La segunda presentación de la temporada lírica 2016-2017, del Metropolitan Opera House de Nueva York, fue transmitida en directo y en calidad HD, este sábado 22 de octubre, por la moderna pantalla de cine del Teatro Nescafé de las Artes. Con una puesta en escena superflua y ambientada en el siglo XVIII, esta producción privilegió la acción cómica de la obra de Mozart, en desmedro de otros aspectos dramáticos: el humor irónico del texto resulta fomentado, así, por la actuación y la modulación vocal de sus personajes. El elenco despliega un desempeño interpretativo complejo, el que no siempre alcanza en sus velocidades la ejecución sonora deseada, mientras intenta seguir el apuro del conductor Fabio Luisi.
Publicado el 25.10.2016
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“Yo era más delgada que un junco, él era más espléndido que un cedro del Líbano”.
Søren Kierkegaard, en O lo uno o lo otro.

“Don Giovanni” es una pieza suspendida entre la comedia y la seriedad. Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) desarrolló su argumento con el libretista Lorenzo da Ponte, con quien estrenaba un año antes “Las Bodas de Fígaro” (1786), una opera buffa (ópera cómica). El presente libreto se encuentra basado en el mito de Don Juan, representado a su vez en la obra “El Burlador de Sevilla” (1625), del dramaturgo español Tirso de Molina (1579-1648), de la que podría surgir tanto un drama serio como su revés, o bien el resultado de ambas: una trama humana y simbólica, envuelta en risas que se fingen ligeras. Esta producción quedó prendada del envoltorio, pero más allá de eso tiene sus luces y sus sombras.

El título trata de un noble hispano licencioso que rehúsa de su redención, el cual con la ayuda de su siervo Leporello, se las ingenia para mantener un deporte de promiscuidad a través del engaño o de la fuerza. Tras conquistar a donna Anna, vence en un duelo a muerte a su padre, Il Commendatore, encarnado por el bajo Kwangchul Youn. Se desata así la promesa de venganza de don Ottavio, prometido de donna Anna y antítesis conceptual de don Giovanni: representa la compasión por la mujer, la ingenuidad y la entrega monogámica.

La relación de donna Anna -interpretada por la soprano Hibla Gerzmava-, y don Ottavio, abordado por el tenor Paul Appleby, enseña esta situación amorosa invertida. Don Ottavio se compromete completamente y no la fuerza a nada, lo cual le parece que ella desea, sin embargo, ésta nunca cede al casamiento, y mantiene como excusa el luto de su padre. Esta situación es tratada con un bello humor irónico: se entiende que a la mujer le es indiferente la efusividad de su amor y a pesar de ello le utiliza para vengar a su padre, pero su pretendiente está muy pasmado para darse cuenta. Permanece ciego en la épica de su amor, y la voz de Appleby es expresiva en “Il mio tesoro”, la mejor ejecución de la ópera.

Don Giovanni huele una mujer a lo lejos, y resulta ser una antigua conquista: donna Elvira, personificada por la soprano Malin Byström. Entra con su aria “Ah! chi mi dice mai”, y exclama “Ah, se ritrovo l’empio / E a me non torna ancor, / Vo’ farme orrendo scempio, / Gli vo’ cavare il cor” [¡Ah! Si encuentro al impío / y no vuelve a mí, / haré en él un horrendo destrozo: / le arrancaré el corazón!], y define la contradicción que la aqueja.

Es distraída por Leporello cuando Giovanni la elude.  Le enseña el catálogo con más de mil conquistas amorosas sólo en España del protagonista. “Madamina, il catalogo è questo” es tratada por Adam Plachetka con una modulación brillante que entrega el humor que encierra el personaje. Leporello está constantemente a punto de desligarse de don Giovanni pero cada vez que lo intenta es seducido a ceder a las situaciones más ridículas. Se dan momentos de humor como de sitcom (comedia situacional), recurriendo a gags visuales e intensificando la ironía del texto. La actuación, la inflexión de la voz y su acentuación juegan un rol fundamental en esto y logra recuperarse del aria inicial, donde discute el tempo de Luisi.

Durante esta escena surge una falta de criterio del registro en vivo que se transmite de la función. Mathew Diamond, que la dirige, realiza planos muy cerrados de los cantantes, impidiendo apreciar la coreografía de mujeres que aparecen en las ventanas de la escenografía. Esto, junto a algunos desaciertos claros y un uso reiterativo del movimiento de la cámara. Pese a la falta de variedad, la decisión de acercarse con el lente a la acción es muchas veces un acierto. Logra visibilizar los detalles de la dirección teatral de Michael Grandage, que es a la vez histriónica y fina, y tiene una preocupación especial por las miradas de los artistas. Cabe decir que la escenografía y, a causa de esto, la puesta en escena no son nada especial. Fuera de recrear el siglo XVIII no se integra un sentido estético adicional a la obra, ni se elabora, a través de ella, la riqueza de sus personajes.

Malin Byström tiene algo veleidoso que podría darse bien en su rol de donna Elvira, mas no encuentra completamente su expresión. Nada de fácil, pues su personaje es tratado con ligereza en la régie, lo cual es señalado desde el ridículo giro de sus constantes cambios de opinión, sin aventurar el mundo dramático que subyace en su rol.

De la ópera se comprende que Elvira idolatra a Giovanni pues éste es el alimento para sobrevivir su ignominia. El deseo de vengarse y la esperanza de tenerlo se anulan, ni uno ni el otro serán jamás suficientes para escapar a la desesperación de haber sido engañada. Por lo tanto vaga errante entre ambos sentimientos. Ya encerrado por sus perseguidores, Giovanni realiza una artimaña inverosímil: disfraza a Leporello de su ropa y se entrega a donna Elvira. Ella no sólo lo perdona y baja la guardia, sino que cree fehacientemente que Leporello es don Giovanni y lo defiende de don Ottavio, en un éxtasis de amor. Al analizar el personaje, Søren Kierkegaard (1813-1855) determina: “ella reclama lo inverosímil y lo creerá justamente porque es inverosímil”.

Es Elvira quien advierte a Zerlina de las malas intenciones de Giovanni. En una fiesta aldeana, Zerlina, recreada por la mezzo Isabel Leonard, está a punto de casarse con Masetto, interpretado por el bajo Mathew Rose. Don Giovanni invita a todo el mundo a su palacio para poder quedarse con Zerlina. Está a punto de seducirla, en el bello dúo “Ci darem la mano”, cuando irrumpe Elvira. Isabel Leonard y Simon Keenlyside infunden de dulzura sus voces, enseñando el talento seductor de Giovanni y la entrega de la campesina.

Simon Keenlyside no pudo con la presteza exagerada de Fabio Luisi en  “Fin ch’han dal vino”. A un tempo que quizás en otros años sí pudo ejecutar, a sus 57 años le significa un problema de fiato (capacidad de dosificar el aire), que hacía que terminara débil en cada verso. Siendo un barítono capaz, es fácil olvidar sus lapsus a causa de su excelente desplante escénico y debido al resto de su ejecución. Hace de sus gestos de brazos una danza manierista de modales que cabe imaginarse en Giovanni. Sus acciones entregan humor y caracterización, a la vez, y además hay algo de su físico que parece calzar con el personaje.

Por más que don Giovanni descienda sin redención al infierno, el rastro de desvergüenza que deja no se resuelve en el posterior “final feliz”. De cierta manera esto se entiende en la ejecución actoral. Comprendemos que sembrada la inquietud de los sentimientos y de la honestidad, la resolución es dudosa. Giovanni sabe que su capacidad sociópata para influir y manipular a los otros le habría de significar un destino trágico, y esto lo acepta, testarudo hasta el final. Previo al segundo acto señala: Se cadesse ancora il mondo/Nulla mai temer mi fa. [Aunque se cayese el mundo / nada me atemorizaría]. El mito de Don Juan presenta a uno de los más interesantes antihéroes por la aparente frivolidad de su consigna.

Una producción como ésta decae en comedia por carecer de un director de escena que otorgue un punto de vista. Las relaciones que se ejercen entre sus personajes tienen un humor irónico que sugiere la tragedia que los circunda. Desde sus arquetipos, hay una pedagogía del cinismo en el amor y el honor de la que poco se revela. Si bien la actuación, el texto y la voz entregan luces de esto, falta cohesión. Es común que se realice esta ópera desde una seriedad que no le pertenece, sin embargo, este otro extremo pierde la riqueza de la obra. Darle tanto énfasis a la comedia significó desperdiciar un vasto contenido.