En 2016 entraron al país más de 8.000 por esta vía con intenciones de migrar, más del doble de los ingresos anuales de los últimos cinco años, debido a lo difícil que es costear un pasaje aéreo y la crisis social, política y económica que allá se vive. Aquí tres de esos miles, cuentan sus razones y experiencias.
Publicado el 07.01.2017
Comparte:

No más de US $200 en el bolsillo, un bolso en los hombros lleno de comida y una maleta de 17 kilos. Así empezó el trayecto de migración de Maikhel Noriega (23), titulado en idiomas, con dominio de inglés, francés, italiano y ruso, nacido en la Isla de Margarita y quien es desde el pasado 6 de octubre uno más de los 8.569 venezolanos que en 2016 llegaron por tierra a Chile -muchos con intenciones de emigrar- según datos de la Policía de Investigaciones de Chile (PDI). Una cifra que se duplicó en comparación con los cinco años anteriores, períodos en que anualmente no ingresaron más de 4.000.

Un número representativo que es provocado debido a que acceder a boletos aéreos es un trámite cada vez más difícil y costoso, por las pocas aerolíneas que operan en el país desde 2014. Algunas cobran en dólares el pasaje, en un país en el que hay control de cambio y en el que según cifras no oficiales, ya son más de dos millones los que han salido a hacer vida en otras tierras para escapar de la fuerte crisis que se vive con la escasez, la inseguridad y la inflación que comanda el presidente Nicolás Maduro. De esos venezolanos que han emigrado, ya se encuentran más de 90.000 instalados y con algún tipo de visa en Chile.

whatsapp-image-2017-01-05-at-22-14-16“Yo tenía una vida tranquila. Era profesor universitario, llegué a trabajar en un call center en el que me pagaban en euros, pero sentía que nunca iba a poder crecer, superarme”, dice Noriega, quien suma a sus razones la muerte de un amigo cercano por pancreatitis. “En ese momento me di cuenta cómo funcionan las cosas en los hospitales. Lo trataron pésimo y lo dejaron morir, eso me deprimió y también me empujó a salir (…) aunque nunca lo había hecho, ni recorrí casi Venezuela”, cuenta este joven que empezó su travesía el 30 de agosto para llegar a la capital chilena el 6 de octubre de 2016.

La ruta fue así: pasaje aéreo hasta Bogotá (que le regalaron). Estadía de 15 días en la capital colombiana. Bus hasta Lima. Otra estadía de 15 días. Otro bus hasta Tacna y desde ahí, el cruce a Chile. Pero en ese periplo pasó por varias adversidades. “Como no tenía plata tuve que ir parando para tratar de trabajar en lo que fuera para reunir”, cuenta. Uno de sus mayores retos, recuerda, fue tener que recorrer con una carretilla unas cuantas calles de un distrito limeño y recoger todo el hierro y latón que viera botado en la calle. “Recolecté como 300 kilos y logré juntar para irme de Perú”, dice.

Ya en Santiago, tuvo que dormir dos noches en la calle y con apenas $20.000 en la mano. “La primera ni dormí, me puse a recorrer la ciudad. La segunda, dormí con unos cartones y una ropa en el almacén donde conseguí trabajo apenas llegué. Después me recibieron unos amigos en una habitación sin pagar”, cuenta Noriega. Su primer trabajo fue doblar y etiquetar kilos de ropa de lunes a lunes. La jornada empezaba a las 9:00 de la mañana y nunca terminaba antes de la medianoche, algunas veces salió pasadas las 3:00 de la madrugada. La paga eran $10.000 diarios y un pan para el almuerzo.

“Duré una semana, no pude más. Conseguí después en construcción, que es en lo que estoy ahora. Me ha tocado hacer de todo, pero por lo menos trabajo de lunes a viernes, tengo horario fijo y pagan mucho mejor. Y no me quejo, tuve suerte y no me ha faltado trabajo a pesar de no tener los papeles en su momento”, dice Noriega.

Su decisión de llegar a Chile así, sin plata y sin una previa planificación asegura que fue porque pensó: “Si no lo hacía así, no me iba nunca. Yo quería irme a Canadá, ¿pero en qué momento iba a ahorrar con las cosas como están en Venezuela? Tenía que hacerlo así, por un impulso, de inmediato. No tenía otra forma. Y como sé que de la región Chile es un país bastante estable, aquí llegué. Y hasta ahora, estoy contento, me he encontrado con muy buenos chilenos”, asegura.

Ahora Noriega tiene más que los $200, la mochila y la maleta de 17 kilos. Con una amiga comparte un departamento en la Av. Irarrázaval. “Pero me falta conseguir algo en mi área, pero igual estoy tranquilo”.

Las pesadillas después de las balas

“Tengo 24 años, soy licenciado en administración mención gerencia y mercadeo. Tomé la decisión de venirme a Chile así como de repente, así como uno le dice allá en Venezuela: a lo loco, porque hace un año tuve una experiencia en la cual yo le agarré mucho miedo a mi país. Me intentaron matar para robarme mi carro. Desde ese momento dije que tenía que salir del país, porque no podía salir a la calle en la noche porque me daba miedo (…) No había salido nunca de mi país, pero lo hice para emigrar y no me arrepiento”, cuenta Luis Gutiérrez (en la foto de abajo con lentes de sol), nacido en el estado Zulia.

La escena que provocó que Gutiérrez saliera por primera vez de su país, recuerda, fue en un callejón sin salida en Ciudad Ojeda de noche. Vio por el retrovisor cómo dos muchachos, con pistolas en mano, se acercaban a su auto. De inmediato pisó el acelerador, en una curva el vehículo se quedó estancado en barro. Dos tiros impactaron cerca del volante. Se bajó, corrió. Perdió el teléfono y la billetera en la huida, pero no dejó de correr. Se salvó, pero todos los días tenía pesadillas.

luisDespués de titularse el año pasado, logró juntar US$ 920 comprados en mercado negro, llenó un bolso de comida y junto a una amiga que lo apañó para acompañarlo, empezó el recorrido. No hizo ninguna investigación previa por Internet y de Chile sólo sabía que era un país estable, que ya había recibido a varias amistades. En la frontera de Venezuela-Colombia, caminó hasta Cúcuta y ahí empezó el recorrido de nueve días, en el que gastó US $218 dólares en pasajes, agua y un par de frutas.

La ruta que lo trajo a Santiago el 24 de septiembre fue desde Cúcuta a Cali, de ahí otro bus de Cali a Ipiales, hasta la frontera con Ecuador. Pasó por Guayaquil y Quito, hasta llegar a Perú por Lima. De  Lima a Tacna, y ya ahí el cruce a Arica. Desde la ciudad norteña, pasó 30 horas en el autobús que lo trajo hasta Santiago, debido a que se accidentó.

Aquí ha lavado platos, ha sido copero, ha atendido un centro de copiado y actualmente trabaja en la cocina de un restaurante en Providencia. “Yo tengo desde lo 12 años trabajando, no tengo problema con hacer lo que sea. De pequeño vendía bolsitas de regalo, después lavé carros, llegué a fabricar bloques (de cemento), se me dobló la columna y me tuve que ir a la ferretería de mi abuelo, de ahí me facilitaron un carro y empecé a taxear e hice recargas de toner (de impresoras). La verdad estoy obstinado de trabajarle a alguien, por eso ahora lo que estoy viendo es la manera de tener algo propio, una academia de salsa, porque también daba clases”, resume.

Mientras tanto comparte departamento con unos compañeros y asegura que ya no se repite en sus sueños la escena en el que unas balas estuvieron muy cerca de su cabeza.

Con cada dólar planificado

15515993_10154772289554328_999879210_oMaría José Guevara (28) y su esposo pasaron al menos tres meses planificando el viaje por tierra, “porque por avión estaba fuera de nuestro alcance” y hasta documentaron la travesía con un video que fue publicado en diciembre en el canal de Youtube de ella: Marijo, donde también ha dejado registro de sus recorridos por Santiago y algunos consejos de cómo buscar trabajo o armar una hoja curricular según ciertos mercados laborales. Llegó el 13 de noviembre tras realizar por tierra una ruta similar a la que hizo Gutiérrez -salvo que ella salió de Puerto La Cruz- y a pocos días de llegar, consiguió trabajo como promotora de un servicio, aunque es titulada en ingeniería de sistemas.

“Creo que cuando uno va a venir a cualquier país, uno tiene pasarse el suiche, llegar sin pretensiones, creo que lo importante al principio es tener un trabajo que te de dinero para que te puedas mantener. Y ya cuando tengas más oportunidades y todos los papeles, sé que podremos optar por otros empleos, pero yo creo que así funciona. Nadie llega a otro país trabajando de gerente”, reflexiona Guevara.

Entre las razones para salir de Venezuela, enumera la posibilidad de tener una mejor calidad de vida y oportunidades de superación. “Vivíamos tranquilos, con mi familia, pero uno siempre quiere algo mejor. Pero la verdad es que uno no se va pensando que te vas a mudar porque el otro país es lindo. No, uno se va de su país tratando de cumplir ciertas metas y siempre con miras a volver”, dice.

Mientras espera por todos sus papeles para empezar a buscar otros trabajos más acordes a su experiencia laboral, vive en un hostal. Su esposo trabaja como reponedor en un supermercado -pero es técnico en mantención mención mecánico- y juntos rinden al máximo los ahorros de varios años que se trajeron. “Yo había viajado, pero jamás me vi viviendo fuera de mi país, yo a mi país lo amo. Pero bueno, ya las cosas no funcionan y nos decidimos por Chile porque nos parece que es un país sólido, económicamente hablando. Vimos que brinda oportunidades a los inmigrantes ya seas profesional o no, y es relativamente seguro. Y entre las opciones siempre buscamos por la región, para tratar de sentirnos en un ambiente similar”, cuenta.

En el trayecto de nueve días, ella y su marido llevaron cuatro maletas, por las que tuvieron que pagar exceso de equipaje en algunos terminales. “En Perú eran 20 kilos por persona y nosotros teníamos al menos 22 kilos de más cada uno, pero es que es difícil meter todo en un par de maletas”, dice Guevara.

Ella asegura que el viaje fue agotador, pero que no pasaron mayores vicisitudes más que estar sin bañarse un par de días, no saber cuál era el mejor lugar para hacer los cambios de moneda por país y dormir donde se pudiera. “No sé si lo volvería a hacer, pero la experiencia fue buena”.