A propósito de los 50 años de la fundación del MIR, el ex militante de ese movimiento y ex diputado del parlamento sueco, analiza la efeméride y la candidatura de Marco Enríquez-Ominami. También habla del libro que lanzará con Roberto Ampuero: "Ambos fuimos parte de la destrucción de la democracia en Chile".
Publicado el 24.08.2015
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En octubre de 1973 Mauricio Rojas se autoexilió de Chile. Con 23 años y cargando las pocas cosas que cabían en su pequeña mochila, el ex militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) tomó un bus rumbo a Mendoza para luego llegar a Suecia en enero de 1974. Allá rearmó su vida personal, entró a la universidad (es doctor en Historia Económica de la Universidad de Lund) y dejó atrás las ideas revolucionarias, iniciando un largo camino hacia el liberalismo. En 2002, fue electo para integrar el parlamento sueco representando al Partido Liberal y actualmente pasa gran parte del año viviendo en ese país

De eso, y varias cosas más, se trata el libro que Rojas lanzará el próximo 5 de noviembre junto al escritor Roberto Ampuero, quien en esas hojas también relatará su conversión de militante de las Juventudes Comunistas a liberal. “Son nuestras biografías. Cuando uno ha roto con esta ideología, está muy solo. No son muchos los que te acompañan en el viaje. Por eso este encuentro con Roberto, a quien conocí en octubre del año pasado, fue muy importante y enriquecedor para mí”, dice el senior fellow de la Fundación Para el Progreso (FPP).

De paso por Chile para participar en un seminario para estudiantes organizado por la fundación que integra y el Cato Institute, Rojas conversa con “El Líbero” sobre varios temas. Dice que el clima crispado que se vive en Chile está comenzando a afectar la imagen del país en el exterior y que las palabras de la Presidenta Michelle Bachelet, alabando el sistema de bienestar de la extinta RDA, no ayudan mucho. También habla de su paso por el MIR, de su relación con Miguel Enríquez y de la carta abierta que le escribió a ME-O hace un año, de la cual no tuvo respuesta.

– Hace pocos días se cumplieron 50 años del aniversario del MIR, movimiento del cual usted fue parte en los años 70, antes de abrazar las ideas del liberalismo. ¿Cómo un marxista deja atrás su pensamiento y se transforma en un liberal?

– Fue un tránsito bastante largo. El libro que lanzaremos con Roberto Ampuero narra justamente las razones por las cuales nos metimos en lo que nos metimos, el por qué Roberto y yo fuimos parte de la destrucción de la democracia en Chile y espero que alguien, recordando estos 50 años del MIR, pueda hacer una autocrítica honesta y decir ‘nosotros fuimos un elemento muy importante en la destrucción de la democracia en Chile’. Tal vez no se haga esa reflexión, porque estas celebraciones son generalmente para reafirmar mitos. Pero lo que habría que decir muy tajantemente es que aquí hubo una responsabilidad tremenda del MIR en lo que pasó en Chile. Eso lo relatamos mucho en el libro y después contamos cómo después nosotros cuestionamos nuestras ideas. Mi evolución hacia las ideas liberales pasa por muchos momentos. Uno de ellos es la evidencia apabullante de que las ideas revolucionarias que yo abrazaba llevaban siempre a un infierno en la tierra. Después vino mi encuentro con el estado de bienestar socialdemócrata en Suecia. Eso también fue importante, porque si bien es un estado democrático que proveía una gran cantidad de servicios de un muy buen nivel, tenía un elemento de paternalismo, de falta de libertad. Hay un concepto en sueco que sintetizaba esto, que decía ‘arreglarle la vida a la gente´. Había unos técnicos, unos políticos, unos maravillosos personajes allá arriba que te decían cómo vivir mejor tu vida y eso a mí me provocó un rechazo bastante profundo. Me preguntaba ¿por qué me consideran un niño y me tienen que arreglar la vida usando mis propios impuestos? Por eso me desplacé de la visión comunista a la visión liberal. Muchos se han quedado en la visión socialdemócrata, pero yo seguí mi camino porque me pareció que esto, en el fondo, era autoritario. No era una dictadura, pero había una visión autoritaria al imponerte una forma de vivir.

– ¿Qué le parecen los actos conmemorativos que se han hecho por los 50 años del MIR? Incluso se pintó un mural en la ribera del río Mapocho…

– Es penoso. Hay que recordar que el MIR pasó a la lucha armada en plena democracia, en 1969. Después se cuenta el cuento de que era un movimiento pacífico, unas palomas de la paz, pero no es así. Hay un dicho famoso: ‘hay gente que no aprende ni olvida nada’. Pasan 50 años y se repite lo mismo. Es triste que no se haya aprendido de esta dolorosa experiencia chilena, de lo que el mundo ha mostrado. A mí me encantaría ver un gran mural en el Mapocho que dijera ‘fuimos responsables de la destrucción de la democracia chilena’. Hermoso sería. Una verdadera autocrítica que pusiera las cosas en orden para que no se vuelvan a repetir. Pero lógicamente no sé si lo hagan… ese sería mi rayado, mi confesión de algo que le hizo mucho mal a Chile.

– ¿Cuál fue su relación con Miguel Enríquez, el líder del MIR?

– Éramos militantes en ese momento. Estuvimos juntos hasta el año 1969 porque después yo emigré a otro grupo de esos que había en ese tiempo. Todo eso lo relato en este libro. Pero Miguel Enríquez estuvo dos veces en mi casa: la primera en una reunión con mi célula hasta altas horas de la noche y la segunda fue cuando reunió ahí a la directiva del MIR cuando ya estaba en la clandestinidad, en el 69. También hubo muchos contactos más indirectos en reuniones más grandes… el MIR era chico todavía.

–  Hace un año usted escribió una carta abierta a Marco Enríquez-Ominami (ME-O) que fue muy difundida (ver carta aquí). En ella le advertía de las desventuras del idealismo y de su experiencia con su padre, etc. Hoy ME-O es presidenciable y figura en algunas encuestas como uno de los políticos con mayor futuro. ¿Qué le parece su postura actual? ¿Tuvo alguna respuesta de su carta?

– Me preocupa mucho. La percepción que yo tengo de ME-O es que es una persona que es capaz de usar cualquier medio para alcanzar sus fines, y eso lo veo muy bien a través del uso que él hace de su padre Miguel Enríquez. Él dice que le habría gustado ser mirista y cuenta un cuento no cierto que me parece una falta de respeto absoluta con la figura de su padre. Miguel Enríquez fue un marxista, revolucionario, que luchaba por la dictadura del proletariado y que se levantó contra la democracia en armas. Cuando un hijo suyo, para sus fines políticos, no respeta lo mínimo… ¡Si su padre dio la vida por sus ideas! Nos parecerán lo que nos parezcan, pero respetemos ese hecho básico, él fue muy consecuente. Pero cuando una persona es capaz de hacer esa utilización de su padre deformando lo que fue y contando un cuento… lamentablemente ME-O busca mucho la pose. Todo esto es pose. Miguel Enríquez es mito, pose, imagen. Él vende todas esas cosas, es muy bueno en eso, pero en esa capacidad mediática está demostrando una falta de escrúpulos que es muy grave para alguien que mañana puede tener el poder político. Porque una persona inescrupulosa puede hacer cualquier cosa mañana. Por eso yo digo ‘ojo’. He leído declaraciones de ME-O sobre su padre diciendo que él nunca predicó la violencia y que se había levantado como un demócrata contra la dictadura. ¿Cómo es posible no sonrojarse o morirse de vergüenza hablando en esos términos de su padre? Miguel Enríquez debe estar revolcándose en su tumba al ver que su hijo está mostrando tal figura, porque lo está deformando completamente. Por eso digo que es muy importante el carácter moral de quien puede llegar a ser Presidente de la República.

– ¿Cómo se ve Chile desde el extranjero? ¿Este ambiente crispado que hay acá ha deteriorado la imagen en el exterior?

– Claro, es tal el grado de desquiciamiento que se ha producido en Chile que tenemos a una Presidenta que habla bien de la RDA. ¡Es que ningún líder de un país democrático puede hablar bien de la RDA! Es como hablar bien de los nazis o de Hitler. Lo que está pasando en Chile es de una tristeza tremenda. Un país que tenía un prestigio y una seriedad ahora está gastando su capital de esta manera. Afuera dicen ‘¿Qué les pasa? ¿Cómo la Presidenta de Chile apoya la RDA? ¿No eran un país serio?’ y la verdad es que un pequeño país como nosotros puede perder bastante con esto. La gente de afuera ve esto con sorpresa, pero yo lo veo con tristeza.

– ¿Y cuál es su evaluación de las reformas que está impulsando el gobierno, desde su mirada liberal?

– La propuesta es aumentar el poder del Estado y disminuir la libertad de la gente. Es el proyecto socialista clásico: quitar poder a la gente a través de los impuestos o regulaciones y dárselo a la clase política que nos va a “arreglar la vida” de acuerdo a sus ideas y no las nuestras. Eso es bastante evidente en las propuestas de este gobierno. Es la vieja social democracia que en Suecia ya no existe. Somos un país tan estrafalario que se da el lujo de copiar modelos antiguos que han fracasado en vez de mirar lo que está pasando hoy día, que sería mucho más útil.