Con sólo dos volúmenes publicados bajo su nombre (uno de ellos autobiográfico), resulta incómodo para muchos la idea de entregarle el premio Nobel. Sobre todo si se considera que se le otorga por las canciones que escribió y no por los libros publicados.
Publicado el 14.10.2016
Comparte:

Bob Dylan (Robert Allen Zimmerman), cantautor estadounidense de setenta y cinco años, fue nombrado ganador del premio nobel de literatura. Todos hemos escuchado alguna vez su voz: En sus primeras grabaciones se oye metálica y punzante, en las últimas más bien grave y submarina. Desde siempre le ha caracterizado esa nota áspera y desafinada mientras busca el tono preciso, dando en éste como por azar, tensionando la voz que recorre como un péndulo los intervalos, hasta que se resiente. Por el contrario sus letras no flaquean y hablan de una humanidad doblegada, lo hacen de una manera tan clara como conmovedora. Son comunes en sus composiciones los temas del viaje, la soledad, el desamor, la enfermedad y la guerra. Entre sus personajes se pasean grandes poetas, personajes de la literatura y la historia sagrada, políticos infames, además de los principales integrantes de una  novela de caballerías. Para acceder a su obra poética no hace falta ir a la librería sino escuchar sus discos. Recordamos una frase de Goethe que serviría de inspiración a los compositores alemanes de Lied (siglo XVIII), “el poema sólo estará completo cuando sea musicalizado”.

Dylan cantó para una generación que luchó por darle fin a la guerra en Vietnam, que puso en práctica un amor comunitario y libre, que condenó abusos vinculados a malos manejos políticos, que buscó inspiración en la cultura oriental para una nueva conceptualización de la armonía, que puso de moda el consumo de alucinógenos en favor de una apertura hacia una nueva conciencia, que recorrió el territorio como si se tratara de una nueva América. Dylan cantó para una nueva conciencia, durante un periodo de utopías, donde una nueva vida parecía posible. Independientemente del fracaso de muchas de esas aspiraciones, su obra primera cristaliza aquel momento de pugna entre generaciones: “Sus hijos y sus hijas/ están más allá de sus órdenes/ Su viejo camino prontamente se envejece/ Por favor salgan del nuevo/ Si no pueden tender una mano/ Porque los tiempos están cambiando”.

En una época en la que los jóvenes se hicieron al camino, de las recientemente inauguradas carreteras que unían el país de los cincuenta estados de costa a costa (a las que los “Beats” se referirán de forma casi obsesiva), Bob Dylan realizaba sus primeras giras como músico country. Acompañado de su guitarra y una armónica colgada al cuello, interpretó en los escenarios de aquellos inexplorados Estados Unidos redescubiertos por su generación, canciones dolorosas, lecciones de vida sintetizadas en breves minutos, el cancionero folclórico de una nación al que accedía una masa de gente cada vez mayor por medio de las radioemisoras y los primeros discos de vinilo. Inspirado, en gran medida, por las grabaciones de algunos músicos de blues (Blind Lemon Jefferson, Robert Johnson, Son House) y también por aquello que era transmitido bajo el nombre de música country (Hank Williams, Woody Guthrie), Dylan comenzaría su carrera homenajeando a los folcloristas.

En su primer álbum “Bob Dylan”, sólo hay dos composiciones originales, una de ellas dedicada al músico Woody Guthrie. “Song to Woody” es una pieza fundamental, porque Dylan se hace parte de una dinastía (literariamente). Así como Dante escoge a Virgilio como guía, Dylan escoge también a Guthrie, Cisco y Leadbelly como faros para caminar por el infierno. Ellos tienen en común la vocación por el viaje, el nomadismo como una opción de vida íntimamente ligada a la creación poética y musical, esto porque en la distancia se reconoce una sabiduría que permite ver el sufrimiento en la tierra. Como aquel estereotipo romántico del sujeto desencantado de la sociedad que huye a la naturaleza, Dylan (hablante lírico) huye siempre a pueblos fantasmas a estrechar personajes de polvo y escucharle respuestas al viento, sin importar unos y otras sino solamente el “poder decir algún día que también he estado procurando viajar firmemente”.

Las letras que hace suyas en los comienzos de su carrera hablan de enfermedad, pobreza, esclavitud. Después de todo, es en la cara desgraciada de la vida donde germina el sentimiento blues (transversal en toda su trayectoria). Lo mismo ocurre con lo que fue denominado canción de “protesta”, un estilo que no puede entenderse sin este autor. A partir de canciones como “Talking New York” en las que recuerda la precariedad en la que hace su vida en Greenwich Village, el carácter evocativo de su escritura tiende a un estilo provocativo que recuerda a Bertold Brecht: “mucha gente no tiene mucha comida en su mesa/ pero tienen muchos tenedores y cuchillos/ y tienen que cortar algo”. Canciones como “Masters of war”, Talking World War III blues” o “A Hard Rain is Gonna Fall” dan cuenta de un mundo amenazado por la violencia en los discursos y el fracaso de la diplomacia, que tendría por resultado el establecimiento de un frente de batalla en Vietnam: “vi diez mil hablantes cuyas lenguas estaban todas rotas/ vi pistolas y espadas afiladas en las manos de niños jóvenes”. La canción protesta no es inocente, su letra empuja al oyente a realizar un examen de conciencia, al tiempo en que convierte al cantante en vocero y activista comprometido con ciertos valores y opciones políticas.

El año 1965 definiría un nuevo rumbo para la carrera de Dylan. Con el lanzamiento de su álbum “Highway 61 revisited” pierde a gran parte de sus seguidores (country) luego de grabar guitarras eléctricas y acompañarse de una agrupación de alto voltaje. Se transforma en un artista de rock, escribe la que de acuerdo a la revista Rolling Stone es la mejor canción de rock de todos los tiempos (“Like a Rolling Stone”). El título del disco se refiere a la carretera que conecta los poblados cercanos al delta del Mississippi, cuna de la música blues, lo que resulta del todo coherente junto a la incorporación de guitarra “slide” y las letras que hablan específicamente de experiencias en la carretera: “From a Buick 6” o “Thumb Thumb´s blues”, que muestra a México como esa frontera a la que cruzan los renegados estadounidenses en busca de mujeres, alcohol y muerte. Al más puro estilo Neal Cassady. “Queen Jane Aproximately” y “Like a Rolling Stone”, por otra parte, recuerdan las novelas de Salinger, ambas se refieren a un sujeto detenido por lo que su entorno social espera de éste al momento de satisfacer una cierta idea del éxito, entonces surge el drama de ir más allá bajo cuenta propia, al riesgo de caer en desdicha.

Otra característica de la poesía de Dylan es el uso de la cita a la literatura e historia universal. En el mismo disco hay varios ejemplos: en “Tombstone Blues” pide que le entreguen “una peluca calva a Jack el destripador, que yace sentado en la cabeza de la cámara de comercio”, además de incluir a Juan Bautista, Galileo Galilei, Beethoven y otros personajes ilustres. Quizás uno de los más entrañables encuentros fortuitos que compuso Dylan, permanece inscrito en la letra de “Desolation Row”, un paraje de la eterna espera donde “Ezra Pound y T.S. Elliot pelean en la torre del capitán, mientras los cantantes del Calypso se ríen de ellos y los pescadores sostienen flores”. Otros pobladores de la desolación traídos del campo de la literatura son el fantasma de la ópera, Romeo, Casanova, Cenicienta, Ofelia. Como constató el 2006 el poeta Raúl Zurita en un artículo de Diario El  Mercurio: “su manera de sacarle al habla común las resonancias más hondas y amplias, más cómicas y desoladoras, más oníricas y lúcidas, es la herencia de Shakespeare”.

El año 2000 otro poeta chileno, Nicanor Parra, reparó en la poesía de Dylan. Respecto a la canción “Tombstone Blues” dijo a El Mercurio que con los tres versos “mi padre está en la fábrica y no tiene zapatos/ mi madre está en el callejón y está buscando comida/ y yo estoy en la cocina con el blues de la lápida”, se hacía merecedor de todo. A diferencia de Zurita, el rasgo que enfatiza no es el de un manejo del canon literario, sino la expresión de un realismo sin pretensiones, de carne y hueso.

Los siguientes tres álbumes editados entre 1966 y 1969 incluyen canciones memorables como “Just Like a Woman”, “Lay lady lay” y “All Along the Watchtower”. Aunque la última suponga un logro en la experimentación, fundiendo su escritura en un registro bíblico que seguirá explorando, éstos y otros trabajos de finales de los sesenta y mediados de los setenta, se alejan definitivamente del tono de protesta implícito en las primeras producciones. Las canciones de amor van a ocupar gran parte de un repertorio que tiende a cierta autorreferencialidad (matrimonio con Sara Lownds, accidente en motocicleta) defraudando a algunos críticos que seguían esperando profecías que salvaguardaran el ímpetu de un hipismo degradado que acabó con grandes ídolos muertos por sobredosis. Dylan se refiere con cierto resentimiento al final de una época, explicando en más de una entrevista que jamás ha pretendido ser el vocero de una generación.

Durante los setenta vale la pena revisar los álbumes “Blood on the tracks” (que llegó al puesto número uno de acuerdo a Billboard 200) y “Desire”, grabados en circunstancias de separación matrimonial y conversión al cristianismo, momentos de gran intensidad que se dejan notar en el cancionero. Aunque se debe prestar especial atención a los créditos de las composiciones. Resulta llamativo el decaimiento de la aportación de Dylan como autor de las canciones. A partir de la década de los ochenta, se va a apoyar constantemente en otros colegas y escritores para acrecentar su repertorio, lo que no va a gustar a la gran mayoría de quienes no ven en él a un poeta sino a un cantautor al que es difícil seguirle el rastro de una trayectoria en las letras. Con sólo dos volúmenes publicados bajo su nombre (uno de ellos autobiográfico), resulta incómodo para muchos la idea de entregarle el premio Nobel. Sobre todo si se considera que se le otorga por las canciones que escribió y no por los libros publicados. Resulta inevitable hablar de poesía y música.

¿Existe un límite que separe la poesía de la música, o se trata más bien de una relación complementaria? El mito griego cuenta que Orfeo se acompañaba de una lira para cantar sus poemas; Homero, ¿no es acaso el resultado de un compendio de tradición oral repartida por el mediterráneo en boca de rapsodas? Los poemas de los libros sagrados fueron musicalizados tempranamente y las composiciones de goliardos en la edad media se estudian en la actualidad como poesía. La palabra y la música interrumpen el silencio, allí acontece su comunión. Debemos preguntarnos entonces si requerimos de la palabra en la hoja para considerar a esa palabra poética. Es cierto que el poema se lee de forma distinta, es cierto que si se lee una canción conocida, ésta parece “hechizada” por la melodía que hemos oído mil veces y por lo tanto la lectura acontece como un “deja vu” en el que tarareamos inconscientemente al momento de leer, la melodía que corresponde a cada palabra. Todas estas consecuencias de la coexistencia entre la música y la poesía pueden desorientar a los lectores acostumbrados a abrir un poemario y participar de la creación del poema mediante la lectura, porque la hoja ofrece interconexiones que parecen no delimitadas a cabalidad; no obstante (y para la apreciación de la obra poética de Dylan), lo que sobresale siguen siendo las palabras. Hay que contemplar el valor poético que resguarda el vehículo oral, así como Dylan lo estudió en sus tierras, ahora nosotros podemos apreciarlo en sus propias composiciones.

Considero que el premio no es gratuito, pues al igual que otros poetas de su generación, la investigación en las fuentes del folclor norteamericano (de tradición oral) sirvió de inspiración a sus composiciones porque en esas fuentes reconoció a su vez la poesía. Dylan fundió aquella aspiración a una creación musical cargada de poesía en las letras, con todo aquel eclecticismo que caracteriza sus canciones, en las que se encuentran el mundo de la cultura pop, con parajes de la biblia, el estante de los clásicos, los “beats” y el rock ´n roll. A esto se refiere la academia sueca al afirmar que el premio se le entrega por “crear nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. En Chile el caso de Violeta Parra resulta ejemplar. También se trata de una cantautora y folclorista que demostró la cualidad poética de las letras rescatadas del campo y de su propia historia. Hoy en día a ella se le considera tan poeta como músico.

Para fines de los ochentas, la carrera de Dylan estaba francamente devaluada y si se mantuvo en la primera línea de la escena rock fue gracias a las colaboraciones con otros artistas (me refiero a su participación en la superbanda “The Flying Willbury´s”). En los noventas, discos como “Under the red sky” y “World gone wrong” incursionaban en un sonido más bien pop, matizado por los sintetizadores y normalizado por el uso de baterías electrónicas, que le significaron duras críticas al productor Don Was.

Únicamente con “Love and theft” y “Modern times” parece dar un paso firme en el tan esperado “regreso” de Bob Dylan, que la prensa especializada desde hace una década predecía. Vuelve a las composiciones de blues, donde los doce compases sirven de medida a la letra que se resuelve en la forma AAB. Una obra relevante es “High Water” en homenaje al pionero del country blues Son House. Lo interesante de ésta canción es que es el resultado de un collage de otras dos canciones tradicionales, “The cuckoo” y “Dust my broom” de Robert Johnson. A sus sesenta años, demuestra la persistencia de la tradición folclórica en su hacer artístico y su voz, que se ha vuelto mucho más grave, encuentra un espacio donde aquellas heridas son apreciadas por la audiencia, en el blues. “Modern Times” obtuvo un disco de platino en los Estados Unidos y sigue la línea del trabajo anterior reafirmando su cariño por la dinastía de los folcloristas norteamericanos, al versionar uno de los temas más famosos del blues “Rolling and tumblin´”, con una autenticidad únicamente comparable con lo que han hecho los Rolling Stones en materia de rescate de las fuentes.

En la última década Bob Dylan ha publicado cuatro álbumes, entre los que destacan “Christmas in the heart”, un proyecto a beneficio integrado por quince canciones navideñas (no incluye composiciones propias) y “Tempest”, una producción cargada al lado oscuro donde se habla de la muerte y se oyen alaridos grabados en micrófonos para armónica. De aquel lanzamiento algunas audiciones obligadas son “Narrow Way”, “Pay in Blood” y “Roll on John”. Entretanto se sabe que Dylan prepara el segundo volumen de sus memorias, aunque sin fecha anunciada de publicación.

La influencia de sus canciones actualmente es inconmensurable: la interacción tan característica entre personajes traídos de la historia y la literatura, la atmósfera campechana que transmiten ciertos acordes (tomada de las raíces musicales norteamericanas), la subversión de ciertos esquemas en favor de la exploración en el género rock, la presencia de un repertorio simbólico arraigado a la tradición judeocristiana, la preocupación por los conflictos que afectan la contingencia política, la afinidad literaria que pretende encasillarlo en la generación de los “Beats”, el misterio que no permite claudicar un sentido en algunas de sus letras más famosas, hacen de Bob Dylan un poeta tan particular y de vital importancia para entender el desarrollo de la literatura y la canción a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Con una carrera prácticamente ininterrumpida de cincuenta y cuatro años, sus obras han calado profundo en las generaciones más jóvenes que han crecido escuchando sus versos memorables en esas canciones de todos los días, para toda la vida.