La segunda película del genial director estadounidense Tom Ford, no deja, nuevamente, indiferente a nadie. Sutil, violento, tembloroso y hermoso, el siguiente título resulta tan brillante como ese debut que tuvo en el séptimo arte: la proclamada “Un hombre solo”. Con tributos a David Lynch y Quentin Tarantino, este notable autor también sabe de ternuras y de sensibilidades ocultas, y posee el conocimiento requerido para descorrer el tupido velo. Un festín dramático y audiovisual, que se presentó en el 15º Festival de Cine Wikén de Vitacura.
Publicado el 13.01.2017
Comparte:

 

“Y ella, como de costumbre, oyó mi silencio, y en lugar de darme una respuesta se propuso una y otra vez enseñarme a protegerme por mí misma y a no permitir que el sufrimiento del mundo, ni ninguna otra cosa, penetraran en ese lugar interior mío”.

David Grossman, en Lo que el cuerpo sabe

 

Tom Ford (Texas, 1961). Grábense este nombre en la cabeza: su firma lidera la producción del mejor cine en lo que va del siglo XXI. Quizás poco recuerden “Un hombre solo” (“A Single Man”, 2009), pero los memoriosos sacarán a colación lo ambicioso de su propuesta, a los notables actores que participaron en ese largometraje, y a la preocupación que tenía su director, por detalles como la banda sonora utilizada, el diseño de arte, y la calidad de su fotografía. Y el tratamiento argumental de tópicos, tales como la pérdida, el desamor, la inesperada y trunca emoción de la posibilidad.

Ahora, en “Animales nocturnos” (“Nocturnal Animals”, 2016), el autor insiste en algunos de esos celebrados pergaminos técnicos, dramáticos y cinematográficos. La presencia escénica de la noche, en tanto factor ambiental y moderador de la acción, el uso de una música incidental concatenada con el desarrollo narrativo del guión y del montaje, la huella de nociones intelectivas y literarias que transgreden la norma, y que buscan repensar una y otra vez las vertientes y respuestas de recreación cinética, ante un conflicto y trama determinadas.

La creación novelística en clave de representación y sinónimo, como vía de escape y de salvación, a propósito de conseguir un satisfactorio estímulo a las interrogantes ficticias que abren el diálogo entre un guión, y un subtexto dentro de aquél. Lo diegético al interior del cine, y guardado y reabierto por otro armazón dramático. Las actuaciones protagónicas de Amy Adams,  Jake Gyllenhaal y Michael Shannon: alternativas de una lección que entrega múltiples y lujosos réditos.

El lente se escurre frente a las dimensiones de la realidad, y la noche brota en la figura de rol gravitante. La música de Abel Korzeniowski empuja los sentidos y las emociones en la captura de una esencia estética “rea” de la nocturnidad, en la aparición de cuerpos esperpénticos y grotescos que pugnan por expresar el significado semiótico de un concepto, signo audiovisual e idea argumental, de un universo cinético.

Amantes que se regocijan en la traición y se complementan en el consuelo. Un libro, entonces, que redime culpas, que empuja a la perfección del nudo dramático, y al esbozo de una cosmogonía del horror y de realidades paralelas. La sublevación de la imaginación, así, compensa eso que nos “duele”, como escribiría Lawrence Durrell, al inicio de su “Justine”. Amy Adams que personifica a una editora madura, exigente, huérfana, a veces torturada por aprehensiones y los resúmenes de sus equívocos sin importancia.

Un fotograma que manifiesta la vitalidad de dos cuerpos gráciles y jóvenes, después de un instante de calor desorbitado, lujurioso y “crepuscular”. El amor que se enfrenta a la encrucijada del aborto, pero que nunca vemos en el instante de su concepción. Inspirada en una novela del escritor Austin Wright, la estructura estética de “Animales nocturnos” apela a los motivos que entrega, por ejemplo, la obra bibliográfica de Don De Lillo, y su monumental “Submundo” (1997). Allí, el trayecto de una pelota de béisbol discurre páginas y tinta. Acá, son los sentimientos, los afectos primigenios y filiales, que absorben con su simbolismo y escenografía, los desplazamientos de una cámara que rastrea en el desierto, en la estela de un Lynch o de un Antonioni, la carretera perdida de un encuentro trunco, fortuito, incapaz de efectuarse.

La luz y la orfandad existencial de un fotograma, que referencian con su cielo y SU fabricación temática, los cuadros de la neoyorkina y pictórica Escuela Ashcan. El segundo largometraje de Ford es un filme complejo y ambicioso, que conjuga un sinnúmero de bifurcaciones creativas. Es profundo, pero jamás pretencioso, sin ir más lejos. Los créditos de su director, ahora nuevamente en un rodaje grabado en California, tal como en “Un hombre solo”, indagan en esa violencia marginal que sacude la ruralidad, y especialmente el sur norteamericano. Sin ley, sin gobierno, en el funesto apocalipsis de la Unión y de sus enmiendas.

La muerte y la venganza, la desaparición y el errar sin destino. Lynch y Tarantino, son evocados con singularidad. El perdón, lo inaudito de un asesinato macabro, que delineado por la literatura, contradice los temores audiovisuales y dramáticos de caer en la incoherencia argumental. La confusión es gestada por la música, por el desenfrenado torbellino de pasiones humanas que refrendan una virtud, y también una componenda.

Y la ternura de un primer amor y de un enamoramiento, el segundo cronológico de la confianza y de la amplitud de miras, de las confesiones que asemejan un espejismo eterno. Un policía que recorre las carreteras desérticas, en la investigación de una salvación castigadora, dionisíaca y moral, por absurdo que parezca, en el uso de estas palabras. El personaje de Amy Adams (Susan Morrow), sintetiza esa opción por la festividad carnavalesca e injuriadora de un montón de adiposas y estrafalarias anatomías. Ella es hermosa y esbelta, aunque la sacudan espasmos de locura, y el peso de una conciencia que la sentencia a padecer yermos y corrupciones espirituales, con la densidad y el sopor de un tumor cancerígeno e inmovilizador, apresador.

La quietud, la fuerza inabarcable de la fantasía, lo kitsch, la utilización de técnicas fotográficas, y pictóricas, que ilustran sus abstracciones a través de métodos publicitarios y doctos, hilvanan y estructuran una similitud de formas estéticas y audiovisuales: las de un conjunto de referencias culturales, opacadas y ensalzadas, por el talento realizador de Ford.

Identidad, paisajes de bella marginalidad, la periferia sentimental y material, la circunferencia de una gestualidad fotográfica grandilocuente y efectiva. Y aunque tal vez ni siquiera se conozcan personalmente, en “Animales nocturnos” se analiza la radiografía y las obsesiones de otro cineasta contemporáneo de talla sinuosa y admirable: la del australiano David Michôd.

Se nos olvidaba: un voto de distinción a Aaron Taylor-Johnson, por su reciente Globo de Oro como mejor actor secundario, obtenido por su trabajo en este filme.