La inflación que no para de subir, la inseguridad que agobia y la escasez que golpea el estómago son las cosas que más se sienten en uno de los países con las mayores reservas petroleras. Esta es una crónica de una venezolana, que tras dos años y tres meses fuera de su país, volvió por unos días y esto fue lo que percibió.
Publicado el 17.07.2016
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Un país de contrastes, un país que no se entiende. Así se ve Venezuela ahora, especialmente cuando se es una venezolana residenciada en Chile que tenía más de dos años y tres meses sin pisar su país. Un país difícil de explicar, un país que duele. Se supone que tiene las mayores reservas petroleras del mundo, pero hay una sequía generalizada por la caída del precio del crudo y una mala gestión gubernamental desde hace más de una década. La inflación no para de subir, los salarios no alcanzan, la inseguridad agobia y la escasez golpea el estómago.

No hay manera de explicar –ni entender- cómo es la Venezuela de ahora. Pero se puede intentar en tres pasos, quizás tres actos, los que se palpitan en cada paso en la capital.

I. La vida en función de las filas

A las 5:00 AM ya hay filas en varios puntos de Caracas, algunas veces desde más temprano. Uno de los nuevos tópicos predilectos para una conversación en cualquier reunión, son las horas que se pasaron en una cola para obtener alguno de los productos regulados. Harina de trigo, azúcar, pasta, arroz, aceite, sal y harina de maíz precocido –la que se usa para hacer las arepas- son algunos de los alimentos que escasean.

Es símil de alegría conseguir papel higiénico sin hacer más de cuatro horas de cola. También es requisito para todo aquel que va de visita llevar en la maleta un par de paquetes de lentejas, pasta de dientes, jabones, desodorantes y champú. Ya no es un buen regalo una polera o un dulce típico de otro país.

VENEZUELAFILAS

Las peticiones de medicinas también son imprescindibles. Cosas tan básicas como un acetaminofén o un ibuprofeno son imposibles de conseguir. En las farmacias algunas veces hacen chistes con que ya han practicado frente al espejo las distintas formas –y caras- para decir: “No hay”. En los supermercados cuando preguntas cuándo llegará algún producto te explican: “Nada de eso, tendrá que seguir con la dieta de Maduro. Vea el lado bueno, todos nos estamos poniendo flaquitos”. Y la sonrisa nunca falta para acompañar esas respuestas, aunque se tengan unos kilos menos por pasar hambre.

El humor no escasea. Una extraña contradicción.

La vida se programa según los días disponibles para hacer filas, o mejor dicho, impuestos. Para comprar alguno de los alimentos que escasean, si es que llegan a algún establecimiento, se debe ir sólo una vez a la semana según el último número de la cédula desde principios de 2015. Ese número que se tiene como ciudadano lo pedirán en cada compra, para llevar registro de cuántos productos ha comprado y en qué lugares. En algunos trabajos se organizan para que cada empleado esté libre el día que se le permite comprar.

Ahora todos saben la hora de la primera horneada de las panaderías. En las tardes, casi siempre es a las 5:30 PM y a esa hora en todo establecimiento que tenga harina de trigo, se formarán filas kilométricas para llevar sólo un pan campesino por persona. No más. Un pan después de, mínimo, hora y media de fila.

También son comunes las escenas dantescas. Un día podrá ver la bipolaridad de una persona que consiguió azúcar. Grita de alegría porque tiene en sus manos la codiciada sustancia, pero tiene la voz quebrada y los ojos rojos porque se le rompió la bolsa. Su solución será comer el azúcar directo del piso.

Otras veces, quizás se acerquen para pedirle con ojos desorbitados que le compartan aquello que come o toma. No son precisamente vagabundos. Unos días le pueden pedir dejar un traguito del té frío que se toma, otras veces la mitad de una empanada y casi siempre acompañada de una frase hecha para quebrar el alma: “Es que hace meses que no me puedo dar un gusto como ese. Es imposible”.

En mi cuenta más personal de la escasez en la maleta para Venezuela tenía: 20 cajas de pastillas para la tensión, 10 de medicinas para el corazón, seis para problemas de la próstata, dos anticonvulsivos, dos de anticonceptivos y tres de antibióticos. Unas cuantas cosas para el aseo personal: Cuatro champús, 15 jabones de baños, seis pastas de diente, seis desodorantes y un paquete de afeitadoras. Y unos cuantos alimentos: seis paquetes de arroz, seis de lentejas, cuatro latas de atún y un pote de suero de leche, porque entre mis cercanos, hay quien cree que con una merengada de esas es posible aguantar el hambre y rendir la comida.

Con los repuestos de autos, también hay escasez. El tráfico de más de dos horas diarias en horario punta ha bajado y en todas las calles y estacionamientos se encuentra un automóvil, que te explican, tiene meses parado porque no se consigue el repuesto.

Pero, el que gana en dólares puede darse el gusto todos los días de comer en los restaurantes de lujo que quedan. Comprar los productos importados que llenan los estantes de algunos supermercados y celebrar con un whisky 18 años. Y sobrevive.

Con todo y sus contradicciones, es un país que empieza a parecerse a un esqueleto

II. A las 6:00 de la tarde en casa

Hay una cifra de Venezuela que asusta, la del número de homicidios por año. Esa que demuestra que es uno de los países más peligrosos del mundo. Según el reporte de 2015 de la ONG Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) –no hay ente estatal que lleve tales estadísticas-, 27.875 personas murieron de manera violenta ese año, una cifra que supera considerablemente la registrada en 2014, que fue de 24.980.

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Casi todo venezolano tiene una historia de un conocido o cercano que mataron para robarle un auto, un celular o simplemente el dinero que cargaba consigo. En la mejor de las suertes, la historia es de robo a mano armada. “Menos mal que estás bien, que estás vivo”, es la frase de consuelo después del susto.

Salir en la noche a tomar una cerveza o cenar en algunos de los pocos restaurantes que cierran pasadas las 6:00 PM, requiere de toda una planificación previa. Si algunos amigos pasan a visitar por casa, es mejor tener un colchón preparado para que pase la noche.

A las 7:00 PM las calles están vacías, oscuras. Ver a alguien caminando a las 9:00 PM por alguna vereda, se considera un acto de valentía. Por una medida de ahorro energético que impuso el presidente Nicolás Maduro en mayo de este año, los centros comerciales cierran sus puertas a las 7:00 de la noche. A esa hora pareciera que cierra toda la ciudad.

Antes de salir todo son advertencias. “Tienes que estar con ojos hasta en la espalda. Da lo mismo sin son las diez de la mañana, igual roban”. “No agarres un taxi así a lo loco en la calle, llama a una línea”. “Trata de estar en la casa a las 6:00 de la tarde, ya cuando se pone oscuro todo el mundo se esconde”.

Así, una ciudad que se siente vacía.

III. La inflación de cada día

Cuánto valía esto, cuánto vale ahora. Es el ejercicio de memoria constante que se hace después de tanto tiempo fuera. Entonces se recuerda que en 2014 el salario mínimo era de Bs. 3.270 y, en ese entonces, ganar Bs. 20.000 se consideraba un sueldo decente. Pero que no alcanzaba, mucho menos si se tenían intenciones de independencia. Vivir bajo el techo de los padres y ayudar con el pago de los servicios y el mercado, parecía el futuro de muchos.

Ahora Bs. 6.000 es el mínimo que se debería llevar en la billetera, es decir, 60 billetes de la más alta denominación que, en dólares comprados en el mercado negro, no son más US$ 6. Con ese dinero no alcanza para comprar más de dos panes, un cuarto de queso, algún enlatado y, quizás, un litro de jugo o bebida. Bs. 6.000 es ahora el monto que se lleva en el bolsillo para un par de pasajes en bus, un café, un agua y quizás alguna comida chica. Bs. 6.000 sirven para sobrevivir el día. Hace un poco más de dos años, Bs. 6.000 servían para sobrevivir, a medias, casi un mes. 

Ahora, el sueldo mínimo es de Bs.15.051, más un bono de alimentación de Bs.18.585. Tampoco alcanza. Una compra en el supermercado con todos los alimentos de la cesta básica supera los Bs. 50.000, si se consiguen y si sólo se piensa en llenar un estómago. Y los sueños de independencia de varias amistades –todas entre los 28 y 35 años- , están ahora totalmente destruidos. Un arriendo ronda por los Bs. 50.000 y pensar en comprar una propiedad, ya es una historia imposible.

Los precios están dolarizados, pero los sueldos no. Una contradicción más que tiene a todos hablando sobre el “¿cuánto cuesta?”. No hay día en que no se converse sobre el precio de los productos y de la vida. En los celulares de todos los venezolanos hay alguna foto que le tomó al último precio que vio de una botella de ron, de una caja de edulcorante o de una crema corporal. No hay fotos de carnes, leche, harina o cualquier otro producto básico que se encuentra escaso. Muchos de esos alimentos se encuentran en el mercado negro y muchos están dispuestos a pagar el precio que sea, porque: “No se sabe cuándo se vuelve a conseguir”. Hay gente que es capaz de gastar Bs. 40.000 (cerca de US$ 40) en 20 kilos de arroz.

“Hay que pensar que los precios están en dólares y algunas veces, hay que poner todo un poco más caro. Porque comprar de nuevo la misma comida te puede costar el doble en menos de una semana. Las distribuidoras ya no existen. Todo está en manos de bachaqueros o de algunos militares que consiguen los productos”, explica Humberto González, dueño de un restaurante mínimo en el centro de Caracas.

La inflación, según pronósticos del Fondo Monetario Internacional (FMI), ha superado el 700% en lo que va de 2016. Y según el Banco Central de Venezuela (BCV), la inflación acumulada en 2015 cerró en 180,9%La caída del Producto Interno Bruto (PIB) del sector petrolero y la economía petrolera desplomada en un 5,6% según el último reporte anual del BCV, son apenas algunas de las razones para explicar los altos costos de la vida ahora en Venezuela. Otra razones no son tan sencillas de dilucidar, o simplemente, entender.

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO