Cocina con cuento: “Notas de cocina de Leonardo da Vinci”

Publicado el 28.09.2016
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Este libro trata del Codex Romanoff (descubierto en 1981 y sobre el que penden algunas dudas de su autenticidad), una libreta en la que Leonardo da Vinci anotaba recetas y comentarios acerca del tema. Sin embargo este no es un libro de cocina tradicional (sus recetas son hoy irrepetibles). Se trata más bien de un libro que nos conecta con la historia, con el Renacimiento y con lo que en ese momento ocurría en los comedores y fogones de tabernas y palacios. Es un viaje a una época en la que el tenedor, al que Leonardo le añade una tercera púa para poder así comer pastas, comienza a ser utilizado, en la que copas de cristal sustituyen a pesados cuencos de metales preciosos y vajillas de porcelana aparecen en las mesas de los señores.

En el libro descubrimos cómo el desagrado de Leonardo frente a la inmundicia de los manteles después de una comida –“una escena de tal completo desorden y depravación. Más parecida a los despojos de un campo de batalla”- lo lleva a inventar la servilleta y desenas de diseños para su plegado.

En donde se nos habla de la correcta ubicación de los invitados enfermos en la mesa: “Nunca junto al señor, a menos que sean hijos de papas o sobrinos de cardenales”. En el que una larga receta de sopa de almendras no tiene almendras, extrañándose de ello el propio autor.

Con respecto al azafrán y el vino anota: “El azafrán añadido al vino embriaga mucho, hace vuestro aliento hediondo y le da además extraño sabor. Y puesto que no hay receta que lo recomiende, me extraña que mi amigo Gaudio lo ofrezca. Pero como él está ebrio y hiede en todo momento, me pregunto si es a Gaudio a quien debo condenar y no a la bebida”.

Descubrimos que entre las máquinas que pretende inventar hay una para desplumar patos y otra para cortar cerdos en taquitos. Que para librar a la cocina de moscas pestilentes se debe rociar pimienta en la habitación, especialmente sobre las carnes que cuelgan. Que del vino, entre otras cosas, ha oído que aquellos que no hacen uso moderado de él se tornan fatigosos, temblorosos, pálidos, hediondos, con ojos legañosos, estériles, impotentes, olvidadizos, calvos y avejentados antes de tiempo, concluyendo que, a juzgar por el aspecto de su amigo Gaudio, es verdad. Que una persona con educación no se suena con los manteles. Que los espárragos dan brillos a los ojos. Que el orégano añadido al vino combate el veneno de arañas y escorpiones. Que el vinagre hace a las personas melancólicas aún más melancólicas y a las que tienen los ojos legañosos aún más legañosas. Que el ajo guisado con habichuelas alivia la tos y la falta de aliento (de eso no cabe duda).

Y bajo el título de: “Las cantidades más provechosas de alimentos y líquidos que han de tomarse cada día” anota: “Como en todas las cosas vivientes, la sustancia del cuerpo excede a las partes líquidas en la proporción de dos y medio a uno (según cálculo de su amigo Benedetto Garvi); de la misma forma, la cantidad de comida sólida con la que se alimente el cuerpo ha de exceder a la líquida en dos veces y media. Y para calcular las cantidades necesarias para cada individuo, como se estima que una vejiga rellena de intestinos bien apretados tiene el mismo peso que la cabeza humana, la cantidad de alimento y líquidos que ha de tomar un individuo cada día debe ser igual al peso de su cabeza. Que Garvi asegura que en una persona crecida es la séptima parte del peso completo del cuerpo. Y así, si la cabeza del hombre pesara 30 ettos (6,8 kilos), deberá comer 20 ettos de comida sólida (polenta, aceitunas, patas de rana) y 10 de líquidos cada día (teniendo en cuenta que la mitad de todas las polentas es líquido).

Para finalmente concluir sobre lo escrito: “Tras meditarlo, creo que puedo estar muy equivocado sobre este asunto. Volveré a considerarlo”.

En definitiva una muestra del humor y del genio, de este personaje universal en relación con la cocina.

 

*Este comentario fue publicado previamente en la revista La Cav.