Una sensación agridulce dejó la presentación de este clásico lírico en el proscenio del Teatro Municipal. Por una lado, la segura y exitosa producción escénica de Nicola Benois (que debutó en Chile en el lejano 1982), el recordable timbre de los barítonos Vittorio Prato y Andrey Zhilikhovsky, la confirmación de que Catalina Bertucci es una soprano de línea internacional, y el buen estado de la orquesta dirigida en esta oportunidad, por un inspirado José Luis Domínguez. Lo malo: el regular desempeño vocal del dúo protagónico, pese a su exuberante nivel actoral.
Publicado el 15.09.2016
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Ir a ver y escuchar a La bohème (1896), del compositor italiano Giacomo Puccini, es una experiencia inolvidable para cualquier espectador, sea éste un “operático”, o un iniciado bisoño, que recién se asoma a las lides de la lírica. La versión que se presenta en el Teatro Municipal de Santiago (de variados y “altos” puntos artísticos), sin embargo, ahonda en un problema que se ha hecho común durante las últimas presentaciones del tradicional y céntrico escenario capitalino: la diferencia de características técnicas e interpretativas observada, entre los distintos roles de un elenco, en un mismo título y montaje.

Rodolfo y Mimí (los cantantes Aquiles Machado y Eri Nakamura, respectivamente): un tenor y una soprano. Actores de nota si se quiere, empero, dueños de unas cuerdas vocales que se expresan bajo una frecuencia estándar y regular, de acuerdo a las demandas artísticas de esta ocasión. Quizás en otra temporada, se hubiese notado menos. Ahora, no obstante, compartían escena con Catalina Bertucci, y esos dos barítonos de timbre bello y seductor, estéticamente hablando: el italiano Vittorio Prato (Marcello), y el artista nacido en la pequeña y europea Moldavia, Andrey Zhilikhovsky (Schaunard). Este último, una revelación, un descubrimiento autóctono y propio, del Municipal de Santiago. Para Sudamérica, por lo menos.

En los numerosos pasajes que integran el canon operático, (y La bohème posee varios en su libreto y partitura), al dúo protagónico se le apreció, si no superado, con escasas fuerzas sonoras para enfrentar el desafío. Pese, insisto, a la notable calidad actoral tanto del venezolano Machado, como de la japonesa Nakamura. Poeta y modista derrocharon posturas, gestos y verificación factual de sentimientos y de profundas y graves emociones, pero sin voz, ya sea por sus condiciones naturales (nada que hacer), o ya sea por ser este un comienzo de temporada para la mayoría de los cantantes que trabajan en el hemisferio norte. Nakamura es una soprano lírica, cuya extensión aguda (de su registro) fue breve y débil, por momentos.

Lejos de subvalorar su inmenso talento y trayectoria, el timbre de la artista oriental, asemeja más al de una soprano ligera, que a la riqueza y potencia requeridas a fin de abordar a la Mimí, de La bohème. Debemos considerar, que la influencia al respecto, de la Divina María Callas, fijan un estilo y una expectativa, en cualquier teatro alrededor del mundo.

Con Aquiles Machado aconteció algo parecido. Tenor lírico en la definición, sus dones adscriben mejor a los de un lírico ligero. Y el diagnóstico es el mismo: faltaron fibras, ímpetus, pujanzas vocales, con el objeto de imponerse a la orquesta (conducida con carácter y sorprendentes bríos, por el director chileno José Luis Domínguez), y cumplir con las ilusiones de escuchar un aria inmortal, por parte de un ávido público santiaguino, que lleno plateas, palcos y galerías.

¿Qué se puede decir de la puesta en escena de Nicola Benois? Un hecho estético tradicional, que nos remonta a la época en que comenzó a forjarse la categoría actual del Municipal: los comienzos de la administración de Andrés Rodríguez Pérez. Con la marca de Luchino Visconti, y de Franco Zeffirelli, entrar a ese túnel del tiempo reconforta y mantiene la coherencia teatral de un título de ópera, en consonancia con sus elementos y factores musicales, vocales, interpretativos: riqueza de decorados, un diseño de vestuario cronológicamente acertado, detalles que apelan a un estudio cinematográfico, minucias que corresponden a los pilares de una producción, inserto en la dramaturgia clásica y decimonónica.

Quizás lo mejor de esta propuesta escénica, pertenecen precisamente, a los movimientos de los cantantes y actores, arriba del proscenio de Agustinas: dispuestos como en un plató fílmico, Machado y Nakamura exhibieron sus mayores armas y rasgos interpretativos, propiamente tales y específicos. Mimí y Rodolfo se acompañaban, gesticulaban, se compenetraban de ese amor, que comenzado mágicamente, sólo podía terminar en locura, muerte y desgracia. Secuencias insuperables, y de una sensación de realidad que avanzaba junto a la música contenida y fascinante, que se propagaba desde el foso, y dirigida por la batuta de Domínguez.

Sola, perdida y abandonada, Nakamura jamás estuvo. Machado la seguía acorde a los decibeles y las líneas del parlamento, y la régie de Patrizia Frini (directora de escena), entregó una versión delicada, y sin alterarla, de los dispositivos estéticos y simbólicos, pensados por Benois, en una genealogía de cómo montar una ópera, que nacieron con, ya lo dijimos, Luchino Visconti, Zeffirelli, y la mirada de fuego, apasionada, de María Callas. Así, hasta las irrupciones del coro, aumentaron esa emoción de estar disfrutando de un espectáculo teatralmente inolvidable.

La bohème del Municipal 2016, en el recuento, quedará calificada como un montaje preeminente, sin duda. Ahora, los exigentes del palco, reclamarán por esas irregularidades en la voz de los protagonistas sin contrapeso, me refiero al Rodolfo y a la Mimí, que se presentan a esta hora. Pero también se mostraron Catalina Bertucci, y los mencionados barítonos de roles secundarios, claro.

La soprano chilena, además de ser una actriz correcta, aportó la vitalidad que se extraviaba en las voces de Machado y de Nakamura. Su papel como Musetta, traspasó la atmósfera de la platea, para estallar en los aplausos, que bajaron raudos desde la galería. Un río que ahogó a una fuente, una ola que sacudió la playa. Mantener esa intensidad vocal, es el gran desafío que tiene la artista nacional, de cara al futuro inmediato, y a sus próximas presentaciones, tanto en Chile, como en la provincia europea.

Pero ojo con Prato, y especialmente con Zhilikhovsky, un habitual del Bolshoi el moldavo, y quien ya debutó en una capital de primera nota como París. Intérprete de apostura internacional, y cantante de acento sojuzgador y cálido. Una voz hermosa, breve, sucinta, sin falsos estiramientos. Junto a Bertucci, y el italiano que encarnó a Marcello (Prato), los máximos logros sonoros de La bohème del Municipal, que durará hasta fines del mes de septiembre, gracias a sus funciones especiales, y a las exigencias del público.

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