El historiador Alejandro San Francisco relata los últimos días del Führer en su búnker revisitando las últimas publicaciones sobre el hecho.
Publicado el 30.04.2015
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En una publicación en el diario español El Imparcial, el historiador chileno Alejandro San Francisco relata –recurriendo a las investigaciones más recientes sobre el tema- los últimos días de Adolf Hitler antes de que se suicidara en su búnker. A continuación, el artículo completo.

“La Segunda Guerra Mundial había sido un desastre para Europa y el mundo entero, pero se acercaba su fin después de cinco años de batallas y muertos, aviones y tanques, invasiones y abusos. Inseparablemente unido fue que el nacionalsocialismo llevó a la guerra, con su líder Adolf Hitler. Él fue un gran impulsor del proceso de expansión alemana, que había tenido victorias rutilantes, pero que después de su aventura en Rusia experimentó una progresiva derrota militar. Ya se acercaba a sus últimos días lo que había sido una breve pero decisiva historia de campos de concentración y exterminio, odios y violencia, días de gloria que ya eran parte del pasado. Era abril de 1945, terminaba la guerra en Europa.

Hitler permaneció esas semanas en el búnker, desde donde pretendía dirigir la guerra, con más voluntarismo que sentido de la realidad, reacio a aceptar sus propias responsabilidades en la derrota y rodeado de algunas de las principales figuras del régimen nazi. Su situación personal pasaba por momentos de delirantes deseos de revertir la situación militar, agradecimiento hacia sus leales y también execraciones hacia quienes no lo habían sido. Su odio a los judíos no había cambiado un ápice, como tendría ocasión de demostrarlo para la posteridad.

Ante la derrota inminente, Hitler escogió suicidarse. No quería seguir vivo y servir para festín de los rusos, cuyo Ejército Rojo ya se encontraba en Berlín y dentro de poco llegaría a las puertas del búnker. Así lo expresó en su Testamento Político, del 29 de abril: ‘Quiero compartir mi destino con los otros millones de hombres que han decidido hacer lo mismo. Tampoco quiero caer en manos de un enemigo, que querrá presentar un nuevo espectáculo organizado por los judíos, para el regocijo de las masas histéricas’. Ya sabía del final de Mussolini, cuya muerte un día antes había servido para escarnio del dictador, colgado cabeza abajo, mientras la gente lo escupía e insultaba.

Para ello tomó algunas decisiones e hizo ciertas cosas que cerraban su vida en esas difíciles circunstancias. Se casó, desde luego, con Eva Braun, ‘quien después de muchos años de fiel amistad, entró a la sitiada ciudad por su propia voluntad, con el propósito de compartir su destino conmigo. Por su propio deseo, ella irá a la muerte como mi esposa’, expresó en su Testamento Político. Éste fue el documento que dictó a su secretaria Traudl Junge, quien se encontraba “muy nerviosa”, como señala en su Hasta el último momento. La secretaria de Hitler cuenta su vida (Barcelona, Ediciones Península, 2003). Dice que esperaba “una confesión, incluso una confesión de culpa, tal vez una justificación”, pero nada de eso contiene el documento. Por el contrario, el Führer proclama repetidas y ya conocidas “explicaciones, acusaciones y exigencias”. Además designaba sucesores para continuar su proyecto e incluso la guerra.

Efectivamente, en ese Testamento Político Hitler eludía responsabilidades y culpaba a los judíos de lo acontecido en esos años brutales: “Los siglos pasarán, pero de las ruinas de nuestras ciudades y monumentos, resurgirá el odio contra aquellos finalmente responsables -a quienes todos debemos agradecer todo lo sucedido- el Judaísmo Internacional y sus secuaces”. Por si no quedaba claro, y después de designar a sus sucesores en el liderazgo de una Alemania nazi que se caía a pedazos, agregaba lo siguiente en la segunda parte del Testamento: “Por sobre todo, encargo a los líderes de la nación y a todos sus subordinados la observación escrupulosa de las leyes de la raza y la oposición inmisericorde a los envenenadores de los pueblos, el judaísmo internacional”. Hitler dixit.

Para entonces la situación estaba descontrolada en la guarida hitleriana. ‘Ya no disimulábamos el miedo’, expresa otro testigo directo, Bernd Freytag von Loringhoven, en su En el búnker con Hitler (Barcelona, Crítica, 2007). Abundaba el alcohol, se organizaban fiestas que procuraban la evasión, mientras los escasos habitantes del lugar se debatían entre la supervivencia o el suicidio, finales extremos en una época que también era extrema. El Führer ya había elegido su camino.

Como señala Ian Kershaw en Hitler (Barcelona, Península, 2007, 2 tomos), en su último almuerzo del 30 de abril, hacia las 13 horas, ‘estuvo tranquilo, no mostró el menor indicio de que su muerte fuese inminente’. Comenzaron después las despedidas: de Bormann, Joseph y Magda Goebbels, los generales Burgdorf y Krebs, además de otras personas que se encontraban en el búnker. Lo acompañaba Eva Braun. Se acercaba el final, no solo de Hitler: en una decisión dramática, los Goebbels decidieron quitarse la vida, matando previamente a sus seis hijos, pues querían acompañar al Führer en esa última hora, y no valía la pena sobrevivir sin el nacionalsocialismo. Goebbels dixit.

Los recién casados se fueron después a su habitación a despedirse del mundo, y tras unos minutos Linge y Bormann entraron a comprobar el fin de esta historia. Así lo resume Kershaw: ‘Hitler y Eva Braun estaban sentados juntos en el pequeño sofá de aquel estudio angosto y agobiante. Ella estaba desplomada a la izquierda de él. Su cuerpo despedía un olor intenso a almendras amargas, el olor característico del ácido prúsico. La cabeza de Hitler colgaba inerte. De un agujero de bala de la sien derecha goteaba sangre. A sus pies, estaba su pistola Walther de 7.65 mm’.

Faltaba cumplir un último encargo de Hitler: que su cuerpo fuera incinerado, para que de ninguna manera los rusos pudieran vejarlo. Así se hizo, en unos minutos que aparecen muy bien sintetizados en la obra de Nicholas Best, Cinco días que estremecieron al mundo. Testigos presenciales del final de la Segunda Guerra Mundial (Barcelona, Pasado & Presente, 2014). Los cuerpos de Hilter y Eva Braun fueron rociados con gasolina y al rato estaba ardiente. Algunos que vieron esto ‘dieron un paso adelante, con aire solemne, se cuadraron y ofrecieron el saludo nazi’. El dictador tiempo después era solo cenizas, sin ningún resto que pudiera ser identificado por sus enemigos, ansiosos de encontrarlo.

Así terminó la vida de Hitler ese 30 de abril de 1945. Así comenzaba el fin de una pesadilla de años de violencia y exterminio, odio acumulado y triunfo de la sinrazón, una nueva guerra mundial, con sangre, muerte y destrucción, con Hitler como gran motor, si bien no exclusivo, de todo ello. Historia dixit”.