Se trata una serie sobre los orígenes de un asesino y no lo disimula. Pero también es un homenaje a una de las grandes películas de Hitchcock: "Psicosis" y una percepción sobre el comienzo de una historia cuyo mayor fortaleza es la estructura que la rodea como anuncio de lo maligno. En Netflix se puede ver hasta la cuarta temporada.
Publicado el 21.07.2017
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De entrada, la propuesta de la serie “Bates Motel” era complicada. No sólo debía servir de precuela a uno de los clásicos del cine mundial, sino agregar valor y sentido a líneas argumentales planteadas en sus posteriores secuelas y que la poca habilidad de diferentes directores convirtieron en absurdas propuestas. No se trataba de algo sencillo, después de todo “Psicosis” (Alfred Hitchcock , 1960) llevó a una nueva dimensión el género cinematográfico basado en el terror y el suspenso desde el punto de vista psicológico. Brindó consistencia y solidez a la visión del perpetrador como víctima propiciatoria incidental y además, dotó de una cualidad casi icónica a uno de los personajes más complejos del cine: Norman Bates. La serie debería entonces ampliar el imaginario colectivo acerca del universo argumental planteado por la película sino añadir elementos nuevos, hasta encontrar un equilibrio entre ambas visiones.

La serie lo logra a medias y aunque ha decepcionado por su incapacidad para profundizar sobre la personalidad de Bates y la de su madre, su acercamiento al entramado el horror como una percepción nueva, tiene su mérito. Se trata de un thriller pero también, de una búsqueda de identidad independiente que dota a la historia de sus propias particularidades para crear un eficaz análisis del origen del horror desde una noción consciente. Entre el drama y el horror en estado puro, el argumento de la serie avanza y se compromete con la comprensión del miedo  y sus implicaciones  como ideas análogas. El resultado es un paisaje tétrico en el que el contexto lo es todo.

Uno de los puntos más fuertes en “Bates Motel”, producción Universal Televisión que se encuentra en Netflix, es su capacidad reactiva. La forma como reta al espectador a comprender la violencia como parte de una gran estructura basada en lo secretos y una intimidad apenas sugerida. Desde el principio, la serie no se toma concesiones a la hora de analizar la agresión y la violencia que sustenta el discurso el horror.

Hay violaciones, un cruento asesinato y una mirada sutil sobre el mal que madura y se crea a partir de un origen confuso. Lo moral y lo espiritual parecen convertirse en códigos poco importantes, al momento de reflexionar sobre la oscuridad de los personajes y su circunstancia. De la misma manera que Hannibal (Bryan Fuller 2013–2015) la serie se esfuerza por construir nuevos códigos para definir el comportamiento anómalo de sus personajes. No rehuye la complejidad psicológica y crítica de lo que plantea, sino que de hecho, la lleva a un nuevo nivel.  En la serie, el mal se anuncia, se compromete, se sostiene y avanza hacia un punto de vista novedoso y profundamente integrado al conjunto del argumento.

Tal vez por ese motivo, la recién estrenada cuarta temporada en Netflix sea la mejor y más trágica de la serie. Centrada en las enfermedades de Norman (Freddie Highmore), la serie supera sus escarceos con el drama y llega a un nuevo registro en su comprensión de la maldad definitiva que modela la personalidad del futuro asesino en serie. Se trata de un giro argumental lo suficientemente importante como para cambiar la forma como el guión hasta ahora comprendió la oscuridad psicológica y mental de Norman Bates. Ya no se trata de la idea general del “chico local malvado”, sino una presunción muy directa a la historia que sustenta el peligro que el personaje representa. De pronto, la codependencia de Norman con su madre, los secretos guardados entre ambos, el horror que se manifiesta en una sutil permanencia de la memoria y la identidad, adquieren otro matiz. Además, la serie toma el riesgo de comenzar a analizar el futuro criminal como una pieza suelta en el entramado cotidiano: con la llegada del Sheriff Romero (encarnado con intuitiva inteligencia por Néstor Gastón Carbonell), Norman tendrá que enfrentar la posibilidad de ser señalado y sobre todo, observado de cerca, lo que crea una novedosa tensión que sustenta todo un nuevo giro argumental.

Sin duda, la serie necesitaba una bocanada de aire fresco que pudiera convertir el planteamiento inicial en algo más consistente que un constante homenaje al universo original. Por primera vez, el show adquiere una personalidad por completo nueva y se aleja de la recurrente visión sobre el crimen de White Pine Bay. El resultado es una búsqueda coherente y sistemática la percepción de Norman como un hombre peligroso — y no sólo una víctima propiciatoria — y sobre todo, con verdaderos problemas mentales. Atrás queda la pretensión de la serie de analizar a sus personajes desde cierta óptica neutra y da un paso medido y eficaz para asumir la personalidad del asesino en ciernes: Norman Bates se transforma en una visión deformada de la madurez adolescente y el hombre que será, se hace más evidente que nunca.

De hecho, todos los hilos argumentales de las anteriores temporadas parecen perder importancia ante la seductora idea de este villano a medio camino entre un renacimiento forzado y algo más turbio. Norman deja de ser un adolescente cualquiera enfrentando situaciones retorcidas y avanza hacia la percepción del bien y del mal definitivo. El actor Freddie Highmore crea un híbrido entre la posibilidad de la derrota, la fragilidad emocional y algo más perverso que resulta todo un acierto al momento de comprender a su personaje como un todo integral. Finalmente, Norman es la versión más joven del hombre que hemos llegado a conocer como icono del terror y esa presunción es quizás el punto más alto de la temporada.

La serie además, asume su lugar como heredera directa de un género de terror específico — el psicológico — y aumenta la presión hacia un desenlace inevitable. Con la nueva temporada, la ruptura de argumento sobre la relación de Norman y su madre se hace cada vez más evidente. Y es entonces cuando la actriz Vera Farmiga dota a su personaje de una vívida y dura capacidad para el miedo, una tortuosa dureza emocional y finalmente, la insinuación de la violencia que lleva a la serie a su momento más álgido. Ahora, la noción del peligro que encarna el joven Norman es mucho más directa. Con su cualidad peligrosa e inestable, en pleno delirio y en medio de una situación impensable, Norman llega a un capítulo final de enorme tensión e inteligencia visual y discursiva. Cuestionable pero también necesaria, la cuarta temporada de “Bates Motal” transforma la historia en un anuncio extraordinario de un tipo de penetración psicológica que sorprende por su efectividad y justo eso, es quizás su mayor mérito y es suficiente razón para ver cuatro de sus cinco temporadas en Netflix.

Aglaia Berlutti es fotógrafa y escritora venezolana. 

“Bates Motel”

Temporadas: 5
Capítulos: 50
Creador:  Anthony Cipriano, Carlton Cuse y Kerry Ehrin
Dónde verla: Netflix
Calificación en IMDb: 8,2

Tráiler: