El programa presidencial parece recorrer el mismo ciclo vital que el Ferrari de Vidal, empezó nuevo, deslumbrante y avanzando a gran velocidad, para terminar abandonado y bastante abollado al lado del camino.
Publicado el 28.06.2015
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En la medida que las cosas han ido saliendo mal, el gobierno, y muy especialmente la Presidenta, han entrado en un período de silencio o indefiniciones respecto de cuál será el camino elegido para el llamado segundo tiempo.  Hagamos un pequeño recuento.

El primer año fue muy claro, reformas hasta que duela, fue la consigna, parafraseando a San Alberto Hurtado; convicción cuasi religiosa en la aplicación del programa, un claro eje de poder en la tríada Presidenta, ministro del interior y ministro de hacienda.  Pero la historia es conocida, no es necesario repetirla.

Hace poco más de un mes el nuevo gabinete echó por tierra ese diseño, después la Presidenta se recluye, el nuevo eje está en los ministros del interior y de hacienda, pero la Presidenta no forma parte de él, ya no es un triunvirato.  Se empieza a instalar en la generalidad de los análisis que ella no habla con su nuevo jefe de gabinete (parece ser un sino de sus ministros del interior); la presentación que Burgos y Valdés hacen en Icare es razonablemente interpretada por Carlos Peña como una serie de lugares comunes; lo que en su opinión se explica precisamente por esa falta de respaldo y definiciones presidenciales. Ausencia de gobierno, vacío de poder, ese es el fantasma que recorre el campo público.

El programa presidencial parece recorrer el mismo ciclo vital que el Ferrari de Vidal, empezó nuevo, deslumbrante y avanzando a gran velocidad, para terminar abandonado y bastante abollado al lado del camino.  Primero chocó con el entrante ministro de hacienda, que lo dejó haciendo trompos, para terminar en la zanja a la que lo lanzó la Senadora Allende, bajo el elegante eufemismo de la priorización de las reformas.

Nicolás Eyzaguirre entra ahora a la Secretaría General de la Presidencia, el mismo que el año 2002 dijo en Icare que “los políticos son atroces”, comentario que puede ser comprensible y hasta tener su lado bueno viniendo del Ministro de Hacienda, que tiene que lidiar con las demandas de gasto que caracteriza a los políticos; pero refleja un carácter complejo para el ministro cuya tarea es sacar adelante la agenda legislativa con esos mismos políticos.

Pero más allá de la evaluación que se pueda hacer del perfil para el cargo, es un hecho indiscutible que llega a La Moneda y entra al comité político un ministro que tiene carácter, opinión sobre todo, que la expresa “sin filtro”, como ha demostrado muchas veces, y que es el único que tiene una relación de amistad y confianza personal con la Presidenta.

Equivocada o no, la percepción general “del mercado” es que ella sí habla con Eyzaguirre, lo hace seguido y sobre cosas importantes.  ¿Cómo afectará esto la dinámica del gabinete? ¿Actuará el nuevo Segpres como un factor de empoderamiento de un nuevo triunvirato Burgos, Eyzaguirre y Valdés o, en la fría lógica del poder, tenemos desde el sábado un nuevo jefe de gabinete?

Jorge Burgos llegó brillando como una nueva estrella, todas las expectativas estaban puestas en él, en una elite transversal en todo sentido renació la esperanza que se volvía a un camino de centro, que la concertación revivía con su antigua y sensata disposición al acuerdo. El nombramiento de Burgos era por si mismo un mensaje implícito, pero que con el paso de las semanas nunca se hizo explícito, por más que él lanzó verdaderos “globos sonda”, con definiciones que probablemente esperaban una señal, por sutil que fuera, de apoyo presidencial.

Como decía, el comentario de Peña luego de Icare fue lapidario, porque sintonizó con lo que muchos pensaban o porque precipitó lo que otros tenían a nivel subconsciente, aunque sin haberlo racionalizado aún.  Si algo faltaba para validarlo, fue este nuevo nombramiento.

De toda persona que asume un cargo se dice que tiene 15 minutos de gloria, porque en ellos su poder es máximo, es el lapso en que goza de la buena disposición de todos, porque para quien lo nombró es muy costoso tener un conflicto con él, porque es el momento en que puede darle un sello a su gestión.  Lamento decirlo, pero pienso que la designación de Eyzaguirre en la Segpres marca el fin de los 15 minutos de gloria del Ministro Burgos. La fría lógica del poder es implacable y de aquí en más será el rostro de Eyzaguirre el que todos mirarán, dentro y fuera del gobierno, para escrutar su ceño, para buscar su asentimiento, para saber lo que “ella” piensa o para tratar de hacerle llegar un mensaje a “ella”.

En la práctica, este “no diseño” es en realidad un diseño, una forma de ejercer el poder en que los cargos no calzan con las atribuciones reales; en buena medida la forma queda vacía de contenido y las oficinas en que se ejerce el gobierno se comienzan a transformar en salones de corte, bailes de máscaras en que nadie es el que parece ser, en que los gestos dicen más que las palabras, el subtexto importa más que el texto.  Viendo los problemas que tiene el país y el sistema político, este no era el mejor camino.

A la entrada de las oficinas del Ministro Burgos hay una placa que dice “Ministerio del Interior y Seguridad Pública”, más realista sería que cuando vuelva del fin de semana largo la reemplazara por otra que diga “Ministerio de Seguridad Pública”. Es una pena.

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIA UNO