Nada de lo que escribe Germán Marín en Adiciones palermitanas lo deja muy convencido pero no por eso resulta menos necesario.
Publicado el 15.12.2016
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Germán Marín (1934) es un hábil camaleón. De relatar su vida en el exilio con una prosa espesa (en trilogía Historia de una absolución familiar) pasa en seco al lumpen de los 90 (como en Ídola). Pero no con la propiedad de Damiela Eltit sino aventurado, como un punga más, usando la jerga que tomó del diario La Cuarta o de amigos más jóvenes como Matías Rivas, tal como relata el poeta en una de las crónicas de Interrupciones. Adiciones palermitanas, la última novela de Marín, transita por otros derroteros pero sin abandonar su vocación por lo mediocre. El protagonista es también escritor y ronda igualmente los 80 años. Sufre un agudo dolor de espalda que le impide avanzar más que unas pocas cuadras sin buscar algún descanso. A veces ni puede cumplir con sus diligencias más básicas como ir de la casa al café donde se nutre observando el movimiento para escribir. Esta situación limitante e indigna, frente a la que no hay mucho que hacer, trastorna su rutina que ya es rígida e imprevisible; el ataque del nervio ciático es lo único que rompe el tedio y la monotonía de sus paseos por el barrio Providencia, pero con dolor y sin remedio.

La novela está construida a dos bandas que se intercalan. Por una parte está la voz del escritor sobre sus dolencias, unas pocas amistades y las ideas sobre la novela que escribe y, por otra, la novela misma con la que practica una verdadera lucha, porque no hay de dónde asirla, acerca de un español que viene a Chile a hacerse cargo de un hotel de medio pelo en el barrio Brasil. A medida que avanza la lectura se va notando que Marín está muy poco convencido de la necesidad de contar ambas historias: “He proseguido la escritura de la novela con un relativo entusiasmo, sin otro alcance tal vez que matar el tiempo y distraerme cada mañana a falta de otro asunto luego de hojear el diario y caer en cierto bostezo de cara a la tarea”, escribe.

Interesante es cómo este movimiento pendular entre el escritor y la ficción que construye de lo que acontece en el hotel Palermo y sus variopintos moradores, avanza hacia el misterio de cómo estos mundos paralelos se complementan y se funden. Para no arruinar esta vuelta de tuerca sólo decir que este giro novedoso no tiene que ver con la trama sino con el sello más potente del autor: el estilo.

Como en Ídola o El guarén, Marín combina ambientes desprovistos o decididamente rascas con personajes de escasa ambición. Por estas páginas habitan también el noble afilador de cuchillos con su grito plañidero o la paciente mujer en silla de ruedas y su fijación por los quioscos. Nada de lo que alude tiene gran relevancia salvo el lenguaje y la forma. Cualquier falta al respecto es imperdonable. Así escribe: “El antiguo paseo de la capital siempre me ha atraído por sus arboledas frondosas, verdes todo el año, en cuyas alamedas en los costados, no obstante el ruido monocorde de los vehículos que circulan más allá, es posible sentarse a pasar el tiempo aislado del mundo, a la manera de un cesante, perdido con las manos en los bolsillos”.

Adiciones palermitanas es obra de un Marín confundido y por lo mismo lúcido. Ningún escritor puede pretender tener las cosas claras y él va más allá. Por eso no intenta concluir nada de manera satisfactoria. Ni siquiera se interesa por el final salvo por alivio que le ocasiona llegar a él. Lo más certero es este acierto, que así nomás es la vida para algunos, una forma de evadir.