A poco más de un mes del cambio de mando, el historiador y columnista analiza desde su particular mirada el regreso de la centro derecha al poder. Además desmenuza a la Nueva Mayoría y el futuro de sus líderes: "En una de éstas Bachelet vuelve, y si ese es el caso, Piñera también intentará volver".
Publicado el 29.01.2018
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Corrigiendo varias tesis de grado de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y preparando un libro de corte más social sobre la familia Yarur, se ha pasado las últimas semanas el historiador Alfredo Jocelyn-Holt. Pero en su calidad de columnista del diario La Tercera, no ha dejado de observar la realidad política y cultural del país de los últimos días. Este sábado analizó la conformación del primer gabinete que gobernará junto a Sebastián Piñera a partir del 11 de marzo próximo, tema de conversación obligado del fin de semana y de seguro de todo el mes de febrero.

En esta extensa entrevista con “El Líbero”, el profesor universitario y autor de más de una docena de libros sobre distintos períodos de la historia de Chile, profundiza en el segundo desembarco de Piñera a La Moneda y por qué la ciudadanía le dio un amplio respaldo en diciembre. Además, desde una perspectiva histórica, proyecta cómo será recordado el segundo gobierno de Michelle Bachelet y el legado que dejará en nuestra historia la administración de la Nueva Mayoría: “Los políticos rara vez cambian un país a no ser que sean muy notables, cuestión que Bachelet no pareciera serlo”.

“Es dudoso que Piñera pueda revertir logros de Bachelet, pero sí puede tratar de impedir que aumenten las demandas y presiones”

– ¿Cómo analiza en términos generales el gabinete de Sebastián Piñera?, ¿qué señales políticas quiso dar el Presidente electo a la ciudadanía?

– En general, el gabinete me ha parecido duro y de choque, lo que era previsible. Por un lado, se repiten muchos nombres y funciones. Si la Presidenta electa fuese Michelle Bachelet y hubiese recurrido a esta misma fórmula, nadie dudaría de la terquedad e intransigencia de su insistencia. Otros nombres, atendidas sus trayectorias anteriores, también dan cuenta de cierta severidad en sus posiciones. Personas como Gerardo Varela, Roberto Ampuero, José Ramón Valente, e Isabel Plá, han ido perfilando sus posiciones en un ambiente crecientemente polarizado. Supongo que fue en mérito de dichas posiciones que se les nombró. Obviamente, Sebastián Piñera no optó por hacer un gobierno de unidad nacional. No tiene esa capacidad política y nada indica que esa haya sido una opción. Es más, si le hicieron la vida imposible la vez pasada, todo apunta que esta vez puede ser hasta peor, y él lo sabe. Por tanto, su elección de personeros es atendible. Si quiere enfrentar el legado de Bachelet, y la idea esa de que desde el Estado hay que empoderar y hacer cambios radicales, va a precisar de personeros endurecidos. Es dudoso que Piñera pueda revertir logros de Bachelet, pero sí puede tratar de impedir que aumenten las demandas y presiones. ¿Cuánto le durará este gabinete?, no lo sé. Ni Piñera lo sabe, seguramente. Ahora, ¿qué va a pasar cuando surja una oposición igual de dura como la que enfrentó el 2011? ¿Aflojará, hará concesiones, improvisará? Está por verse. Pero, al igual que con la enseñanza de la historia y la escritura de historias lúcidas, que al final sirven para entender, nada pareciera aconsejar hacerse ilusiones. Tal como están las cosas, nada lo aconseja.

– ¿Por qué la ciudadanía le dio el respaldo a Piñera para gobernar el país en los próximos cuatro años?

– Un 55% de la ciudadanía que vota, que no es mucha, apoyó a Piñera, pero yo insisto que estas cifras son precarias, se pueden dar vuelta al día siguiente de la elección. Las mayorías conseguidas después de un balotaje son, de por sí, infladas. Hay cantidades de personas, muchas de derecha, que abominan de Piñera, pero igual se sintieron obligados a votar por él. Dicho lo anterior, ¿por qué lo eligen? Se pueden dar varias razones: porque Piñera no es Bachelet aunque se parecen y son más de lo mismo; porque en esta vuelta la Bachelet no era la otra alternativa (y ni Guillier ni Bea Sánchez pudieron reemplazarla); porque Bachelet no pudo hacerlo peor en el gobierno y Piñera en eso le gana (es un gestor); porque el legado de Bachelet es en parte exitoso y ¿quién sino Piñera es la opción contraria y ni tan contraria?… Podría seguir con esta lata, pero para qué si lo estamos viendo. El dato duro es que, en este país, desde el año 2005, no hay sino dos alternativas presidenciales -Bachelet y Piñera- que es lo que se ha estado confirmando desde entonces, optándose finalmente por el relevo de uno a otro, más que una constante pugna directa entre ambos. Cuando Piñera termine su mandato el año 2022 habremos acumulado 16 años de estancamiento político.

El problema es del sistema, de los partidos, pero también del electorado (la cada vez menos ciudadanía que vota). Este último grupo, entre que no concibe un mundo sin estas dos figuras o, en una de éstas, les encanta. Tiendo a pensar que ambas posibilidades son válidas.

– Pero, ¿hay un cambio cultural en el país que se vio reflejado en el triunfo de Piñera?

– El cambio cultural se produjo hace rato, antes de que aparecieran Bachelet y Piñera. En ese sentido, Mario Kreutzberger es mucho más decisivo que esta parejita algo ubicua. La diferencia es que este fenómeno cultural masivo de ya larga duración, con toda la banalidad que implica, no se había proyectado en la política hasta que estos dos aparecieron. Me perdonarán, pero cuando mis alumnos me preguntan qué entiendo por democracia y/o mercado, los remito a la televisión chilena. Ahí, todas las almas todas, cualesquiera sean sus orígenes, convergen y hacen mayoría. Una “mayoría más uno”, altamente útil a las economías a gran escala. Respecto a lo de las mayorías y su afán “tiránico”, remito a Alexis de Tocqueville.

– ¿Qué debiera hacer Piñera para que la historia califique de buena manera su segundo gobierno?

– Siempre habrá historiadores, sociólogos, cientistas políticos y comentaristas que alabarán a Piñera, y otros que lo aportillarán. Nada me sorprendería que Piñera y Bachelet cultiven gente que prepare sus historias. Ya Bachelet cuenta con Pedro Güell. Ricardo Lagos tuvo su Ernesto Ottone, Carlos Vergara, Agustín Squella; si incluso ha seguido reclutando historiadores necesitados de pega. No olvidemos que, hasta hace poco, Lagos también quería seguir siendo protagonista, que se le volviera a cotizar e incluir, que no se agotara el asunto sólo en la dupla Bachelet-Piñera. Pero, al final, los propios socialistas lo archivaron, aunque no seamos ingenuos, ni en política ni en historia, a nadie se le archiva para siempre, y eso Lagos lo sabe.

A pesar que lo anterior puede que resulte algo cínico, no se me malentienda. Que se siga figurando en la historia no significa que esa historia, esas historias que los ponen en la historia, sean convincentes. En otras palabras, surgirán los aguafiestas necesarios que intentarán falsear estas historias comprometidas y dudosas. Es la manera como la historia se escribe y renueva. Por tanto, que contraten a historiadores -es mi recomendación-, luego los otros leeremos lo que escriben.

– ¿Comparte la tesis que el segundo gobierno de Michelle Bachelet fue en realidad un paréntesis entre la continuidad de los cuatro gobiernos de la Concertación+Piñera 1 y la nueva administración de la centro derecha?

– No, para nada. Por lo que he estado diciendo debiera quedar claro que habría una continuidad desde el 2005-2006 con la dupla Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera. Lo anterior es el ciclo 1990-2006, correspondiente a la transición consensuada, de la cual el ciclo siguiente es su continuidad también, aunque el esquema es más agresivo pero igual de previsible, siendo compartido entre la parejita que se turna. “Plus ça change plus c’est la même chose”. Me perdonarán, pero estoy trabajando últimamente en el fenómeno de las restauraciones europeas del siglo XIX que siguen a fenómenos de cambio revolucionario. Como en Chile el ciclo propiamente revolucionario se extendió desde 1964 a 1990, lo que ha seguido después ha sido nada menos que la restauración en que estamos desde ese entonces. Evidentemente, las restauraciones no impiden que sigan habiendo resabios revolucionarios trasnochados, y eso lo hemos visto una y otra vez desde hace un rato. Que se quiera partir desde cero, que se empleen retroexcavadoras: todo ese fenómeno. No, para nada comparto la idea de que Bachelet sea un paréntesis o que Piñera sea la reencarnación, ni de Lagos ni de Aylwin. La cercanía, insisto, se da entre él y ella. Eso es lo que hay hace rato y que hay que tratar de entenderlo mejor de lo que lo hemos entendido hasta ahora.

– ¿Usted cree que las ideas socialdemócratas de la antigua Concertación podrían volver en este segundo gobierno de Piñera?, ¿esa debería ser la clave para pensar en que la centro derecha pueda gobernar no uno sino dos períodos consecutivos?

– No estoy muy de acuerdo con la premisa de la pregunta. No veo en qué sentido la antigua Concertación y sus gobiernos consensuados con la derecha hayan sido socialdemócratas. Lagos “amado por los banqueros”; Patricio Aylwin antes, habiendo aceptado la Constitución de 1980 y el modelo neoliberal; un Eduardo Frei Ruiz-Tagle privatizador… todos ellos dan cuenta de una aceptación de la hegemonía neoliberal. Aceptación, a veces a regañadientes, a veces gustosamente, pero aceptación, se quiera o no, del legado militar.

En cuanto a qué pudiera seguir después de Piñera, esa es la pregunta del millón. No está claro qué va a poder hacer Piñera en estos siguientes cuatro años y ya estamos previendo cómo la derecha se va a perpetuar! Dudoso. En principio, el ciclo que se inicia con Bachelet el 2006 y sigue hoy con Piñera debiera terminarse el 2022, pero quién sabe. En una de éstas Bachelet vuelve, y si ese es el caso, Piñera también intentará volver. Ahora si ello ocurre, es cierto, se confirmará que Chile es muy estable, aunque también muy estancado políticamente.

Michelle Bachelet: “Habrá que seguir tratando de comprender qué hay en ella que políticamente la vuelve una femme fatale para la centroizquierda”

– Desde la perspectiva histórica en unos años más, ¿qué se va a enseñar en los colegios sobre el segundo gobierno de Michelle Bachelet?

– Ni idea. En cualquier caso, no hay que hacerse ninguna ilusión sobre la enseñanza de la historia si siguen manteniéndose los niveles actuales en la formación del profesorado y producción historiográfica universitaria. Por tanto, algunos aguafiestas, entre los que me cuento, tendremos que seguir cumpliendo la no siempre apreciada función de desmitificar públicamente lo que pasa por lugares comunes simplificadores, tanto en la enseñanza secundaria y universitaria como en los medios de comunicación masivos.

Respecto a Bachelet, habrá que complejizarla, explicar cómo fue que la Concertación se desplomó durante su primer gobierno, ella habiendo sido supuestamente fiel a la línea consensual concertacionista. Otro tanto ocurrió en su segundo gobierno con la nueva coalición que se mandara a hacer a su pinta: la Nueva Mayoría. Es decir, habrá que seguir tratando de comprender qué hay en ella que políticamente la vuelve una femme fatale para la centroizquierda.

Seguramente se va a tratar de insistir que con Bachelet “Chile cambió”, que sin ella estaríamos todavía poco menos que en la Colonia. Fuera que esta interpretación es tosca, ¿por qué entonces no desaparecen del todo manifestaciones que los mismos defensores de esta tesis no dudarían en calificar como retardatarias: gente popular que se alimenta de comida chatarra porque en una de éstas le gusta (a Donald Trump también), que se siente cómoda con la vulgaridad que le ofrece el mercado, y echa de menos si no la puede hacer suya comprándola?

Me atrevería a sugerir que el “fenómeno Bachelet” se venía anunciando desde que la televisión se volvió el principal medio de diversión masiva, desde que Mario Kreutzberger se tomó la pantalla. Ese fenómeno no se había traducido a la política hasta que ella llegó. Ese es su principal “aporte”, pero no digamos que “cambió”  este país. Los políticos rara vez cambian un país a no ser que sean muy notables, cuestión que Bachelet no pareciera serlo. Su tipo más pedestre, canaliza, refleja, devuelve fenómenos ya presentes en la sociedad. Eso es lo que ella es, y le ha valido popularidad, aunque el espectador –por lo visto—de vez en cuando se desintoniza, o bien, cambia de canal, y ahí es cuando aparece su otro/su igual en la competencia en la parrilla ofertada de medianoche: Sebastián Piñera. Usted comprenderá que explicar todo esto, y que la “gente” se reconozca en toda esta comedia, va a tomar tiempo. Dudo que se pueda “enseñar”.

– Cuando un estudiante le pregunte a un profesor de historia, ¿qué diferencia tuvo el primer del segundo gobierno de Michelle Bachelet?, ¿qué debiera responder?

– Si me preguntaran, diría que menos de lo que se piensa. Bachelet ha sido consistente, concedámosle eso al menos. Siempre ha desconfiado de los partidos. Desde que Lagos la “descubrió”, pensando que podía serle útil, no ha dejado de ser mediática. Y su progresismo versión radical se ha mantenido también constante, mezcla curiosa entre autoritarismo nostálgico tipo RDA y liberalismo de cuño ONU con aspiraciones globalizadoras. De ahí su militancia activista y simpatías con gente afín a esa línea (feminista e igualitarista), a la vez que cuadrada, tercamente autoritaria, concordante esto último con su pasado familiar militar por el cual, a lo largo de dos administraciones en que ha sido presidenta y su paso anterior por el Ministerio de Defensa, ha mostrado una y otra vez una incondicionalidad a toda prueba. Sospecho que va a echar de menos las marchas y presentación de armas. La ONU, en todo caso, le servirá de compensación.

– También desde una perspectiva histórica, ¿cuál es el legado que deja esta administración de la Nueva Mayoría?

– Su legado, en la que ha sido en parte exitosa, ha consistido en dejar en evidencia que “tomándose” (haciéndose de) la presidencia un tanto “monárquica” con que ha dispuesto (mucha plata, un Estado poderosísimo) se puede adelantar una agenda de cambio a favor de propósitos ultra radicales. Digo “en parte” porque sabemos también que, en el proceso, ha liquidado dos fuerzas políticas sin las cuales no estaríamos hablando de ella en este momento. Paralelamente, Bachelet ha ayudado a engendrar fuerzas alternativas –el Frente Amplio por ejemplo— en que aún no se deciden si ella es su hada madrina, abeja reina o Virgen del Carmen, pero con el tiempo la terminarán entronizando y llevando flores, probablemente.

– ¿Cree que la Nueva Mayoría con sus reformas estructurales, logró imponer esa idea refundacional del país?, ¿se impuso la retroexcavadora?

– Hay un dato indiscutible aunque poco estudiado. Tanto, en su primer como en su segundo gobierno, Bachelet y sus equipos han sido muy eficaces propagandísticamente. Han contado y destinado enormes recursos públicos para dichos propósitos. Es más, los efectos propagandísticos le han servido tanto en el gobierno como fuera de él, de modo que ese “aura” que se ha estado proyectando, ojo, seguirá presente, y contra eso ella podrá seguir girando a su favor. Lo de la retroexcavadora y la refundación del país es su marca histórica revolucionaria, aunque no olvidemos al viejo Marx. Ideologías como éstas no son sino falsas conciencias, juegos de artificio, pantallas de humo, tóxicas y envolventes, que así como se las cree se las puede también falsear. De modo, que “sí hay Bachelet para rato”, como ella misma nos ha recordado.

– ¿Cómo vislumbra el futuro de la Nueva Mayoría ahora como oposición?, ¿seguirá conformada de la misma manera, con una alianza política que parte en el PC y termina en la DC?. O bien, ¿cree que la DC definitivamente durante este nuevo ciclo político va a abandonar la Nueva Mayoría?

– Ignoro lo que viene. No nos es posible a los historiadores saber qué exactamente está por darse y verse. Podemos percibir constantes que se mantienen, y dado que el país hace rato que está políticamente estancado, se pueden vislumbrar tendencias que vendrían de antes y, por tanto, podría ser que continúen. Una de ellas es el desgaste de la Concertación y ahora de la Nueva Mayoría, ambas coaliciones cada vez anacrónicas, habiendo cursado su ciclo vital, es decir, habiendo cumplido su utilidad. Pero no olvidemos que en historia los fenómenos cuesta mucho que mueran, más bien languidecen; en consecuencia, los historiadores nos fijamos en los anacronismos, es decir, en desgastes y ruinas sobrevivientes. Soy profesor en una de las ruinas más nobles de este país. Creo saber de lo que estoy hablando, lo padezco a diario.

Concretamente, si de futuro político estamos comentando, lo que importa es el Frente Amplio, sin perjuicio que éste puede que no esté a las alturas de su potencial y, ahí dentro, se acaben acuchillando, muy a la chilena, unos con otros. Lo que es los partidos específicos –el PS-PPD, el PC y la DC, los principales— debilitados todo lo que quieran, se mantendrán en la medida que sigan sirviendo funciones clientelísticas. Es decir, si para entrar o subsistir en la administración pública resulta necesario militar en uno de estos partidos, éstos perseverarán. Los movimientos sociales, el FA y sus distintos componentes, no tienen aún la trayectoria de estas antiguas tiendas fogueadas. Sus militantes y simpatizantes puede que entren en masa al MINEDUC o a la Municipalidad de Providencia y dejen la tendalada, pero se van, no se quedan. Así, al menos, es lo que hemos visto hasta ahora. Por tanto no cuentan ni pesan tanto, aunque quizás esto es cuestión de tiempo. En el pasado, el PC ha podido sortear dificultades más difíciles que el tener que dejar de ser gobierno; no debiera ser mortal. El PS y el PPD continuarán gozando de una enorme clientela ya enquistada en la administración pública, formada más recientemente (desde Lagos en adelante). La DC, en cambio, la tiene más complicada. Sus cuadros burocráticos son más viejos y al partido le ha costado carísimo no haber seguido presidiendo La Moneda. Un viejo amigo, cada vez más DC curiosamente, sostiene que habrá Democracia Cristiana en la medida que hayan patios y salones parroquiales. Claro que sabemos qué está pasando en la Iglesia, así que, sin pensar que se viene el fin del fin, es obvio que la agonía continuará. Ahora bien, pretender contar con esta gente para reforzar la derecha o un gobierno de centroderecha no lo veo. En las únicas veces que la derecha ha estado unida a la DC, le ha ido o mal a la derecha (el 64 con Frei Montalva como candidato), o bien le ha ido peor a la DC (durante la dictadura, por de pronto).