El 23° Festival Internacional de Cine de Valdivia continúa anunciando la filmografía chilena de calidad que llenará las carteleras y las páginas de la prensa, durante los meses venideros. La ópera prima de la directora nacional Constanza Figari abre el debate y la discusión con una película comprometida, profunda y de innumerables logros artísticos y fílmicos, acerca de un tópico actual y contingente: el aborto y la soledad de una joven mujer que se enfrenta a su homicida encrucijada. Inciden en este juicio un guión esmerado y la presentación en “sociedad” de la actriz Paulina Moreno.
Publicado el 15.10.2016
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“Qué lindo ser misteriosa, lánguida, estilizada”.

Manuel Puig, en Pubis angelical

 

El otoño de Santiago: los días grises, nublados, el frío que amenaza con constreñir el imperio del smog encima de la ciudad. La cordillera duerme oculta, tapada, el aire es seco, y rasguña los nudillos de los dedos. Y una joven estudiante de danza asume su inaudito embarazo, luego de un par de jornadas de retraso en la consumación de su flujo menstrual y regular. Los besos con Simón, y la sentencia del diagnóstico: felicidad por parte del pololo, la alegría de una familia monoparental (la suya propia) que observa el origen de la vida como un acontecimiento celebratorio.

La pericia de Constanza Figari contempla la fusión de estos elementos estéticos y cinematográficos, a saber: una cámara que plasma en planos cerrados y primerísimos, la realidad personal de esa joven mujer y futura mamá (interpretada por la actriz Paulina Moreno), la sugerente música incidental, creadora de instancias de comunión afectiva y de ambientes escénicos propicios (compuesta por Milton Núñez), y la planificación de una dirección de arte que encuadra la cotidianidad de un grupo humano de clase media profesional, que brega y lucha por la superación académica y la estabilidad social y financiera.

Así, la línea 5 del Metro, enlaza a la comuna de La Florida, con Providencia y el Centro de Santiago, como fracciones de un territorio habitado por un sector de la población capitalina, de una manera verídica, palpable en sus efectos de veracidad, y hasta nostálgica y bella en sus consideraciones meramente fotográficas. Los condominios multiplicados del suroriente de la ciudad, los buses orugas del Transantiago, las azoteas del Edificio Isidora Zegers, de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, los pasillos de las estaciones céntricas del tren metropolitano: son los contornos de una urbe, que acoge a Camila en sus pensamientos, interrogantes decisivas, en la búsqueda de soluciones a sus preguntas más urgentes.

La elaboración del personaje principal es uno de los puntos altos en la calidad artística de este filme: Paulina Moreno se revela con ese rol de joven estudiante de danza clásica (al parecer), lánguida, pálida y embrazada, quien desea cumplir con las expectativas de su entorno cercano y afectivo, pero que también duda acerca de la pertinencia de engendrar al ser humano que acoge en su vientre, ya sea por motivos personales, o porque elude asumir un compromiso de larga data con su pareja, el entusiasta Simón, al cual, quizás, tampoco quiere mucho. La cinta no plantea debates éticos ni filosóficos, pero sí emocionales: la gramática interna de Camila teme quedarse sola ante el resultado de sus planes inmediatos.

Luces sombrías, que se apagan cada vez que la bailarina se acerca a un desenlace inevitable y sin retorno. La complejidad y la categoría literaria del libreto, se descubren en aspectos como estos: durante el transcurso del largometraje (inspirado en hechos reales), la pesadumbre psicológica del rol central, se reflejan en los ángulos de los planos, en la iluminación cansada, en la música de Núñez que no cede ni ofrece tregua, en esas habitaciones corrientes y desprovistas de cualquier estilo que no sea la masificación de decorados y artilugios establecidos por un gusto convencional y propagandístico.

Junto al deslizarse eléctrico del Metro, al transitar lento de una micro, en caminatas por una Avenida Vicuña Mackenna ultrajada por los rieles en altura de la Línea 5, se diluyen, se confirman, asimismo, los sentimientos de Camila: en esos encuentros sexuales mustios con Simón (se acarician, en apariencia se aman, se besan, el hombre recuesta su cabeza sobre ese vientre desnudo, le aproxima su celular y los sonidos de una melodía docta, pero aquello no basta para confirmar el vínculo con la perpetuidad que significa “criar” a un niño juntos).

Y esas amigas postizas se alejan, esa madre (Carmen, encarnada por la actriz Luz Croxatto), se avergüenza de las conclusiones de su hija, Simón llora, las fantasías y las ilusiones se rompen a pedazos. El escritor Joseph Conrad anotó en su novela “El corazón de las tinieblas”, la siguiente frase: “Vivimos como soñamos, solos”. Y los planos ajustados restringen las posibilidades de Camila: abortar o continuar con su embarazo, es un evento que dirimirá en el ostracismo emocional, fuera de otras coyunturas legales, consideraciones médicas, o postulados doctrinales.

La valía contingente de “7 semanas” (2016) radica en su libertad argumental: expone con limpieza una situación cotidiana, fronteriza, en la vida de una joven mujer chilena, reproducible en varios pares de nombres. Y ese nudo dramático, se estructura gracias a un montaje milimétrico, y al trabajo de una actriz que enfrenta ese hecho de resonancias criminales, con el debido temor y temblor, en un salto al vacío, en una instancia que trastocará y cambiará su existencia de cara a un futuro, sin duda, tatuado con sangre por ese acontecimiento.

El largometraje que comentamos no asemeja a los cánones de una pieza inaugural. Al oficio natural de su realizadora, se agregan detalles: un guión pensado por dos autores, el cuidado de incluir un “soundtrack” original, un foco que se une con la dirección de arte, en el propósito de elaborar una estética del desamparo y el exilio psicológico de apellido mesocrático. El agobio, la asfixia. Y pese a eso, Camila nunca viaja “sola”: es una zona urbana, un grupo social reconocible, el que se arrima, se sube a ese vagón, a esa carroza de oruga, a fin de cumplir con una jornada tediosa y rutinaria, universitaria o laboral en donde el Santiago de la “ciudad dormitorio”, confluye bajo los signos de una de sus hijas, atravesada por esa encrucijada humana, sentimental, libre, aunque homicida y transgresora.

Además del tratamiento dramático, insisto en la apreciación de un trabajo actoral que descubre para la crítica y las audiencias, la trayectoria de Paulina Moreno, quien ha incursionado antes, por otros tres largometrajes, sin mayores resonancias ni trascendencia mediática. Fuerte y emotiva, “7 semanas”, ofrece y aporta para la tribuna, y desde el arte y el cine chileno, una arista, una mirada potente, en ese tema crucial que agita a la opinión y a la legislación nacional.

 

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