Somos todos felices, democráticos, hermanos. La televisión muestra a Vidal en la banca, tirando una carcajada. Y usted siente que lo que el vodka y los casinos desunen, una goleada lo vuelve a juntar.
Publicado el 20.06.2015
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roka

La ovación a Vidal le produce una fuerte emoción. Usted, desde el sofá, se sensibiliza de forma varonil. Usted opina que Vidal es un crack con fallas; no es un sacerdote. Por eso, al escuchar los gritos de apoyo, a usted se le aprieta el corazón. Es que en esa acción usted vio algo épico, desgarrador, era el momento justo para decir algo lírico, a favor o en contra del Rey. Pero los relatores, muy cuidadosos en no apoyar a un humano desgraciado, describieron la escena con tono de notario. Usted ya había sintonizado el 13, el canal de Dios y la bondad, el canal que tiene al Negro Palma, un sentimental, como voz protagónica. Usted aguardaba expectante alguna cursilería bien puesta por parte del Negro. Era el momento justo para sacar una lección siútica del accidente. Cosas de ese tipo pensaba escuchar.

¿Y con qué se topa? Pone el 13 y se topa con el notario Palma y pensamientos neutros. Un robot sin punto de vista. Concluye que Ignacio Hernández, aquel relator de fútbol que narraba dormido, es un eléctrico al lado del Negro. Muestran el himno, una cámara enfoca la tensión dramática del rostro de Vidal, una secuencia que inspiraría un texto de autoayuda, y nadie opina. Aldo utiliza largas y estupendas frases para no comunicar nada. No hay emoción en esa cabina. Quizás, sospecha, es la actitud conservadora de los que ganan en rating. Son dos operarios que no corren riesgos.

Decide, abatido, cambiar de canal. Entra, una vez más, al mundo impostado de TVN. Ese grupo de señores con corbata que presumen cultura futbolera. Vino entonces el primer gol. Luis Omar Tapia lo grita con énfasis centroamericano. A su vez Carcuro, luego, descubre ágilmente la estrategia de los bolivianos (“Me parece que tienen dificultades para desarrollar su juego”) y Bonini aporta, tal vez, con la frase más rotunda en torno a Vidal: “Veo apagado a Arturo”. Al fin alguien repara con naturalidad en el tema de la semana.

Eso sí, al rato, algo ocurre: vienen más goles, Chile deslumbra y a usted todo el mundo le empieza a caer simpático. Vive, desde el fútbol, el síndrome de los borrachos. Si a mayor número de tragos, mayor es el afecto por la gente; a mayor número de goles, mayor es la tolerancia hacia los comentaristas. Carcuro no es básico, le parece ahora, emborrachado con el triunfo. Carcuro es cómico por rebote. Cuando Chile convierte el 4-0 usted siente que Carcuro es un amigo. Y Bonini ya no es pedante. Y Luis Omar Tapia, a sus ojos, deja de parecerle salvadoreño. Es de los nuestros, comunica a su familia. Es un patriota más, agrega con los ojos brillantes. De manera que ya acepta que los analistas no digan cosas profundas sobre Vidal porque en estos momentos el tema es la paliza. Somos todos felices, democráticos, hermanos. Muestran, incluso, a Vidal en la banca, tirando una carcajada. Y usted siente que lo que el vodka y los casinos desunen, una goleada lo vuelve a juntar.

Se da, entre tanto, un tour por el dial. Escucha un análisis de Cristián Arcos en ADN. No dice nada nuevo, pero usted, repentinamente, juzga a Arcos como un lúcido. Pato Muñoz en radio Cooperativa da una opinión repetida y usted lo aplaude. Usted es el auditor más positivo del planeta.

El aterrizaje le viene al finalizar el partido: Valdivia encara al reportero de canal 13, Claudio Bustíos, lo tilda de irresponsable. Lo acusa mirándolo a los ojos. La imagen es hipnótica. Bustíos, más encima, estaba haciendo una entrevista para TVN. Es decir, Bustíos coronó una noche heroica: logró que lo ofendieran en el canal enemigo. En ese minuto usted capta que la unión no es consistente. Las estrellas están enojadas con las injurias, el público aplaudió al Rey inculpado y los comentaristas son simpáticos sólo si hay muchos goles. Cada cual va por su lado. Quizás sólo golear permita que todo siga en paz.

Roka Valbuena, periodista.