Producida por Mark Levin, Jennifer Flackett, Nick Kroll y su amigo de la infancia, el guionista de Family Guy Andrew Goldberg, Big Mouth se inspira en las experiencias de sus creadores durante la pubertad y no deja duda que se trató de una experiencia que intentaron recrear en toda su incomodidad caótica.
Publicado el 05.10.2017
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Lo primero que sorprende de la nueva serie animada de la cadena Netflix, “Big Mouth”, es el desparpajo y la libertad en la manera que analiza la sexualidad adolescente, sobre todo en una época como la nuestra, en la que el sexo no parece tener misterios. Pero “Big Mouth” es mucho más que una serie sobre la sexualidad juvenil: se trata de una reflexión coherente y por momentos cruel sobre el dolor, la identidad y los terrores inminentes que traen aparejados los cambios corporales y mentales de esa difícil etapa en la que se es adulto y niño a la vez. No obstante, la mayor fortaleza de la serie es también su mayor debilidad y lo que la ha colocado en el candelero de opiniones y diatribas: su franqueza. Hay un gran énfasis en lo sexual —y lo sexualizado— en medio de un grupo de niños de edad indeterminada que logró desconcertar a buena parte del público televidente estadounidense. Pero ¿tiene real sentido la polémica? Quizás habría que analizar el contexto de la serie y, sobre todo, la forma en que analiza la percepción sobre lo que Stephen King llamaba “puente de Cristal” entre la niñez y la adultez. ¿Qué separa ambas cosas? ¿Cuándo chocan entre sí?

Big Mouth apunta algo y analiza el año de vida más difícil de cualquier adolescente, pero en lugar de recurrir a la tristeza, la angustia y los dilemas emocionales, va directamente al grano y dedica buena parte del argumento a debatir sobre el verdadero elemento protagonista de la adolescencia: Las hormonas. Puede parecer simple, pero el cambio de registro convierte al argumento de la serie en una mirada muy sincera sobre los cambios confusos e inoportunos que transforman a niños en una especie de mezcla entre sus deseos, compulsiones y comportamiento frenético. La serie “Big Mouth” no se detiene ni tampoco se limita al momento de hablar sobre penes, vaginas, lujuria, monte de venus, vómitos, rituales sexuales y pornografía… todo alrededor de un elenco multicultural con un casting de voces adultas que sorprende por su eficacia. Lo que asombra -e incómoda— de “Big Mouth” es justo la capacidad de recordar que más allá de la imagen edulcorada que solía mostrarse sobre la adolescencia, hay toda una serie de pequeñas visiones inquietantes y hasta siniestras sobre la naturaleza humana. Y lo hace además, con una libertad y un humor satírico impecable, destinado a escandalizar pero también a conmover. Entre ambas cosas, la serie logra construir un lenguaje sólido que sorprende por su eficacia.

Por supuesto, la serie es una gran burla a los peores momentos de los primeros años del despertar sexual: desde el vello púbico hasta el tamaño de los genitales, la serie crea una gran chiste cósmico sobre lo inoportuno del despertar del cuerpo a una etapa por completo nueva, pero también explora de manera inteligente e intuitiva sobre lo que el deseo sexual puede provocar en la mirada del otro, las relaciones colectivas y los temores culturales. Al final “Big Mouth” pondera sobre la insólita capacidad del cuerpo humano para transformarse en algo más complejo y la forma como esa cualidad mutable, influye sobre nuestra visión del mundo. Pero también se trata de llantos, de lujuria, de la primera menstruación, de la vergüenza y cierta inocencia incidental. Con “Big Mouth” la perspectiva sobre la cualidad mutable de la personalidad colectiva obtiene toda una nueva connotación y quizás, incluso una desconocida profundidad.

Por supuesto, la serie se enfrenta al hecho de competir con productos más elaborados pero sobre todo, con una generación educada por internet y además, asume la educación sexual como una mezcla variopinta de estímulos y cierto tedio existencial. Cualquier adolescente actual no sólo ya conoce los misterios del sexo vía el mundo virtual sino que pondera sobre ellos sobre cierto cinismo que resulta incluso tedioso. No obstante, con una inteligente jugada, “Big Mouth” muestra cada pequeña vicisitud desde sus desagradables y humillantes detalles. El sexo es sexo, pero también lo es el semen, las flatulencias, la fealdad del cuerpo que crece, la menstruación y el deseo desordenado e impulsivo. Con ciertas reminiscencias a American Pie (Paul Weitz, Chris Weitz — 1999) la serie atraviesa cierta nostalgia sobre la torpeza de la adolescencia pero además, le añade un elemento paródico relacionado con un metamensaje violento y doloroso. Con diez episodios bien medidos y sobre todo, construidos para asumir el crecimiento como pequeños fragmentos de información desperdigada, es evidente que “Big Mouth” sabe muy bien que su mayor fortaleza no es el escándalo, sino la capacidad de sus personajes para conmover y sorprender. Desde el torpe muchacho asediado por un tempranísimo despertar sexual hasta la furia primaria y visceral femenina, la serie toca todos los registros y encuentra una forma idónea de enviar un mensaje completo: La vida puede ser desigual, incómoda y desagradable, pero sin duda sorprendente.

Producida por Mark Levin, Jennifer Flackett, Nick Kroll y su amigo de la infancia, el guionista de Family Guy Andrew Goldberg, Big Mouth se inspira en las experiencias de sus creadores durante la pubertad y no deja duda que se trató de una experiencia que intentaron recrear en toda su incomodidad caótica. Andrew (con la voz John Mulaney) es un mastubardor compulsivo cuyo cuerpo recibe un inesperado empujón hacia una temprana virilidad. No obstante, su mente no parece tener la misma habilidad para seguir el ritmo que imponen las hormonas y el resultado, es un estallido inoportuno de hormonas con el aspecto de un monstruo con nariz en forma de pene que le persigue a todas partes para aleccionar sobre la recién descubierta lujuria. Al otro extremo de la barra se encuentra su amigo Nick (interpretado por el mismo Nick Kroll), a quién le ocurre exactamente lo contrario y que sufre todo tipo de penurias al encontrarse en la mitad de un valle inestable y errático de miedos e inseguridades. La serie procesa la idea sobre la madurez sexual desde cierta impaciencia avergonzada que conmueve por su sinceridad. De pronto, para el pequeñísimo Nick, la comparación con la incipiente masculinidad de Andrew resulta todo un descubrimiento desconcertante y la serie analiza los dolores desde la periferia, mirándolos como elementos alegóricos sobre cierta angustia existencial que hasta entonces, siempre se había atribuido al sexo femenino. Pero en esta ocasión, son las niños quienes se comparan entre sí y es Nick, con toda su carga de inseguridad y temor por su cuerpo aún infantil, quien refleja esa insistencia y abrumadora angustia de la percepción sobre lo inadecuado, lo diferente y el miedo que se construye a través de una mirada ingenua pero específica sobre el misterio de la sexualidad juvenil.

Además, “Big Mouth” tiene a su favor la necesidad de comprender a los niños y a las niñas desde el mismo cariz. A pesar de que Nick y Andrew son los personajes principales, están rodeados de un elenco coral de enormes matices y una inteligentísima puesta en escena dedicada en exclusiva al sexo femenino. Seis de sus episodios fueron escritos por mujeres y es notoria esa observación minuciosa y totalmente novedosa del universo femenino. En el segundo episodio, Jessi (en la voz de la comediante Jessi Klein) tiene su primera menstruación y el episodio entero es una reflexión asombrosamente intuitiva sobre lo femenino y la madurez intelectual de la mujer. La escena se muestra desde la incomodidad, la vergüenza y el miedo pero también, desde cierta tierna visión de la inevitabilidad del tiempo corporal, mental y emocional. La pelirroja Jessi, de pronto se alza entre las manos de una majestuosa Estatua de la Libertad, para escuchar una disertación fatalista sobre lo femenino pero al mismo tiempo, se asombra del hecho de que su cuerpo, parece tener una vida y capacidad propia hasta entonces desconocida. Además, los creadores añaden sorna, una cierta dosis de ironía y por supuesto una versión de “Everybody Hurts” del grupo REM (titulada de manera muy apropiada “Everybody Bleeds”) que pone las cosas en perspectiva. Jessi no es solamente Jessi sino también el conjunto de todo tipo de dolores femeninos levemente ocultos en medio de humor vulgar y terrores medio sugeridos. La serie no se contiene en medias tintas e insiste en nombrar de manera directa temas tabú que con frecuencia, suelen pasar desapercibidos en propuestas semejantes. Entre el humor chirriante y en ocasiones desagradable, una toallita es una toallita, un pene es un pene y la realidad, a veces demasiado dolorosa pero siempre estimulante. Un pequeño experimento fallido.

Pero “Big Mouth” también es surrealista, hilarante y se toma muy poco en serio. Por ese motivo, el deseo sexual se manifiesta en la forma de un monstruo de axilas peludas y con un pene flácido por nariz, que va de un lado a otro como una conciencia primitiva y exaltada del aterrorizado Andrew. La criatura, a mitad de camino entre una mirada burlona sobre la impulsiva naturaleza del deseo y un monstruo salido de la imaginación de Maurice Sendak (y quizás el motivo por el que el monstruo fue bautizado como “Maury”), es la encarnación de los impulsos desesperados, incontrolados y sin sentidos que provocan la eclosión hormonal. Además Maurice es el punto de unión entre las disparatadas situaciones de la serie y la cuarta pared, que cruza con desconcertante facilidad. Con una complicidad que crea una dimensión por completa nueva entre el espectador y los personajes, el monstruo vuelve la cabeza a pantalla y sonríe. “Estás observando esto, ¿verdad?”, en una clara insinuación no sólo a lo que ocurre sino a esa otra experiencia, la antigua e innombrada, que sin duda la serie intenta evocar.

Claro está, este Maurice salvaje y corrosivo, tiene su contraparte femenina: Un monstruo de las hormonas de enormes ojos azules y con la voz de la espléndida Maya Rudolph, que resume la experiencia femenina no sólo a nivel hormonal sino también, desde cierta visión dolorosa de la condición cultural e la mujer. “Ahora eres una mujer y esto es lo que hacen las mujeres”, declara el monstruo femenino, toda potencia y belleza durante los momentos más incómodos de Jessi, en especial su dolorosísimo y crucial bat mitzvah. “Tomamos todo lo feo y desagradable de la vida y sonreímos” grita entonces. “Somos la vida hecha vida”.

El mundo adulto también tiene una importante representación en medio de este grupo de adolescentes solitarios, sorpresivamente simpáticos y trágicos y también, tienen su cuota de pequeños dolores. Desde el fantasma de Duke Ellington (Jordan Peele), cuyas apariciones y desapariciones van precedidas de terribles y caóticos consejos sin sentido, los padres de la pequeña tribu de niños gravita a su alrededor como un contexto necesario para comprender su mundo desde más de una arista. Y quizás sea esa capacidad para asumir los entresijos del mundo adulto contemplado desde la niñez, sea el mayor logro de una serie construida a través de bromas de penes y vaginas, actos sexuales inauditos y todo tipo de apologías al sexo en estado puro. Pero más allá de eso, está también la noción sobre la ternura, el miedo y la intriga en medio de una provocación directa a la mediatizada moral pública. De pronto y desde la mirada analítica y cruel de “Big Mouth” todos somos niños de 12 o 13 años, asombrados por el enorme mundo a nuestro alrededor y también, por el misterio simple de una etapa que sostiene nuestra mirada hacia el mundo, los temores y maravillas que descubrimos después. Esos pequeños monstruos de la imaginación que sostienen nuestros deseos mínimos e inconfensables. Un pequeño juego de espejos que nos sorprende por su precisión. Intrigados, sorprendidos como los niños de “Big Mouth” por el mundo a nuestro alrededor.