Signada por la contundente actuación de la hermosamente vigente Sonia Braga, este filme brasileño se expresa como un ejercicio estético y audiovisual, en torno al conjunto de los elementos que componen la feminidad de una mujer de 65 años, que es viuda, que tiene tres hijos adultos, y que fue periodista y comentarista de música, en la costera ciudad de Recife. Dirigida por Kleber Mendonça Filho el largometraje inquiere, a través de la narración y de técnicas de montaje propias de un documental, la afectividad, las circunstancias vitales, y los sentimientos de abandono, desarraigo, y soledad, de la singular protagonista.
Publicado el 19.03.2017
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“He viajado lo suficiente por el mundo como para saber que todas las carnes son buenas y que valen lo mismo, y eso es precisamente lo que estraga y por lo que uno busca echar raíces, hacerse tierra y pueblo, para que su carne tenga sentido y dure más que un triste cambio de estación”.

Cesare Pavese, en La luna y las hogueras

  La noche y el mar, el agua salada y tibia, el sexo, la música, el baile rítmico y pausado, el aire caliente, se reflejan y chocan ante el Atlántico oscurecido, bajo la lumbre del astro nocturno. El cuerpo, la piel de tono, de brillo mate, el pelo negro de doña Clara (la actriz Sonia Braga), su gestualidad, su corporalidad, capturan el encuadre, se adueñan de la imagen, de la tela y del espacio fílmico. La señora vive sola en un condominio de departamentos, donde es la única domiciliada e inquilina (el resto de las habitaciones pertenece, a una constructora); la asiste una sirvienta, y a veces le visitan sus hijos, sus descendientes, en otras, tocan su puerta los amantes ocasionales, pagados y remunerados, por sus servicios eróticos y carnales.

El cine brasileño es un misterio, pese a lo inmenso y rico del país: salvo una hilera de nombres contados en breves palabras, la mayoría de sus autores resultan una incógnita, incluso para nosotros, que vivimos en el mismo patio y subcontinente: Fernando Meirelles, Walter Salles, Bruno Barreto, José Padilha, y la memoria se resiste a entregarnos otros patronímicos, firmas y rúbricas, porque simplemente las desconocemos. Por eso, el arribo de “Aquarius” (“Aquarius”, 2016), a la cartelera nacional, salda una deuda y repara una ausencia. Su director es Kleber Mendonça Filho (1968), creador de una filmografía basada principalmente en cortometrajes y documentales, mientras que la pieza analizada por estas líneas, corresponde a su segundo largometraje de ficción.

Así, el presente título equivale a una obra en esencia contradictoria. Posee elementos característicos de la cinematografía de ese país: la intención de retratar una cotidianidad donde el cuerpo y los ejercicios amatorios son un ingrediente sociológico esencial para comprender las interacciones entre sus miembros, y las diferencias de clase, de connotaciones hasta raciales, representan rasgos y señas tanto de semejanza, coincidencia, como de un origen, y las posibilidades de alcanzar el éxito económico y un estatus profesional respetables de cara al futuro. Pero por otra parte, existen detalles (esas escenas propias de un registro documental, que hacen detener a la cámara y sus movimientos), añadidos a un estilo de interpretación dramática casi propios de una telenovela por parte de los actores, que lanzan las líneas estéticas, artísticas y audiovisuales de “Aquarius”, hacia terrenos inhóspitos para el análisis, cuando no francamente desconocidos, aunque, empero, y atención: siempre estimulantes.

El pelo azabache, oscuro, los besos, el amor, el cáncer que le arrebató un seno, una mama: definiciones que dividen la películas en tres secciones coherentes y discursivas alrededor de un idéntico fenómeno argumental: los días de Clara a sus 65 años en la ciudad de Recife, aún hermosa, atractiva, mestiza y curvilínea, prepotente e inteligente, anhelante de manos y de lenguas que la acaricien y se apoderen, apropien, como corresponde, de ella entera. En efecto, esta es una obra determinada por la presencia estelar de Sonia Braga: se puede afirmar que sin su concurso, sería difícil referirse al largometraje que nos convoca, según los juicios propicios que le hemos asignado.

La banda sonora juega un rol capital. Pistas sonorizadas por “Queen”, Gilberto Gil, Heitor Villa-Lobos, Roberto Carlos y el grupo “Amar Azul” con su tema “Yo me enamoré”, alimentan los estados psicológicos de la mujer, en esa lucha que sostiene con sus recuerdos, con sus fantasmas, con la búsqueda de una socialización remarcada por la necesidad de vincularse en conversaciones triviales, paseos por la playa, flirteos esporádicos, encuentros que le propicien la sensación de mantener una actividad normal y permanente, en ese enfrentamiento con los dueños de una inmobiliaria y constructora, y quienes han adquirido la totalidad del condominio, menos el de Clara, que resiste indolente, agresiva, quizás egoísta con los intereses del resto de sus vecinos, y con sus mismos hijos, siempre dispuestos a recriminarle el hecho y la situación producida por su obstinación.

Y cae la noche tropical: los cuadros en negro, una pareja copulando al borde de la arena, la orgía que se organiza arriba de su departamento, todos contra todos, a fin de provocarle y de molestarla, los sobrinos que comparten una mañana acostados, sin levantarse, en la jadeante postura de un simulacro. Sí, esa mirada irónica se despliega bajo los códigos que entrecruzan el mencionado estilo documental (el lente y su exhibición “sin sentido” de detalles urbanos, en apariencia obsoletos, inocuos, esquinas muertas, rincones maniatados por la luz), pero que mantienen un diálogo escénico con esa gestualidad y expresividad inherentes a un formato de telenovela (el principal producto de exportación de la gran industria audiovisual brasileña), y que entregan, proporcionan, una dosis de confusión estética al global de la cinta, si es que no la duda o la consulta, por la real calidad de esta película. Se perciben, igualmente, en ese plan de rodaje, los ecos, la influencia y la admiración artística, hacia uno de los mayores nombres del cine europeo actual: los apellidos del portugués Miguel Gomes, y también por la trayectoria y los títulos del italiano Bernardo Bertolucci.

Sonia Braga (1950) luce como una diosa de la selva. Solemne, algo severa, dignificada por ese plano frontal que recoge su torso desnudo y el seno amputado a causa de ese cáncer, padecido y superado, en el año de 1980. En esas múltiples aristas argumentales, cinematográficas, y musicales que se abren en “Aquarius”, se revela, asimismo, la interrogante, la pertinente y siempre infinitamente plausible pregunta, por la naturaleza del amor. No es casual que el montaje recurra a esas secuencias de pasión erótica cuando los personajes (Clara y su tía) recuerdan los aspectos memorables de su juventud en el primer caso, o de esa visita realizada por un hombre joven, dispuesto a satisfacerla, en la situación de la segunda mujer, la protagonista del filme.

Nominada a la Palma de Oro del Festival de Cannes 2016 (el mayor premio que otorga este certamen), la sorpresa de su origen (el Brasil), y la fuerza actoral y dramática de Sonia Braga, aportan demasiado al diagnóstico de ese respaldo y al recorrido de este largometrajes por los ciclos y salas del mundo. El relato audiovisual de una mujer madura enfrentada al paso del tiempo, al abandono de sus hijos, al poder financiero y social de una inmobiliaria, subyugada al deseo amoroso que sigue latente y auscultando su mente y su cuerpo, que se refugia en la música para escapar de sus dolores y deudas pendientes, perseguida por los resplandores de su pasado, en la gesta de esa enfermedad que casi le fulminó el aire, respira con gloria y paso triunfal, por el detalle de tener, insisto, a la inmortal protagonista de “Doña Flor y sus dos maridos” (1976), a la cabeza de su elenco.

Sonia, Sonia Braga, se llama esa mujer.