El ex dirigente de Unión Española y acérrimo hincha de los rojos, Gonzalo Mingo, relata su experiencia en el partido del domingo frente a Colo Colo, sentado en medio de la barra de los albos. Por única vez en su vida se puso una camiseta blanca y comprobó que aún se puede ir a ver fútbol de manera tranquila: "Ahora puedo dar fe que la familia volvió al estadio".
Publicado el 07.11.2017
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Si Donato Román, gran compositor chileno, autor de la tonada “Mi banderita chilena” estuviera con vida, seguro que habría compuesto una cueca, aprovechando los colores de los tres punteros actuales del campeonato: blanco, azul y rojo. Ahora bien, no tengo antecedentes si a Don Donato le gustaba el fútbol, pero lo cierto es que blancos y azules están al rojo.

Más allá de esta coincidencia, en esta oportunidad quisiera tomarme una licencia, solamente por los años que tengo. De antemano pido las excusas correspondientes por lo autorreferente que pudiese ser la historia que voy a relatar.  Para algunos que me conocen, saben que soy hincha de Unión Española desde que tengo uso de razón y que además fui dirigente del club, en los años setenta. Una vez aclarado este punto, les quiero compartir la experiencia que viví el domingo en el Estadio Monumental, donde no había ido desde hacía mucho tiempo. La última vez había sido para la final de la Copa Libertadores de 1991.

Jorge, mi yerno, que es fanático de Colo Colo, hace unos meses me dijo: “cuando juegue la Unión en el Monumental, lo invito al estadio”, sin saber por ese entonces que albos y rojos estarían a estas alturas disputando el primer lugar del torneo de Transición. La verdad es que la semana pasada esperaba que mi yerno se hubiera olvidado de la invitación, para así poder ver el partido en mi casa, solo y concentrado, algo que me cuesta mucho lograr. Pero no fue así. Para mi sorpresa, el viernes me cuenta que tenía todo arreglado para el partido del domingo. Pero no sólo eso, me dijo algo aún más inesperado: “Vamos a ir a la Garra Blanca, para que vea cómo ruge la hinchada”.

Y así fue. Partimos el domingo al estadio, con  Jorge, Ian y la Karla. La única condición que puse fue que yo los pasaría a buscar, como si con eso creyera que iba a llevar el control de la situación, algo así como intentar ser el capitán de esta aventura. A las 15:30 llegué a buscarlos, pero antes había tapado una insignia de la Unión Española que tengo pegada en la camioneta. Además un vecino colocolino me había prestado una camiseta de Colo Colo, que no dudé en ponerme de inmediato. Cuando mis acompañantes me ven con la camiseta puesta, sus caras de asombro eran indescriptibles.

Dejamos la camioneta en la casa de un amigo de mi yerno que vive a tres cuadras del estadio y comenzamos a caminar mezclados entre la multitud. Con la camiseta de mi vecino, por momentos me creí un colocolino más. Pero mientras nos dirigíamos al Monumental comenzaron a sonar nuestros teléfonos celulares al unísono, como si se tratara de una alerta de tsunami. Nos decían indistintamente, “¿se devolvieron ya?”. Un hijo que vive en Nueva Zelanda me dijo que si sabía que  estaban desalojando el estadio por un aviso de bomba. Desde EE.UU. un cuñado me preguntó lo mismo. “Está todo muy revuelto por allá, cuídense”, le hablaba a mi yerno una prima desde España. Efectivamente hubo un aviso de bomba, pero fue mucho antes que entráramos al estadio. Si no nos hubiesen llamado por teléfono, ni nos enterábamos.

Ya instalados en medio de la Garra Blanca, les confesé a mis compañeros que jamás pensé ver un partido “disfrazado” de colocolino, más encima con tanta tranquilidad y seguridad. La Karla, Ian y Jorge no lo podían creer, ellos estaban muy preocupados de algún comentario o algún reacción mía que pudiera molestar a la hinchada colocolina. Los tranquilicé comentándoles que cuando era dirigente de Unión me tocó muchas veces presenciar partidos en las tribunas con los directivos de los equipos rivales, sobre todo en duelos internacionales, como aquellas recordadas copas libertadores, donde no podíamos exteriorizar lo que estaba ocurriendo en la cancha, ni dar rienda suelta al vocabulario soez por alguna jugada polémica.

Empezó el partido y a los 10 minutos Colo Colo convirtió el primer gol y sentí el primer rugido del que me había hablado Jorge. Lógicamente fui el único hincha que no saltó, lo que al parecer no se notó demasiado. Cuando empató Unión, para disimular un poco mi alegría comenté con voz fuerte: “Estos son los cabros que tenemos que traer para el Colo” y nombré a tres juveniles de Unión. “Siempre nos ha ido bien con los jugadores que le hemos comprado a los de Santa Laura” agregué y muchos hinchas albos me miraron como aprobando lo que había dicho. Para mi tranquilidad, nadie me gritó “cállate viejo # % -/! &°#|¡…”.

Lo que pasaba en la cancha no me gustaba mucho, pero tenía la tranquilidad que, aún perdiendo, seguiríamos en la punta del campeonato. En el trámite del primer tiempo Colo Colo fue levemente superior, pero no para irse al descanso con dos goles de ventaja. Los rojos tenían las posibilidades intactas de revertir el resultado, en los 45 minutos restantes.

En el entretiempo hice una jugada peligrosa, pero me quería dar un gustito. Me puse a conversar con tres colocolinos y a los pocos minutos les dije: “¿Les puedo confiar algo?” Y no alcanzo a terminar la frase y uno me interrumpe: “No me va a decir que es de la Unión Española… hace rato que lo tenía medio cachao”. “Claro” les digo y les muestro mi carnet de socio de la Unión que tenía fondeado en el último rincón del pantalón. Les expliqué la dinámica que tenía con mi yerno, que cuando vamos al Estadio Santa Laura, él se pone la camiseta roja de la Unión,  lo que nos produce una muy linda dinámica familiar de cariño y respeto. Les conté también que históricamente las relaciones entre Colo Colo y Unión Española siempre fueron buenas y que incluso, Alejandro Ascuí, dirigente de los hispanos en los años ochenta, fue el presidente de Colo Colo que lo sacó de la crisis económica por malas administraciones anteriores.

Con esta conversación que tuve con los hinchas colocolinos, el resultado del partido ya no me importaba. Vimos el segundo tiempo entretenidos y distendidos, claro, la suerte para mi equipo ya estaba echada. Cinco minutos antes que terminara el partido, con el 5-2 a favor de los albos, emprendimos la retirada. Y con un fuerte apretón de manos nos despedimos de mis nuevos amigos colocolinos, deseándonos mutuamente suerte para nuestros colores.

Para mí y para mi  familia esta experiencia fue importante y ejemplar. Quiero destacar el impecable comportamiento de toda la hinchada de Colo Colo, tanto dentro como fuera del estadio. Al subir las escaleras que estaban repletas, hicieron un callejón para que pudiéramos salir. Incluso con una mujer en el grupo, no hubo ningún grito, ni tallas de mal gusto. Vi muchas mujeres y niños de todas las edades, con camisetas blancas, de distintas épocas. Fue una verdadera fiesta que la familia colocolina supo celebrar con alegría, respeto y sin estridencias ni desbordes. Lo pudimos comprobar también al volver a casa,  por un momento pensé que estábamos en otro país.

Para que el contenido de este relato haya sido posible, no hay arte de magia. Hace por lo menos un año que en los noticieros no aparecen como tema central los disturbios y desmanes de las barras bravas. ¿Qué ha ocurrido? El plan Estadio Seguro empezó aplicar la ley y las normas, fueron empadronando y juntando antecedentes de los antisociales, se les prohibió el ingreso al estadio y al día de hay aproximadamente 2.300 no pueden acercarse a las canchas. Además, los boletos se compran por internet y están asociados al RUT de cada persona y en los ingresos hay que mostrar la cédula de identidad. Se revisan todas las mochilas y los bolsos, y todos los asistentes pasan por el detector de metales.

Para finalizar y haciendo una abstracción total del pasado y de los colores políticos, quiero humildemente felicitar y agradecer al intendente metropolitano Claudio Orrego y a su equipo de seguridad para los estadios, por su firmeza y voluntad en aplicar la ley. Este año ha aumentado en casi un 38% la asistencia a los estadios. Orrego es trabajador, se preocupa y ocupa de los temas y siempre tiene ideas que hacen sentido. No quiero meterme en profundidades pero si yo fuera elegido presidente, le ofrecería nuevamente la Intendencia Metropolitana.

Lo que sentí y viví el domingo en el Monumental fue una experiencia extraordinaria: de un temeroso infiltrado pasé a ser parte de un espectáculo. Sin ningún temor, estaba disfrutando. Ahora puedo dar fe que la familia volvió al estadio.

* Gonzalo Mingo Ortega.