En conversación con "El Líbero", el abogado y académico de la Universidad de Los Andes que escribió una comentada columna sobre Bolivia y La Haya el pasado fin de semana, dice que el mérito de Evo Morales fue presentar un caso "que nos saca completamente de nuestros esquemas".
Publicado el 12.02.2018
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La zampoña de Evo” se titula la columna del abogado Joaquín García-Huidobro, publicada el pasado domingo en El Mercurio, donde plantea que la derecha chilena siempre ha tenido un “déficit en su política internacional”, ya que no dirige su mirada a Latinoamérica. Por eso cree que Sebastián Piñera decidió remediar esto al elegir como canciller a Roberto Ampuero, uno “de los poquísimos políticos derechistas obsesionados con Latinoamérica”.

En el texto también comenta que la tarea más difícil para el escritor será Bolivia. Entonces, sostiene que en Chile “aún no vemos la extraordinaria transformación que ha experimentado ese país. De hecho, ha liderado el crecimiento en la región en los últimos años. No advertimos que Evo es un genio político”.

Además, dice que la “ceguera chilena no se agota en la incapacidad de entender al adversario. Tampoco comprendemos el juego en que estamos participando, ni sus reglas”, y agrega que “nos sentimos tan orgullosos de nuestros juristas, que pensamos que la Corte de La Haya quedará extasiada ante los tratados y demás armas legales que exhibiremos. Por desgracia, hace tiempo que las cosas son muy distintas. Nos guste o no, actualmente los tribunales internacionales son proclives a la justicia poética y nuestro legalismo del siglo XIX no les hace mella”.

Por último, y en referencia a la demanda interpuesta por Chile por el Río Silala, añade que mientras nuestro país “se centrará en cosas como los 170 l/seg del río Silala, Bolivia invocará los valores ambientales y la cosmovisión de los pueblos ancestrales del Altiplano, una argumentación más entretenida, seductora y significativa, porque se trata de seres humanos y su entorno. Mientras nuestros juristas latean, Evo sacará la zampoña y dejará a todos los jueces bailando”.

Su columna causó gran expectación y fue replicada en medios bolivianos, que incluso lo llamaron para conocer más de su postura. En conversación con “El Líbero”, el académico de la Universidad de Los Andes que los domingos comparte página en El Mercurio con el rector Carlos Peña, profundiza sobre Bolivia, Evo Morales, lo que se viene en La Haya y la disputa por el Río Silala.

– ¿Cómo ve la visita de Evo Morales a Chile el próximo 11 de marzo?

– Con esperanzas. Un nuevo gobierno en Chile puede significar un nuevo comienzo en nuestras relaciones con Bolivia. Muchas veces los chilenos hemos mantenido una actitud huraña respecto de nuestros vecinos andinos. Esto debe cambiar. Las reacciones bolivianas a las constructivas declaraciones de Roberto Ampuero han sido positivas.

– ¿Cree que el Mandatario boliviano está aprovechando una oportunidad comunicacional?

– Evo es un maestro de las comunicaciones. Este es un ejemplo de cómo él pone la agenda que quiere.

– Usted en su columna dice que Evo es un “genio político”…

– Cuando yo estaba chico, Bolivia tenía un golpe de Estado al año y era un país paupérrimo. Hoy es estable y su economía crece aceleradamente. Evo tiene, ciertamente, muchos defectos, pero negarle buena parte del mérito de este cambio sería una injusticia que no estoy dispuesto a cometer.

– A qué se refiere con que “nos guste o no, actualmente los tribunales internacionales son proclives a la justicia poética y nuestro legalismo del siglo XIX no les hace mella”. ¿Cree que la estrategia de Chile en La Haya no ha sido la correcta?

– La mejor estrategia respecto de La Haya es la medicina preventiva: hacer las cosas tan bien que nunca se llegue a recurrir a ella. La demanda boliviana es consecuencia de una falla de nuestra política exterior que no es imputable a ningún gobierno determinado, es de siempre. En parte se debe a que Chile ha tenido y tiene grandes juristas, de modo que estamos tentados a jugar siempre en ese terreno, que en el último tiempo no nos ha sido favorable, porque la actitud de los tribunales ha cambiado. Hay también un problema más de fondo: no nos hemos tomado en serio a Bolivia, no conocemos a ese país. Me refiero a conocerlo de verdad, no simplemente a ir de turista y quejarse porque las cosas no son como en nuestra casa.

– Ahora, ¿qué se juega la política exterior chilena con la sentencia de La Haya? ¿Cree que Chile puede salir ileso de este caso?

– Los chilenos somos muy convencionales. El mérito de Bolivia fue presentar una demanda que nos saca completamente de nuestros esquemas: no está en nuestros libros. Como el caso es muy original, la sentencia tampoco es muy previsible. Una sola cosa me parece casi segura: dudo que salgamos ilesos de este entuerto.

– El futuro canciller Roberto Ampuero ha planteado una agenda de futuro con Bolivia ¿Qué temas concretos cree que deberían estar?

– En política es importante ser humildes y aprovechar la experiencia de quienes nos precedieron, evitar apresuramientos, agendas peligrosas. Es necesario determinar un campo de intereses mutuos y validarlos internamente (una dificultad de la política internacional consiste en que necesita un sustento interno de legitimación: sin él, las mejores iniciativas están llamadas a fracasar). Hay que contar con una comunidad de inteligencia frente a amenazas comunes, particularmente el narcotráfico y el tráfico de personas. También podemos trabajar en el desarrollo de una industria del litio, el manejo sustentable de los recursos hídricos compartidos, y la puesta en marcha de circuitos turísticos comunes (el potencial turístico de Bolivia es inmenso, y nosotros podríamos ser unos excelentes socios para impulsarlo a través de iniciativas que involucren a ambos países). Además está la necesidad de contar con un sistema moderno de solución de controversias. Todos estos son ejemplos de una agenda de futuro, si interpreto bien a Roberto Ampuero. Pienso que su sensibilidad latinoamericana –que él siempre ha tenido– es una de las razones por las que Sebastián Piñera lo eligió para ese cargo. No es habitual que la derecha muestre un especial interés por Latinoamérica, pero ha llegado la hora de subsanar esa deficiencia.

– En su columna usted además plantea que en la disputa por el río Silala, Chile podría quedar en una posición incómoda. ¿A qué se refiere específicamente? ¿Qué debiera hacer Chile?

– Lo primero que debe hacer Chile, ojalá cuanto antes, es darse cuenta de que el problema del Río Silala debe tratarse no en La Haya, sino en una mesa de conversaciones con Bolivia. Esto dejará sin un magnífico trabajo a destacados abogados extranjeros, pero, aparte de más barato, es lo más razonable. El Río Silala es apenas uno (y muy menor) de los varios problemas hídricos que debemos resolver con ese país: ¿vamos a ir en todos los casos a La Haya? Esto es un disparate y podría sentar un incómodo precedente para estos otros casos. En el gobierno anterior de Bachelet se llegó a un preacuerdo con Bolivia (en 2009), que por razones que no es del caso explicar, se frustró. Hay que seguir empeñándose.

– ¿Cree usted en soluciones alternativas a esa disputa como parte de una agenda de futuro con Bolivia?

– El futuro ministro Ampuero ha hablado de poner en marcha un sistema moderno de solución de controversias. Si no recuerdo mal, el tratado de 1904 establecía que nuestras disputas iban a ser resueltas por el Kaiser alemán. Sucede, sin embargo, que él no aceptó tan honroso cometido y quedamos en el aire, de manera que al primer enojo vamos a La Haya. Hay que buscar un sistema más razonable, que nos convenga a nosotros y a los bolivianos, aunque pierdan los extranjeros que se alimentan de La Haya. No olvidemos que con Argentina ya tenemos un sistema de solución de controversias, adoptado en 1984.