En "El Muro de Berlín: final de una época histórica", el diplomático y académico español Dionisio Garzón expone la trayectoria y el contexto en el que existió el muro que dividió en dos durante 28 años la actual capital alemana.
Publicado el 09.11.2014
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“Uno de los momentos estelares de la humanidad”. El historiador Alejandro San Francisco recuerda al austriaco Stefan Zweig para caracterizar la caída del Muro de Berlín hace justo 25 años. Lo hace en el prólogo del muy lúcido libro escrito por el catedrático y diplomático español Dionisio Garzón (1926-2011) publicado ahora por el Instituto Res Pública.

El Muro de Berlín: final de época histórica recorre la trayectoria del “muro de la vergüenza” erigido en la noche del domingo 13 de agosto de 1961. La construcción se hizo “sin previo aviso y de forma inesperada” a través de la “operación rosa”, liderada por un nombre que resulta familiar para los chilenos: Erich Honecker, número dos del régimen comunista de la República Democrática Alemana (RDA), el hombre que jamás pagó por sus crímenes y encontró asilo en Chile a principios de los 90.

La historia del muro, sin embargo, partió mucho antes. Garzón la relata de manera simple y clara. Tras la ocupación soviética de Berlín en mayo de 1945, ingresó a la destruida capital alemana Walter Ulbricht, quien sería más tarde presidente de la RDA. “Venía con su equipo resuelto a influir de manera eficaz en la política alemana (…), de acuerdo con su tantas veces citada expresión: ‘Tiene que parecer democrático, pero tenemos que tener todo en nuestras manos’”. Auspiciado por el Ejército Rojo, Ulbricht ubicó a sus colaboradores comunistas “en puestos ejecutivos concretos con influencia directa”. En 1946 se formó el Partido Socialista Unificado (SED).

Producida la separación de Alemania en 1949, Ulbricht sería “el hombre fuerte que, con mano de hierro, dirigió la política en Alemania oriental; siempre bajo la tutela de Moscú”, escribe Garzón.  En 1950 se convirtió en el secretario general del SED y en 1960 accedió también a la presidencia del Consejo de Estado de la RDA. Pese a que en junio de 1961 declaró enfáticamente que “¡nadie tiene la intención de construir un muro!”, 58 días después ordenó el levantamiento del “Muro de Protección Antifascista”. Convirtió así a la RDA en un régimen enjaulado, ante la mirada entre atónita e indiferente de Occidente. “Los ciudadanos de Berlín Oeste se sentían frustrados ante la actitud cautelosa y pasiva de las potencias occidentales y no ocultaban su irritación”, afirma el autor. Ni siquiera el canciller Konrad Adenauer estuvo a la altura en ese momento. Solo su opositor socialdemócrata, Willy Brandt, alzó la voz para condenar con fuerza la construcción del muro, señalando que “Moscú ha soltado un poco la cadena de su perro Ulbricht” y que “nuestro pueblo está siendo sometido a una prueba”.

Sería el propio Brandt el que, ya convertido en canciller federal de la República Federal Alemana (RFA), buscaría un acercamiento con Moscú y Berlín Oriental a través de la Ostpolitik, proceso que conduciría al reconocimiento mutuo entre las dos Alemanias a principios de los 70. Pero los dos sistemas continuaron siendo opuestos y las 86 personas que murieron directamente tratando de cruzar el Muro, sumadas a las otras 141 que cayeron en casos relacionados con el mismo, dan cuenta de la ferocidad del esfuerzo del régimen de la RDA por negar la libertad a sus ciudadanos.

Las cosas comenzaron a cambiar definitivamente en la década de los 80. Pese a que en 1986 Honecker –mandamás de la RDA desde 1973- conmemoró el 25°aniversario del muro diciendo que su construcción “salvó la paz para nuestro pueblo y para los pueblos de Europa”, el régimen de la RDA estaba gastado. El avance obtenido por la RFA era mucho mayor, no obstante las bravuconadas de Honecker, quien, como sostiene Garzón, “no ponía límites a una propaganda vacía de contenido con la que martilleaba a la audiencia”.

El desgaste en la RDA se hizo más evidente tras la visita a Berlín del Presidente norteamericano Ronald Reagan, quien en 1987 (750° aniversario de Berlín) y con la Puerta de Brandeburgo a sus espaldas, urgió directamente al líder soviético Mijaíl Gorbachov a “derribar este muro”. La política de apertura impulsada por Gorbachov en la Unión Soviética, y su decisión de acabar con la “Doctrina Brezhnev” según la cual la URSS no permitiría que un país comunista dejara de serlo, marcaban un contraste muy desfavorable para Honecker.
En enero de 1989, un acosado Honecker aseguró que el muro seguiría “existiendo dentro de 100 años”. Pero su crédito se había agotado. En la vecina Polonia, el sindicato Solidaridad de Lech Walesa exigía reformas y en junio accedía al poder. Por toda Europa Oriental se multiplicaban las protestas y la libertad avanzaba en una marejada incontenible. Hönecker, quien según Garzón “se resistía a cualquier idea de innovación ideológica”, nunca quiso “dejarse contagiar por la perestroika” de Gorbachov. Su inflexibilidad llevó a que el 18 de octubre de 1989 fuera sustituido por Egon Krenz. Este no tuvo ni la capacidad ni la fuerza para liderar el proceso. Duró apenas 45 días en el cargo y solo pasará a la historia porque durante su breve mandato se abrió el Muro de Berlín.

“Ni la salida del gobierno de Hönecker ni ciertas medidas aparentes de liberalización pudieron detener las aspiraciones del pueblo a más democracia”, apunta Garzón. Las protestas partieron en Leipzig y siguieron en Dresde y Berlín. Además, la RDA estaba en bancarrota. El “Informe sobre la situación económica de la RDA y sus consecuencias”, presentado al Politburó del SED el 30 de octubre de 1989, establecía como única posibilidad de sobrevivencia la ayuda financiera desde la RFA. Garzón resume el mensaje del documento: “Vosotros nos dais dinero y el muro desaparece”.

Así llegó la tarde el 9 de noviembre de 1989. Gunter Schabowski, ministro de información de la RDA recibió de manos de Krenz, sin prestar mucha atención, un ejemplar del decreto del Consejo de Ministros sobre regulación de viajes. Lo metió en su bolso y partió a una conferencia de prensa que parecía de rutina. “Me fui al centro de prensa sin leer el papel”, confesaría meses después. A las 18:53 le preguntaron sobre las normas que regulaban los viajes y Schabowski leyó ante la prensa el documento que le había pasado Krenz, diciendo que entraban en vigor “desde ahora”. Siete minutos más tarde, sin saber las fuerzas que había desencadenado, Schabowski puso fin al encuentro con los periodistas. “Muchas gracias a todos”, se despidió.

Se iniciaba otra historia

Tras conocer las declaraciones del ministro, miles de berlineses orientales partieron hacia los pasos controlados del muro para cruzar a Berlín Occidental. Se congregó una multitud enorme que pedía que se abrieran las puertas. El gentío era tal y sus demandas tan fuertes e intensas, que el teniente coronel Harald Jäger ordenó la apertura.

Era el fin. “Sí, el Muro de Berlín cayó al sonido de unas trompetas como el de Jericó”, escribe Garzón.

Luego vendrían el derrumbe de la RDA y, el 3 de octubre de 1990, la reunificación alemana.

El Muro de Berlín desapareció para siempre. Muchos trozos fueron llevados a museos, convertidos en monumentos o entregados como souvenirs a estadistas o, incluso, a turistas. Garzón informa que la mayoría de sus segmentos “fueron desmenuzados y se vendieron a 20 marcos la tonelada para arreglos y construcción de carreteras”. Un destino apropiado para el Muro de la Vergüenza que dividió a la ciudad durante 28 años. “Pasemos página y miremos hacia el futuro”, concluye Garzón.