho, las balaceras y tiroteos de “El contador”, clásicos en cualquier thriller de acción, se escenifican en ambientaciones solitarias, marginales de la centralidad urbana, y sin peatones ni ciudadanos de diseño, que molesten y estorben a los bandos que se enfrentan.

El imaginario fílmico de unas circunstancias trascendentales para la vida de una comunidad global, pero que ejerce su verdadero respirar y orgánica cotidiana, al interior de unos márgenes ocultos, difíciles de verificar para quienes no pertenecen ni se desenvuelven en esos estamentos robustamente presentes, sin embargo, aunque siempre aparentes, protegidos por máscaras, señuelos, tiendas y marcas de fantasía, que resguardan los intereses y las identidades de sus sinceros propietarios. Bajo ese prisma de análisis, esta obra audiovisual también simboliza a un logrado título de cine negro y de suspenso. Igualmente, una pieza que seduce a los hinchas del género policial, y hasta a los incondicionales del cómic: pues este contable, asimismo, recoge la posta del héroe solitario, que por algún atributo o característica “especial”, y en la frontera del ejercicio de la moralidad, le tiende una mano inesperada a la causa de la justicia, y la otra, al imperio de la institucionalidad.

Y entremedio el protagonista incapaz de “sentir”, se enamora, y hasta avizora la posibilidad de una redención entrañable y afectiva, que por biología y estructura genética, casi le son imposibles de concretar. La acción jamás cede, y los descubrimientos de secretos y de verdades íntimas, se confunden con los diagnósticos de situaciones financieras y judiciales, que involucran a millones de seres humanos.

Esa deformación de lo establecido, quizás explique dos tesoros que el rol de Affleck conserva como unos escudos, o amuletos esenciales: un cuadro original del impresionista francés Renoir, y otro del expresionista norteamericano Paul Jackson Pollock, un par de genios y artistas plásticos que modificaron la realidad dimensional y expresaron los matices que contienen las contradicciones de ésta: “esas ciertas extrañas ocasiones y coyunturas, de este raro asunto entremezclado que llamamos vida”, de acuerdo a la enunciación del novelista estadounidense Herman Melville.

Así, la silueta de este peculiar héroe solitario, devoto de las sonatas para cello de  Johann Sebastian Bach, se conduce por códigos morales particulares, los que empero, guardan coherencia con el conjunto de normas naturales y positivistas, que conforman y regulan la convivencia de los hombres. El montaje es preciso, perfecto, y guarda complementación y fidelidad con las órdenes que le entregan un texto matriz que asemeja a una novela: transcurren y se simbolizan notoriamente los nudos explicados, y de fondo, se deshilvanan los núcleos que permiten comprender al “freak” contable Christian Wolff, en cuanto sujeto complejo, profundo, y hondamente universal en sus alcances de representación conductual y de sensibilidad humanas.

“El contador” es la mejor película de Gavin O’Connor (el autor de “Cuestión de honor”), y posibilita la apreciación de una de las mayores interpretaciones de Ben Affleck, quien junto a Leonardo Di Caprio y  Bradley Cooper, deben ser los más distinguidos y connotados actores estadounidenses de su generación. Su cámara crea universos ambientales, y reproduce imaginarios culturales complicados, difíciles de mostrar, en la línea de un lenguaje audiovisual sencillo, pero eficaz en los resultados de su expresión cinematográfica. Y su guión y argumento, además, por si ya fuera poco, se compenetran y especulan, en esta meditación del escritor mexicano Sergio Pitol: “¿Qué es uno y qué es el universo? ¿Qué es uno en el universo? Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas. Uno está conformado por tiempos, aficiones y credos diferentes. Vuelva usted a preguntar qué somos, adónde vamos y una bofetada lo librará de las pocas muelas que le quedan”.