La última entrega de Álvaro Bisama nos presenta el “cara y sello” de un fotógrafo atormentado por las experiencias traumáticas que debió enfrentar durante el tiempo de la dictadura militar en Chile. Huyendo del influjo malsano de las calles que permanecían en él, decide instalarse en la isla de Chiloé para curar las heridas. Alejado del tiempo y de sus más cercanos, encontrará algo más que el “lugar ameno” retirado del ruido mundanal, quizá una extensión de la violencia de la que intenta escapar.
Publicado el 15.12.2016
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“Con la fotografía entramos en la Muerte llana. Un día a la salida de una clase, alguien me dijo: -habla usted llanamente de la muerte. ¡Como si el horror de la Muerte no residiese precisamente en su llaneza, en su banalidad!”.

Roland Barthes, en La cámara lúcida.

 

“La ciudad estaba llena de policías y militares y todos estaban locos y destrozados por el miedo” (20).

Ésta novela arranca con el relato del hijo y una consecuente distancia de los hechos dolorosos, que serán referidos en un registro puramente descriptivo y recortado en líneas breves. Por éste sabemos que su padre trabajó captando el lado más crudo de la violencia, desatada en protestas, espacios de tortura y eriazos a donde iban a parar los cuerpos de los detenidos. Fotografiar esa realidad lo habría alejado progresivamente de su hogar y de sí mismo: “Las imágenes enferman, afectan los cuerpos, los cambian” (148).

Al percibir que la línea de muerte en Santiago comienza a ser cubierta por nuevas edificaciones y gentes (cuando empieza a desaparecer una historia, esa que ante todo le ha significado la experiencia del horror), el padre deja la fotografía, instintivamente, entregando su trabajo al mismo estrato fósil que lleva el nombre del olvido. Parafraseando a Nelly Richard, se hace necesaria una reestructuración en el lenguaje, que no sabe nombrar los restos de la catástrofe. El fotógrafo deja la cámara para probar con la pintura, ocupa de referente viejas fotografías pero al cabo “ya no pintaba. Me limitaba a manchar las telas” (149), lee sobre aquello que Verne consideró el futuro, prueba fotos con una cámara dañada que provoca “imágenes sorpresivas y deformes” (171). Se aleja de un ritmo de incesantes cambios en el que se atropellan recuerdos que aún no logra comprender. Llegado éste punto, el sujeto ha dejado Santiago y se ha trasladado a Chiloé donde lleva una vida ermitaña, apenas iluminada por algunos romances y una mascota.

De aquí en más, la tensión pasado/presente anclada a la imagen fotográfica, permite una serie de eventos sincrónicos que proyectan y retraen el historial biográfico del padre. Su autoexilio en la isla de Chiloé (que en la novela es una especie de tierra de nadie a la que pueden escapar los renegados de la sociedad), circunscribe además dichos tiempos a lugares específicos: Santiago es el desarrollo, el cambio, la familia abandonada y las nuevas calles pobladas por fantasmas; “El sur”, una promesa de exorcismo, una cura del recuerdo ¿un olvido por otro olvido intolerable? Más bien un intento por habitar “el país del pasado, el país sin tiempo” (64).

Por ende, lo único capaz de subsanar la escisión espacio-tiempo que alimenta ésta historia, es la memoria entendida como un continuum en el que el pasado siempre vuelve para saldar las cuentas pendientes. La separación más importante para el relato es la que viven padre e hijo. Cada uno hace su vida de forma independiente, a medida que las diferencias generacionales van siendo destacadas por diversas referencias a la cultura pop. El segundo, si resiente en algo el actuar de su progenitor, se encarga de no demostrarlo y “mantener cierto estoicismo” (54). Con todo, reduce a cero las visitas a Chiloé, se asienta en la capital, forma una familia, hasta que un día recibe la noticia de que su padre ha desaparecido y se encuentra vinculado a un crimen. Entonces debe emprender una búsqueda para saber que ha sido de él durante tantos años de ausencia.

Bisama se encarga de ocultar al desaparecido para luego presentar su versión de los hechos, en una seguidilla de capítulos escritos de forma ágil y menos escueta, que al fin revelan la envergadura de la sombra de un personaje que en la primera mitad del libro es prácticamente inconsciente. ¿Ocultar y mostrar para el placer en la lectura? Si, aunque la resolución, tan al estilo de novela policial, en la que cada pieza del puzle encaja sin faltas, puede ser algo decepcionante. Con todos los detalles cubiertos, la narración cierra de forma fácil y un personaje tan intrigante como un brujo que no pensó “en la magia […] en los mitos” (210), sino solamente en la memoria y el laberinto que abría en su vida, pierde interés. Es lo que la novela pide y extrañamente Bisama no ofrece un acorde freak al final, sino uno armonioso.