La carta de cocteles de autor es un viaje de norte a sur por ingredientes del territorio y guiños al paisaje. Una de las presentaciones más atractivas es su Viaje Ancestral, una tríada de cocteles compuesto por una estación en el desierto de Atacama y su Waraqu, que agrupa cactus paleta, copao, chirimoya, limón de pica, hierba mate y -para seguir con la nota telúrica o terrosa- usa Tequila Don Julio que, en la rima agave/cactus, tiene un final refrescante. 
Publicado el 08.03.2018
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Es preciso digitar una clave o tocar un citófono para acceder a este segundo piso donde opera -como sacerdotisa- la bartender Michelle Lacoste, quien arribó a este espacio tras recorrer el país recolectando insumos y puliendo el concepto de “coctelería ancestral”, algo que ya había desarrollado en sus anteriores propuestas (María Callas fue una de las más vistosas del año pasado). En esta barra con un nada impostado acento vintage y un público extranjero, se genera un ambiente evocativo y cosmopolita, único en el barrio. Lacoste combina alquimia, respeto y amor por el territorio, ingenio y detalles inusuales, un trabajo que tiene pocos puntos de comparación en la escena local.

La carta de cocteles de autor es un viaje de norte a sur por ingredientes del territorio y guiños al paisaje. Una de las presentaciones más atractivas es su Viaje Ancestral, una tríada de cocteles compuesto por una estación en el desierto de Atacama y su Waraqu, que agrupa cactus paleta, copao, chirimoya, limón de pica, hierba mate y -para seguir con la nota telúrica o terrosa- usa Tequila Don Julio que, en la rima agave/cactus, tiene un final refrescante.

Con ribetes más tropicales, un hit de esta barra es su coctel más frutal, el llamado Manavai, que utiliza la voz Rapa Nui para sus sistemas de cultivo y se compone de Ron, Malibú, guayaba, piña, plátano, papa camote y sirope de hibisco. Utiliza como soporte una concha de caracol, algo visualmente muy atractivo. De hecho, el líquido ya ha generado fanaticada entre el público.

Uno más complejo e inusual es también un chapuzón a los sabores del sur. El coctel Kawésqar reúne impensablemente jugo de pulmay, vodka de papa chilota Vilú, limón, merkén, algas, sal, zumo de papas, pimienta de canelo, ajo chilote y piedras frías. Como toque, sobre una cuchara de madera, un chorito ahumado. El trago es presentado en una mini cocotte de fierro. Las notas ahumadas, la nota especiada de la pimienta del canelo y el vodka generan una genial combinación, sabrosa y creativa en cada sorbo.

Otras alternativas son una Degustación de Negronis: El Negroni del norte, con gin, Campari y arrope de Chañar. Negroni del Pacífico, con un vermuth casero que contiene algas, conchas de mar y el toque ahumado del single malt Laphroaig, gin y bitter bianco Luxardo. Y Negroni del sur, que es una composición de Gin Bombay, Araucano, Vemuth Bianco, Caramelo de Campari y ruibarbo encurtido.

De la carta, inevitable no detenerse en guiños geográficos como los que se materializan en cocteles como Flores del desierto con pisco Wïluf, papaya en almíbar, añuñucas, ají verde confitado, jugo de limón y agua tónica. Otro del sur: Entre ríos y lagos, basado en Trä-Kal (destilado de peras y manzanas) con miel de ulmo, boldo, calafate y la nota cítrica de las ciruelas y manzana verde.

La propuesta la complementa un acápite de coctelería chilena tradicional, con clásicos desde una Piscola, Terremoto, Pichuncho, Pantera Rosa, además de Cola de Mono de un perfil cremoso y licores de factura artesanal con distintas maceraciones, como Apiado, Enguindado, licor de pasas, Membrillo-Murta, Rompón (con leche, yema, especias y azúcar), Hinojo y cedrón, entre otros. Además, está la posibilidad de una degustación de siete opciones. De momento para comer hay tablas para compartir, pero para las primeras semanas de abril preparan una experiencia de cócteles y finger food, en maridaje de al menos cinco tiempos.

Chharqu. Constitución 134 (ver mapa). Abierto de martes a sábado desde las 19:00 horas.