La muerte de Fidel Castro trae a la memoria la influencia que el dictador cubano tuvo en la trayectoria política chilena reciente. ¿Ejemplos? Su extensa visita en 1971, la violencia política en los 80 y sus controvertidas actuaciones una vez recuperada la democracia en Chile. 
Publicado el 26.11.2016
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“La historia me absolverá”, declaró Fidel Castro en el famoso juicio que siguió a su apresamiento en 1953 tras el fallido asalto al Cuartel Moncada. Ahora que el longevo dictador cubano ha muerto a los 90 años, el juicio histórico sobre su vida y obra comienza a ser escrito. Al igual que con tantos otros países latinoamericanos, una parte de la trayectoria de Fidel Castro se encuentra ligada a Chile. Tres momentos son especialmente significativos: su visita en 1971 en pleno gobierno de la Unidad Popular, su apoyo en los 80 al Partido Comunista y su brazo armado, Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y su incómoda actuación después del retorno de nuestro país a la democracia.

Una larga visita

“¡A su casa no más llega, Compañero Fidel…!”, tituló el diario “Clarín” de Santiago el 9 de noviembre de 1971, la víspera de la llegada del “héroe” a Chile. Mientras el oficialismo recibió en masa al “Primer ministro” en el aeropuerto de Pudahuel, tanto el presidente de la Cámara de Diputados como el del Senado, los DC Fernando Sanhueza y Patricio Aylwin, desistieron de concurrir “de puro picados”, según informó el periódico “Puro Chile”.

La visita fue todo un acontecimiento. Castro recorrió el territorio nacional, se reunió con líderes y dignatarios como el cardenal Raúl Silva Henríquez (quien le regaló una Biblia) y estuvo en Chile hasta el 4 de diciembre, en la que sin duda es la estadía oficial más larga de un jefe de Estado extranjero en el país. Encontró un país convulsionado y dividido: el 1 de diciembre se organizó la multitudinaria “marcha de las cacerolas vacías”, protagonizada por decenas de miles de mujeres en el sector de la Plaza Italia. Al día siguiente, otra multitud asistió al Estadio Nacional a despedirlo. El líder barbudo afirmó que en Chile “he visto a los fascistas en acción” y advirtió que “hay debilidades en la batalla ideológica” impulsada por la UP. Dijo que se iba de Chile “más revolucionario que nunca”.

Fidel no creía en la vía democrática al socialismo y propiciaba en cambio el camino que él siguió en Cuba: el asalto violento al poder. Muchos en Chile vieron en él la inspiración para impulsar un proceso que condujera a la toma total del poder. “Usted no sólo representa a su país, representa a la Revolución, a su espíritu”, indicó entusiasmado el escritor comunista Manuel Rojas. Ya desde comienzos de los 60, la Revolución Cubana había servido como ejemplo para los rebeldes chilenos. En 1960, antes incluso de que Castro declarara que “soy marxista leninista y lo seré hasta el día en que muera”, el dirigente comunista Salomón Corbalán declaraba que “el ejemplo de Cuba está golpeando intensamente la conciencia popular y le está abriendo los ojos a las masas”.

El experimento marxista chileno terminó, sin embargo, en el fracaso. Las tensiones, incoherencias y las reformas radicales del proceso liderado por Salvador Allende condujeron al golpe de Estado y a la muerte del Presidente, quien se suicidó en La Moneda. Existe controversia acerca del arma que usó Allende. Hay quienes sostienen -aunque es una versión disputada- que utilizó el fusil AK-47 que le había regalado Fidel Castro. “A Salvador, de su compañero de armas Fidel Castro”, se leía en la lámina adosada al fusil. Todo un símbolo.

Enemigos mortales

Durante su visita a Chile en 1971, Fidel Castro fue acompañado en varias ocasiones por el jefe de la Guarnición Militar de Santiago, el general Augusto Pinochet. La historia haría que ambos personajes entraran en curso de colisión tras el 11 de septiembre de 1973. De hecho, la embajada cubana fue uno de los pocos focos de resistencia armada ese día.

El golpe de Estado hizo a Pinochet y Castro enemigos irreconciliables. El régimen militar chileno persiguió de manera implacable a los partidarios de la Unidad Popular, muchos de los cuales huyeron y encontraron refugio en Cuba, donde fueron recibidos por un Fidel Castro que veía confirmadas sus sospechas acerca del proceso fallido de la Unidad Popular y se dispuso a promover la vía violenta como manera de enfrentar a Pinochet. Pero los cuadros del Partido Comunista habían sido diezmados y el esfuerzo tomaría tiempo, más todavía cuando los aparatos de seguridad -la DINA y su sucesora, la CNI- habían sido ferozmente eficaces para enfrentar a la oposición armada en Chile.

La Habana se transformó en uno de los puntos focales de la resistencia al régimen militar chileno. El Departamento América prestó ayuda para que grupos de miristas recibieran recursos económicos y financiamiento. El gobierno cubano también estuvo detrás de la decisión del Partido Comunista chileno de retornar al país a combatir al régimen militar a través del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y de propiciar las condiciones que dieran lugar a una sublevación masiva. Para ello se requerían armas y cuadros militares: en Cuba se entrenaron guerrilleros y desde la isla se envió un impresionante arsenal de explosivos, fusiles M-16 y FAL, lanzacohetes y otros pertrechos bélicos. Sin embargo, la internación de armas fue frustrada en 1986 por la CNI: gran parte del arsenal fue descubierto en piques abandonados en la zona de Carrizal Bajo. El golpe fue demoledor, pero no lo suficiente como para descarrilar otra parte de la estrategia acordada por el PC en connivencia con el régimen cubano: la “Operación Siglo XX”.

El atentado contra Augusto Pinochet tuvo lugar en el camino al Cajón del Maipo en septiembre de 1986. Un comando del FPMR emboscó a la comitiva de Pinochet y estuvo a punto de asesinarlo. Pero fracasó. El intento de magnicidio terminó por confirmar la tesis de Pinochet de que los comunistas querían instalar la violencia en el país y le dio nuevo oxígeno a un régimen militar acosado por las protestas y la presión por la apertura política. Después del ataque a Pinochet y el descubrimiento de Carrizal Bajo, las fuerzas opositoras que propiciaban enfrentar al régimen militar dentro de la institucionalidad que este había creado se impusieron de manera definitiva. La vía armada impulsada por Castro fracasó.

Un socio incómodo

bachecatsroFidel Castro volvió a Chile en 1996, cuando se organizó en Santiago la VI Cumbre Iberoamericana. El dictador cubano había abandonado el verde oliva y vestía ahora de traje. Pero otras cosas no habían cambiado: tal como en 1971, Castro volvía a ser una visita incómoda y así se lo hizo ver Hortensia Bussi, la viuda de Salvador Allende. En un acto en el Canelo de Nos, Bussi reclamó apertura política en Cuba, para sorpresa de Castro, sentado en primera fila. El evento marcó la ruptura definitiva de la generación del PS que participó en la UP con Castro. Pese a que Fidel bajó el perfil al incidente y dijo que sus relaciones con la familia Allende eran “indestructibles”, el episodio fue un recordatorio de la compleja vinculación del líder cubano con Salvador Allende y sus cercanos (una de las hijas de Allende y Bussi se suicidó en La Habana). Cuando, en 2009, la Presidenta socialista Michelle Bachelet visitó La Habana y corrió entusiasmada al encuentro de Fidel, ningún dignatario de la vieja guardia del Partido la acompañó. Las críticas a la “carrerita” de una Mandataria sonriente se dejaron caer desde todos los sectores, incluido el PS.

Los gobiernos de la Concertación también estuvieron incómodos con Castro. El asesinato del senador Jaime Guzmán por parte de un comando del FPMR enturbió los vínculos. Más aún cuando varios de los frentistas que participaron en ese crimen y en el secuestro del empresario Cristián Edwards recibieron refugio en La Habana. Pese a que la UDI fue la mayor crítica de la participación de Cuba en la preparación del atentado que le quitó la vida a Guzmán y luego en el apoyo a los fugitivos, en 2002 Joaquín Lavín, entonces alcalde de Santiago, sorprendió a todos con una visita al dictador donde, según el edil, “se habló de todos los temas de forma muy franca”.

La visita de Lavín, los desencuentros con Bussi y las tensiones del gobierno chileno son reflejo de la influencia subyugante que ejerció Fidel Castro en la política chilena, incluso cuando el antiguo revolucionario se encontraba cerca de su retiro.