Al rato piensa en los comentaristas que no pudieron vivir esta hazaña. Piensa en Julio Martínez, el rey inmejorable del verso. Y piensa en Sapito Livingstone, el más elegante de todos.
Publicado el 05.07.2015
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roka

Alexis, sin que le tiemble el empeine, la ubica en el otro costado, es gol, es gol por la cresta, es la gloria, la cumbre, el punto final a cien años de bajones, y usted, un señor usualmente inexpresivo, deja de contemplar el chillido de Palma o la notoria conmoción cerebral de Carcuro, deja de mirarlos a todos, deja de pensar, se torna un ser salvaje y se funde en un abrazo desaforado con otras personas.

“¡¡¡Campeones, campeones, campeones!!!”, grita por una ventana. En el interior de su organismo hay cuatro vasos de ron, dos de vino tinto, seis cigarros, un pedazo de carne, un poco de papas mayo  y un montón de histeria. Debe admitir que no recuerda la más mínima frase de los locutores. Usted no recuerda ningún acierto, ni equivocación. Usted vio el partido en trance.

Tiene  vagos recuerdos de haberse apropiado del control remoto en medio del evento familiar y haberse paseado entre canales. Tal vez, intuye, vio la previa con un poco de lucidez. Vio gritar en las inmediaciones del estadio a esos noteros de matinal que parecen haber desayunado cocaína. Vio el ceacheí de un heladero, de un abuelo sin dientes, de gente pobre y rica. Vio, incluso, análisis internacionales y ahí detectó que esos comentaristas –hordas de colombianos y argentinos, un fuerte contingente de periodistas desanimados- diseccionaban el partido con apatía. Y usted no estaba apto para mentes sobrias. Sólo estaba capacitado para tolerar a gente exagerada.

Y viene ese penal de genio, ese pequeño toque de un  maestro con grandes genitales, y, sin saber cómo, de pronto usted se halla en mitad de gente que salta, enlazado a sus parientes, está mejilla con mejilla con un señor de edad. No se da cuenta si Luis Omar Tapia dice una opinión alucinada, o si Aldo soltó una talla. Usted es un energúmeno que salta y brinda. Brinda y salta. Brinda y brinda. Y sólo sabe que se acaba un largo siglo sin trofeos. Que ahora podemos ganar, que es el paso simbólico más importante en nuestra historia. Nuestras vidas sufrirán un cambio filosófico a partir de hoy. Podemos ganar, carajo.

Al rato, y dado que está en un estado muy sensible, piensa en los comentaristas que no pudieron vivir esta hazaña. Piensa en Julio Martínez, el rey inmejorable del verso, un hombre que soñó tanto con ganar, que desde su tribuna dominical enseñó a varias generaciones a entender el fútbol como algo poético. Piensa en Sapito Livingstone, el más elegante de todos. En Míster Huifa, Raúl Prado, Sergio Silva, Sergio Brotfeld. Las solemnes menciones comerciales de Agustín Inostroza.

Luego medita en el presente, en todos esos que usted siguió en esta Copa América. Aplaude el vigor del Negro Palma. Aplaude la introducción de estrategia futbolística que nos entregó Bonini. Valora el esfuerzo de superación de Ignacio Valenzuela. Valora a Carcuro cuando se emociona y habla de forma surrealista. Gran Copa América comunicacional de Héctor Tapia en radio Agricultura: frases cortas y lúcidas. La verdad es que piensa bondadosamente en todo el mundo.

Y piensa que este triunfo debe sumar a todos los que alguna vez aportaron con una frase inspirada. Piensa, además, que este triunfo también es para Carlo De Gavardo. Y levanta una copa, su copa, y exige un brindis por el pasado y el presente: esta Copa es de Chile y de todos los que han formado parte de su historia, se escucha proclamar en el living.

Ya no importa si alguien dijo una tontera o no. No importa lo que dirán en Uruguay, un país que, a sus ojos, cada vez se achica más. Que sigan acusando a Jara, que presuman todas las coimas que quieran. A usted le da exactamente igual lo que diga un cuartofinalista. Que ladren los que deseen ladrar. Ahora, para los chilenos, la vida será distinta. De  hoy en adelante viviremos mucho más contentos.

Chile es el campeón, se escucha decir con una sonrisa incrédula.

Campeón, repite.

Y, sin más que decir, usted se despide feliz.