“Ya estamos en la final”, es la conclusión de los comentaristas. No hay salidas de madre, no hay irracionalidad, ni fiebre. Estamos en la final y reaccionamos sin estridencias.
Publicado el 30.06.2015
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rokaTermina el partido y usted, que se halla en un estado de relativa emoción, se acomoda en el sofá para escuchar la exaltación de los comentaristas. “Un partido complicado, pero, señores, Chile ya está en la final”, advierte, sin recurrir a frases afiebradas, el Negro Palma. Usted se pregunta qué le pasa al Negro, un hombre que aplica poesía popular hasta en partidos de entrenamientos, y que ahí está, de pronto, despidiendo la transmisión sin ningún adjetivo. Usted, como espectador, se siente impotente. El Negro, como otros comentaristas que mira con desorden, no infla la victoria. Justo en el momento en que usted está urgido de hipérboles, en que el fervor de un triunfo lo hace apto para la exageración, nota un incómodo clima de sobriedad. “Se viene Argentina o Paraguay, cualquiera de los dos se ve muy fuerte”, anuncia, en el dial, el relator Chico Díaz. Usted evidentemente está alarmado: ¿Ha brotado una ola de pasividad en los medios de comunicación? ¿Por qué estos comentaristas actúan como si todos los fines de semana Chile ganara un título? Chile está en la final, piensa usted, y Chile nunca está en la final. Es el momento adecuado para los alaridos.

– ¿Vamos a ir a tocar la bocina?- le pregunta, inesperadamente, su mujer.

– Esperemos- responde usted con mesura.

Usted reconoce que, víctima de un transitorio ataque de patriotismo, había ponderado la posibilidad de sacar el auto familiar y movilizarse por un trayecto razonable tocando tenuemente la bocina. A su juicio es un deber cívico. Votar y tocar la bocina en momentos épicos para la nación. Pero el autocontrol de los comentaristas lo ha inhibido. Ni siquiera Aldo Schiappacasse hace una alegoría cómica. Bonini no chilla. ¿Qué está pasando, no hay nadie fuera de sus casillas? Son los momentos, medita, en que uno añora a Julio Martínez, la floritura y el exceso de verso.

Ahora ya no sabe qué canal sintonizar para detectar una metáfora. Incluso, en el post partido, se introduce en los noticieros y sólo halla a reporteros forzando a hinchas de la calle a un ceacheí convencional. Se instala, ya francamente desorientado, en Fox Sports. Se topa con un análisis técnico, muy barroco, de Juvenal Olmos que a uno de sus parientes lo pilla con la botella de champaña en la mano. “Los de arriba no tenían que perder la pelota fácil. Los de abajo tenían que recuperar la pelota antes”, comenta preocupado el ex entrenador. Olmos no es el estímulo para un brindis. En Fox Sports, además, se topa luego con un grupo de ex futbolistas con poleras apretadas, entre los cuales está Fabián Estay, un pionero de la metrosexualidad de camarín. Analizan la estrategia y usted, que es un hincha normal, radicado en el living, sólo quería un poco de color.

Usted, también, -y pide disculpas por esta actitud- quería ver a comentaristas enviando mensajes prepotentes hacia Uruguay. Un par de ironías dirigidas a Lugano, el matón sin clase. Quería una defensa deportiva de Chile luego de tantas ofensas rioplatenses. Es que tras una semana de mucha tensión para el hincha -una semana en que en las oficinas de la Conmebol la Roja le declaró la guerra a la Celeste, ese equipo que juega violentamente hacia atrás-, usted exige justicia mediática. Que pongan en su lugar los méritos de Chile. Pero, por lo que ha visto, sólo Guarello ha tenido lúcidos destellos de rabia.

“Ya estamos en la final”, es la conclusión de los comentaristas. No hay salidas de madre, no hay irracionalidad, ni fiebre. Estamos en la final y reaccionamos sin estridencias. América nos odia y la vida sigue tranquila. De manera que usted comunica a su familia que esta vez no hay bocinazos. Parece que la fiesta sólo ocurrirá si Chile es campeón.

Roka Valbuena, periodista.