Este tipo de periodista argentino chillón, que enfoca sus ironías en minimizar la proeza de la Roja, es habitual en las calles de Buenos Aires. No son peligrosos. Son más bocones que astutos. Y los chilenos elementales son más tarados que nacionalistas.
Publicado el 04.07.2015
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roka

¿Qué está pasando? ¿En qué momento empezó esto? Dios mío, exclama usted, por todas partes se percibe un clima bélico: uno ingresa a un canal de cable ligado al deporte, uno de esos en que los conductores argentinos se ponen pantalones cortos de tiro, y escucha sarcasmos contra Chile. Luego sintoniza una pujante radio nacional, La Clave, y escucha al dramático Gurú batiéndose a duelos verbales con tropas de animadores trasandinos.

El Gurú habla lento, medita sus dardos, y un canal argentino se mofa de sus pausas. Promete reventarlos oralmente. Nota, en otra ocasión, que el Gurú intenta aplastar a un animador de televisión argentino, Beto Casella, un siútico plagado de lugares comunes, cuyo programa –y usted se ufana de saber de lo que está hablando, porque ha visto ese espacio de televisión- es lo más malo de Argentina. Beto defiende su honor en una emisión en vivo de su propio programa destinado a televidentes siúticos y opina que el Gurú es otro traidor chileno.

Traidores, dicen los argentinos. Ratas muertas de hambre, dicen los chilenos. La cobardía de Jara no tiene nombre, dice un porteño en primer plano, en el canal ESPN. Basta de los cínicos del Río de la Plata, plantea el chileno Solabarrieta en Fox Sports, sugiriendo que ellos, los vecinos, fundaron el hachazo.

Los noticieros toman la oportunidad para difundir provocaciones argentinas dirigidas a la totalidad de la población chilena: “Te vas a caer al mar/ que te salven los ingleses”, canta un puñado de argentinos, unos peculiares retardados que aspiran a ser fotografiados en pose de desafío. La respuesta la gritan en todos los estadios de la Copa América: “Argentinos maricones/ les robaron Las Malvinas por huevones”. Y los canales chilenos, con picardía subnormal, permiten que el grito se introduzca nítidamente por los micrófonos.

En otro canal argentino -a decir verdad ya ignora cuál, pues usted se ha sumergido brutalmente en un abismo mediático y ya es incapaz de retener nombres o señas distintivas-, empezaron hablando de esta Copa América organizada en Chile (“Qué pésima la organización”, lanzó un panelista) y derivaron, sin demora, en un debate sobre si Chile ayudó a los ingleses en la guerra de Las Malvinas. Usted, que en ese momento únicamente quería saber la formación que usaría Argentina en la final, se llevó las manos a la cabeza.

¿Pero qué está pasando?

Cada cual por su lado lanza una bala. El diario Olé hace chistes. Le responde La Cuarta. Es una explosión de nacionalismo deportivo, como si los habitantes de la región fueran devotos de sus respectivos países.

Usted, con una simbólica rodilla al suelo y abriendo los brazos al cielo bendito, pide paz.

Usted debe admitir que tiene un cariño sincero por Argentina. Vivió allí algunos años, poco tiempo atrás. Quizás no parezca verosímil, pero usted tiene la certeza que los porteños nos aman. Tal vez, corrige, el porteño ilustrado. Y usted puede reconocer al argentino elemental con facilidad. Y, a la vez, con suma destreza, detecta a chilenos elementales.

Este tipo de periodista argentino chillón, que enfoca sus ironías en minimizar la proeza de la Roja, es habitual en las calles de Buenos Aires. No son peligrosos. Son más bocones que astutos. Y los chilenos elementales son más tarados que nacionalistas.

La final, un espectáculo conmovedor, se ha transformado en una tensión. “Los chilenos abastecieron los barcos ingleses”, agitó un porteño en TyC. Usted, según tiene entendido, jamás en su vida ha visto un barco inglés. Usted, además, no tomó ninguna decisión en la Guerra de Las Malvinas. “Los argentinos son unos ladrones”, escuchó a un anónimo gritar en una nota de prensa. Usted piensa en la honorabilidad de amigos porteños, piensa en Perallini, en Gaube, en el doctor Bazán: jamás le robaron algo. Tal vez es hora de establecer que las conjugaciones plurales sobran. Y que es una vergüenza lo básico que se ha tornado el insulto. En realidad, es hora de la tranquilidad, de la paz y de fijar los ojos en la cancha.

Que suene el pito del árbitro.

Que empiece el fútbol y que, por favor, se apaguen los micrófonos.

Roka Valbuena, periodista.