Desde este lugar del planeta se le pudo brindar a un mundo ultra convulsionado un paréntesis de alegría y sana competencia donde la lucha por la medalla hizo olvidar por un rato el sufrimiento de la guerra y la acción terrorista, con la secreta esperanza de que el deporte como factor de unión de los pueblos pueda conmover a quienes tienen en sus manos la palanca que activa el odio, la discordia y el sufrimiento de tantos inocentes.
Publicado el 21.08.2016
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JUAN EDUARDO TRONCOSOHoy se clausuran los XXXI Juegos Olímpicos de la era moderna Río 2016, los primeros celebrados en Sudamérica, lo que aparecía como todo un desafío. Pero después de haberlos vivido intensamente puedo decir, con mucho entusiasmo que, a pesar de todas sus dificultades, estuvo a la altura. Y es que cuando comencé a organizar mi viaje a estos Juegos me encontré con mucha información sobre las precarias condiciones con que el país y la ciudad organizadora recibirían a los deportistas. La crisis política con una Presidenta de la República a punto de quedar destituida, las amenazas de terrorismo; una infraestructura a medio terminar con escándalos de corrupción por los sobreprecios pagados en su construcción; la contaminación de muchos escenarios donde se desarrollarían las competencias; el caos en el tráfico y tantos otros problemas podían presagiar lo peor.

Pero en cuanto llego a Río me encuentro con una realidad completamente distinta; un pueblo que parecía disfrutar al máximo la fiesta del deporte y visitantes de todos los países que engalanaban con color y entusiasmo el aliento a sus representantes; competencias que se llevaron a cabo en estadios preciosos; traslados en los distintos medios del transporte público de la ciudad muy bien organizados y un gran número de colaboradores voluntarios brasileños y extranjeros con la mejor disposición para ayudar a que todo se desarrollara normalmente; y el apoyo de una policía que discretamente se hacía presente, generando una sensación de seguridad que ayudaba aún más a disfrutar de la fiesta.

Así resultó que desde este lugar del planeta se le pudo brindar a un mundo ultra convulsionado un paréntesis de alegría y sana competencia donde la lucha por la medalla hizo olvidar por un rato el sufrimiento de la guerra y la acción terrorista, con la secreta esperanza de que el deporte como factor de unión de los pueblos pueda conmover a quienes tienen en sus manos la palanca que activa el odio, la discordia y el sufrimiento de tantos inocentes.

Y como en toda fiesta deportiva destacan muchas figuras y notables actuaciones. Algunos cerrando su carrera de la mejor manera, como el histórico Michael Phelps ganador de 25 medallas de oro en todas sus participaciones, o el carismático Usain Bolt con su 3×3 en la velocidad, es decir oro en 100, 200 y relevos 4 x 100 en los últimos tres Juegos Olímpicos. Otros que muestran su permanente categoría, como el equipo de basquetbol de EEUU, o el tenista Andy Murray que repite su oro, y, finalmente, aquellos que emergen como figuras mundiales en estos juegos y de seguros serán protagonistas en Tokio 2020, como la gimnasta norteamericana Simone Biles, la nadadora húngara Katinka Hozssu y el garrochista brasileño Thiago Bras da Silva.

En este breve resumen no puede quedar fuera el debut del rugby siete de la mano de la primera medalla de oro en la historia de Fidji o el oro en el fútbol para Brasil, único título que le faltaba en dicho deporte.

Pero lo que más ha llamado la atención en ellos, y en la gran mayoría de los deportistas, es el espíritu olímpico para enfrentar la competencia. Tenistas como Nadal, Murray y otros, golfistas como como Stenson, Sergio García o Watson, futbolistas como Neymar y tantos otros que ganan millones de dólares, se comprometen y se entregan con un esfuerzo al límite, arriesgando lesiones o fama, para competir sólo por el honor de defender a su país. El llanto de muchos ellos personalizado en el tenista argentino Del Potro es el mejor ejemplo de ello. Y en estas circunstancias desde luego aparece lo más noble de los deportistas como el caso de las atletas Abbey D’Agostino de EEUU y Nikky Hamblin de Nueva Zelanda, que se caen en la carrera de 5.000 metros planos y deciden ayudarse mutuamente para, tambaleantes, llegar juntas a la meta. O el entusiasmo del equipo que formaron aquellos deportistas que compitieron bajo la bandera de refugiados, puesto que provienen de países donde la situación de guerra civil es dramática y que por ello no pueden enviar representación a los juegos. Y ni hablar de todos aquellos que a partir de los próximos días iniciarán su participación en los Juegos Paraolímpicos.  Y todos, absolutamente todos, lo hacen con respeto por el rival, por su camiseta, y por los valores del deporte. Adiós Rio 2016, que llegue pronto Tokio 2020.

* Juan Eduardo Troncoso. Abogado socio de Fontaine & Cia.