Con una nominación al Oscar 2016 por la interpretación de Charlotte Rampling como mejor actriz principal –quien ya había sido festejada con ocasión de la Berlinale del año anterior, por idéntica virtud artística-, este filme aterriza en la cartelera santiaguina, explayándose en sus retóricas y baluartes audiovisuales: la destacada actuación de la legendaria profesional inglesa, y la pregunta y consulta cinematográfica, por la verdadera identidad y esencia biográfica de un ser humano. De fondo: la sosegada campiña británica, y un homenaje en el recuerdo a la música, las dudas existenciales y las coyunturas vitales y aventureras, de quienes fueron jóvenes durante la década de 1960.    
Publicado el 08.03.2017
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“Porque la muerte era la nieve que encrespaba los horizontes del oeste”.

Raúl Zurita, en Anteparaíso

 La apacible y tranquila vida de Charlotte Rampling (1946), junto a su esposo, cambia abruptamente, cuando aquél recibe la noticia de un hallazgo perdido en el tiempo, los recuerdos, en el extravío y en la ausencia física y en la ignominia corporal de la desaparición. Los restos de la antigua novia y prometida de Geoff (así se llama este marido ya jubilado) han sido ubicados, al parecer accidentalmente, desde el trágico evento (una caída en la montaña), que le costó la vida a ella (Katya) y al hijo que juntos esperaban en el vientre de ésta, hace décadas en los cantones suizos. Un telefonazo, una comunicación forzosa y el pasado irrumpe como una avalancha de nieve, surge en tanto huracán de emociones, vientos de sentimientos, remembranzas y vacíos dolorosos.

Entonces, se escuchan las letras de una música popular y de época. Ya nada será igual, todo ha cambiado de repente, de golpe, en una fracción de segundo. Lo enterrado (literalmente) hacia 1962, se renueve y resplandece en el presente, sobre una estética del dolor y de la frustración amorosa, que se pensaba reemplazada por esta nueva Kate (Rampling), igual de joven, hermosa, castaña y notablemente parecida a su antecesora. Aunque, claro, saber de pronto que se es una reemplazante, puede trastocar y hacer variar a cualquiera en sus prioridades de distinta índole, especialmente en las importantes, cardinales y conductoras de una biografía.

Geoff Mercer retoma la lectura del filósofo danés Soren Kierkegaard, y vuelve a deleitarse con la ópera y con los conciertos para piano de Edvard Grieg, como si el fantasma de Katya y sus desaparecidos gustos, terminaran por obnubilar a la esposa dedicada de ahora, a la mujer en este momento detectable, concluir por ensombrecer a la setentona todavía escultural y “estupenda”.

“45 años” (“45 Years”, 2015), así, se exhibe en sus cuadros y fotogramas, bajo los códigos ambientales y escenográficos de una obra de teatro. Salvo en contadas oportunidades, las situaciones que se desmenuzan y se conversan entre los protagonistas, ocurrieron o se desarrollan fuera de foco, lejos del campo de atención ocular y cinematográfico; o bien ellos, la pareja matrimonial que se apresta a celebrar su aniversario de bodas número cuadragésimo quinto, se ubican ambos, exclusivamente en solitario, instalados en el living, al interior de un automóvil, alrededor de la mesa de un café, sobre la cama de su dormitorio y llenan la compostura del encuadre, arrebatan posiciones al centro y los límites del lente.

Hacemos referencia a un proceso actoral y dramático que se expresa mediante el transcurso temporal y diegético de la vida de dos personas, en el intervalo de una semana. El lunes, cuando se recibe la noticia e información de la localización mortuoria de Katya, olvidada, injuriosamente inadvertida, extendida hasta la jornada del sábado, horas cruciales donde se ha producido un vuelco de motivaciones e impulsos para los derroteros de la pareja y el día en que junto a sus más íntimos amigos y cercanos celebrarán la fiesta conmemorativa, preparada con antelación, de sus 45 años de matrimonio.

El director  británico Andrew Haigh (1973), analiza la historia (escrita por él mismo) de ese vínculo familiar, llamativamente sin hijos, ni grandes fluctuaciones de una relación, esencialmente amorosa, sin mayores conflictos, ni peleas, ni discusiones terribles, que ha visto fraccionada su cotidianidad en común. La cámara registra la verbalización y las consecuencias de esos secretos incómodos que salen a la luz y que se hayan guardados en cajas y en roperos, en videos caseros, pero aún visibles, capaces todavía de proyectarse en las sombras y de corporizarse frente al menor estímulo espacial y de acción.

Los dobles discursos y una reflexión plástica y audiovisual acerca de la vejez vivenciada en el terreno semiurbano de la campiña inglesa, se  abren paso por el alegato literario y técnico de Haigh, en consonancia, por ejemplo, con el último largometraje rodado en vida por Alain Resnais: “Amar, beber y cantar” (“Aimer, boire et chanter”, 2014), también filmado en Inglaterra, igualmente repleto de confesiones terminales, de descubrimientos ulteriores, de inventos fascinantes para las personas que nos rodean y participan con preponderancia de nuestro lapso y peripecias diarias. La pregunta, la interrogación fílmica sobre quién realmente tengo a mi lado, quién en verdad es ese ser que respira y duerme junto a mí durante las horas obscuras, repetidas y sin numeral fijo de la nocturnidad.

Coordenadas argumentales por las que el realizador Andrew Haigh camina y reflexiona, mientras se revelan rostros, historias recónditas, acontecimientos graves e, insistimos, nuevamente, dolorosos, de los que nunca, jamás se hablan, debatimos, salvo en la sorpresa inaudita, en el segundo idéntico de su levantamiento y posterior y esplendorosa visualización.

El descubrimiento de una farsa, y ya nada será igual. La distinguida cara de Charlotte Rampling evidencia los rasgos y las durezas de un engaño, la semántica de saber que no han confiado y menos establecido un lazo de sinceridad hacia la fidelidad y lealtad correspondidas. El pasado siempre vuelve y de una manera soberbiamente lúcida, sin razones ni motivos. Esa trama se atestigua articulada por códigos y señas de montaje, uno clásico en su trámite, y casi perfectas en su traslación literal y argumentativa, desde líneas escritas en un papel, hacia el arrojo en las secuencias de un largometraje de ficción audiovisual.

La identidad ocultada, velada, temblorosamente escondida por la necesidad de dar vuelta la hoja, y posibilitar un inicio, un comienzo desterrado el sufrimiento y la imposibilidad de enfrentar aquello que nos doblega, tuerce y desfallece. Por eso, “45 años” es una película eminentemente “existencialista” y que refuerza su discurso audiovisual, a través de un tratamiento dramático de la amplitud ignota del pasado, y del campo inexplorado, del impacto que tiene un puro, solitario y mismo acontecimiento, para una o varias personas, dependiendo de su significado, o padecimiento particular de un hecho y núcleo dramático en perspectiva.

Referencias no verbalizadas al novelista estadounidense, y por adopción inglés, Henry James. Las trizaduras, los objetos rotos, partidos en pedazos, que ya es imposible pegar o restablecer, serían una metáfora, también, de las relaciones humanas sacudidas por la declaración de una mentira, por el fulgor de una omisión capital, sometida ahora, al escrutinio público.

Y la vida tranquila, simultánea, plácida, sosegada, rural y confortable, se desgaja en una lamentable e intensa semana. Y Charlotte Rampling mira bella, desconsolada, pálida, confundida, irremediablemente traicionada, sintiéndose una burda y desencajada sustituta, luego de la inmensa resonancia de una farsa.