Los ex diplomáticos de carrera que sirvieron como representantes de Chile en diferentes países de América, Europa y Asia, alegan que el Gobierno de Bachelet no está defendiendo los DD.HH y la democracia en terceros países, y que el servicio exterior chileno es poco profesional y sufre una creciente injerencia político-partidista.
Publicado el 14.11.2015
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Los ‘fallos’ de nuestra Cancillería se titula el documento que elaboraron cuatro ex embajadores y  ex diplomáticos de carrera chilenos cuestionando a la Cancillería por lo que califican de “creciente sesgo ideológico” en política exterior, y por supuestas “deficiencias en la conducción” del ministerio que dirige Heraldo Muñoz (PPD).

Los firmantes del documento, al que tuvo acceso “El Líbero”, crearon el Centro de Estudios de Política Exterior y Relaciones Internacionales (CEPERI), que se define como una corporación privada sin vinculación a partido político y de carácter autónoma, “destinada a promover el análisis, debate e investigación de la política exterior chilena, en particular, y de las relaciones internacionales contemporáneas en general”.

Carlos Klammer ex embajadorEl manifiesto lo firman Carlos Klammer Borgoño, ex diplomático de carrera, ex embajador y ex director general de protocolo y ceremonial durante el gobierno del Presidente Patricio Aylwin; Juan Salazar Sparks, cientista político y ex diplomático de carrera y ex embajador en Australia, Nueva Zelanda, Unión Europea-Bélgica y Dinamarca; Benjamín Concha Gazmuri, abogado y ex jefe de la Misión en Cuba, y ex embajador de Chile en Suiza, India y Kenya,  ex cónsul general de Chile en Nueva York y  ex-director de política multilateral del Ministerio de Juan Salazar, ex embajador chilenoRR.EE; y Felipe Du Monceau de Bergendal, ex cónsul general en Sydney, Milán y Barcelona, ex embajador en El Líbano, así como subdirector de política bilateral y de ceremonial y protocolo.

A continuación se transcribe íntegramente el documento “Los ‘fallos’ de nuestra Cancillería”:

“Con motivo de una sucesión de hechos que la han puesto en el centro de la noticia, nos Benjamin Concha Gazmuri, ex embajadorparece oportuno exponer algunos de los “fallos” que están caracterizando a nuestra Cancillería. Nos referimos a dos aspectos centrales: uno, el creciente sesgo ideológico impreso a nuestra política exterior; y dos, las deficiencias que denota la conducción del Ministerio de RREE.

  1. Una política exterior ideológica:

Tradicionalmente, la política externa chilena ha procurado mantener un equilibrio entre los felipe-du-monceau ex embajador de Chileprincipios del derecho internacional y el pragmatismo de los intereses nacionales. A Chile le importaban tanto su apego a la palabra empeñada como la consecución de sus objetivos vecinales, regionales y globales. Esa combinación “virtuosa” está siendo resquebrajada hoy por el gobierno de la Nueva Mayoría, porque ya no se practican algunos principios fundamentales (Ej.: el respeto de los derechos humanos y la democracia en terceros países), ni hemos sido realistas al momento de sopesar nuestras opciones diplomáticas (Ej.: la estrategia frente a Bolivia antes y durante la CIJ). A saber:

1.1 En materia de principios, la defensa de los derechos humanos se aplica ahora en forma ideológicamente selectiva. Se considera que solo los regímenes de derecha conculcan esos principios, no así el castrismo ni el populismo chavista. A juicio del PC chileno (miembro de la NM), no se debe intervenir en los asuntos internos de países ideológicamente afines, a pesar del reconocimiento universal de que gozan los derechos humanos. Esa era la misma razón que daba Pinochet para que la comunidad internacional no interfiriera en nuestro país. La inmensa mayoría de la opinión pública nacional (incluyendo a ex presidentes y parlamentarios) ha estado clamando para que Chile asuma un liderazgo en la solidaridad con los presos políticos venezolanos, pero la Cancillería se ha limitado a pedir el debido proceso y, ello, dentro del respeto del poder judicial en Venezuela, que todos sabemos está corrompido por el chavismo.

A fin de año se celebrarán las elecciones parlamentarias en ese país, a la que la oposición democrática venezolana ha solicitado la presencia de observadores internacionales. Pero la Cancillería chilena no ha querido promover el envío de observadores electorales de la OEA, tal como lo establece la Carta Democrática Interamericana.

En suma, la ideologización de la política exterior chilena es altamente inconveniente, porque vulnera principios que son fundamentales para la convivencia entre los chilenos y porque desprestigia la imagen de Chile en el exterior.

1.2 En cuanto a los intereses nacionales, tampoco se advierte un manejo más acertado de parte de nuestra Cancillería. Si se examina, por ejemplo, la demanda boliviana ante la Corte Internacional de La Haya (CIJ) y la campaña que ha venido sosteniendo el país vecino para forzarnos a un cesión territorial, resulta claro que la posición chilena ha sido sumamente rígida y complaciente. De partida, el excesivo “legalismo” chileno no ha funcionado frente a la “creatividad mediática” boliviana. Además, nuestra postura jurídica es arrogante, inflexible y desfasada en el tiempo, porque nos hace aparecer como un país intransigente ante nuestro “desvalido” vecino; porque no hemos tomado en cuenta la evolución del derecho internacional, ni hemos aprendido del proceder de la Corte. Chile ha dejado el asunto en manos de los abogados y ha descuidado a sus diplomáticos más avezados para la atención de los elementos políticos, históricos y sociológicos que rodean toda controversia.

El irredentismo boliviano es una estrategia a largo plazo, independiente de los avatares de un fallo judicial en particular. Lo que busca es apoyo internacional para presionar a nuestro país y forzarlo a negociar una cesión de territorio. Y, cuál es la estrategia de Chile? Hasta aquí nos hemos confiado de una defensa jurídica, supuestamente superior, pero en el contexto de una relación que es asimétrica y que no logramos dominar.

Como ya vimos, por una parte, la política exterior chilena está hoy impregnada de un fuerte sesgo ideológico, que choca con el pluralismo y el pragmatismo exitoso de nuestra tradición diplomática, y por la otra, carece de una adecuada visión estratégica. Una parte importante del problema yace en una deficiente conducción de nuestra Cancillería y en la situación desmejorada del servicio exterior chileno.

  1. Una Cancillería politizada y poco profesional:

Si empleamos aquella imagen de que los estados cuentan con un escudo (diplomacia) y con una espada (defensa) para su desempeño en el concierto internacional, habría que admitir que la Cancillería chilena arrastra -desde larga data- algunos vicios, que tienen que ver con la postergada reforma (modernización) del estado chileno, en general, y con un servicio exterior (diplomático) poco profesional, en lo particular.

2.1 La primera premisa es que, todo estado moderno y desarrollado, cuenta con un servicio exterior permanente y estable para atender sus relaciones internacionales. Los jefes de gobierno dan la gran orientación, en tanto que el servicio diplomático asegura la continuidad de la política exterior. En Chile se habla mucho de “política de Estado”, pero no se practica. Y, si bien la Cancillería cuenta con una planta del servicio exterior, no se le reconoce su importancia ni se le asignan los recursos necesarios.

2.2 Un segundo tema básico es conceptual pero de fondo. Si bien se entiende por modernización de un servicio público, entre otras cosas, a la profesionalización (y especialización) de su personal, en el caso del ministerio de RREE chileno los funcionarios de carrera ya son profesionales al momento del ingreso al servicio, para luego ser capacitados en la Academia Diplomática y especializándose de acuerdo con su variada experiencia diplomática. Por ende, la modernización de la Cancillería se refiere más bien a que el servicio sea ocupado -y en lo posible dirigido- por diplomáticos profesionales y no por funcionarios improvisados (clientelismo político).

2.3 Lamentablemente, el servicio exterior chileno sufre una creciente injerencia político-partidista. Con el retorno de la democracia en el país, se retomó la línea pluralista de la diplomacia chilena, pero los sucesivos gobiernos de coalición cayeron en la mala práctica del “cuoteo político” al momento de los nombramientos principales. Esa injerencia de carácter externo, se ha debido a dos factores claves: primero, la “jibarización” del aparato estatal, a raíz de las privatizaciones de empresas públicas, significó que los gobiernos de turno tuvieron menos cargos a su disposición y se vieran presionados a nombrar como embajadores a ex ministros, parlamentarios no reelectos o políticos sin ocupación; y segundo, como consecuencia del taponamiento que esos nombramientos produjeron en la parte más alta de la carrera funcionaria, un número importante de diplomáticos han dejado a un lado los intereses corporativos para optar por la militancia partidista. Hoy, tenemos diplomáticos políticos y no políticos.

2.4 Se suma al fenómeno anterior, el hecho de que los gobiernos de turno tienden a desconfiar de los diplomáticos que han servido en las Administraciones anteriores y, por ende, prefieren asesorarse con cuadros políticos afines no profesionales. Eso debilita aún más la carrera funcionaria.

2.5 El problema descrito se agudizó en los dos mandatos de la Presidenta Bachellet. El porcentaje de nombramientos “políticos” aumentó sustancialmente. Para muestra, un botón: actualmente, en el equipo para la defensa chilena ante la demanda boliviana en La Haya, no hay un solo diplomático de carrera (son todos abogados externos u “operadores” políticos del ministerio). Se busca ahora incorporar a algunas figuras nacionales como apoyo el trabajo, pero eso significa seguir improvisando en la diplomacia.

2.6 La Cancillería se ha convertido, asimismo, en un servicio muy piramidal, jerarquizado y poco flexible, en el cual escasea la delegación de funciones y el trabajo en equipo. La toma de decisiones se concentra en la cúpula (ministros y/o subsecretarios políticos), los que -unos más y otros menos- realizan una gestión demasiado personalista (clientelista?): solo persiguen objetivos inmediatos y no guían al servicio con una visión estratégica de largo plazo.

Finalmente, hay que constatar que nuestro servicio exterior está desmoralizado también frente a otra práctica arbitraria: la carrera diplomática termina en el grado de ministros consejeros. Para ascender al grado superior de embajador, hay que renunciar a la inamovilidad funcionaria (aumentando así la politización), cosa que no ocurre en ningún otro servicio diplomático del mundo desarrollado.