Después de 13 años en ese país, la Misión de la ONU en la que Chile fue protagonista, llega a su fin. Flavia Manque y Jorge Reynozo, ambos del Ejército, relatan sus experiencias.
Publicado el 26.02.2017
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El lunes se confirmó que tras 13 años de trabajo, finaliza la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití -mejor conocida como Minustah o “cascos azules”-, que contó con voluntarios de 22 países, y donde jugó un rol protagónico la delegación chilena. El regreso total de las tropas será en abril, pero ya se comenzaron a hacer las primeras evaluaciones sobre el trabajo desplegado. Están los que aplauden la labor realizada y los que consideran que la larga permanencia significó un costo injustificado para Chile (US$ 10 millones anuales, aproximadamente).

Pero Haití todavía es ese país que en todos los ranking figura como el más pobre de América. Uno con una larga historia de gobiernos autoritarios, desastrosos y corruptos, pero que podría ser un paraíso. Está rodeado del Caribe, tiene clima tropical, es vecino de la pujante República Dominicana y, lo más importante: cuenta con una población con una sonrisa estampada en la cara, a pesar de las penurias. Un territorio que por su vulnerabilidad recibió desde 2004, después de una fuerte crisis económica y social, a la Minustah, que ofrecieron ayuda en actividades culturales, seguridad militar y alimentación con personal voluntario de las Fuerzas Armadas y del Ejército de distintas partes del mundo.

La madrina de Patrick

flavia-3Flavia Manque, 29 años, cabo segundo del Ejército y penquista, fue una de los más de 900 chilenos que han sido parte de esas labores humanitarias. Estuvo en Cabo Haitiano, ciudad en la costa norte de Haití y considerada la segunda capital, donde se concentró gran parte de la protección militar proveniente Chile, Ecuador, Colombia y El Salvador.

Estuvo ahí desde agosto 2013 hasta febrero de 2014 como auxiliar cívico-militar para personas vulnerables y se convirtió en la única mujer condecorada en esa misión por el embajador de Salvador con la Medalla Misión de Libertad, que lució en la Parada Militar cuando en 2014 se cumplieron 10 años de Minustah. “Ellos quisieron destacar mi trabajo, mi apego y mi capacidad de trabajar codo a codo y de no tener ninguna diferencia con los otros”, dice.

“A grandes rasgos lo que hice fue ayudar a la sociedad, ver las vulnerabilidades que tiene este tipo de población que sufre por diferentes alteraciones, así sea a nivel genérico o de un niño. Lo que tenía que hacer era llegar a ese tipo de personas, especialmente a los niños, a través de actividades culturales, hacíamos muchas proyecciones de cine en su idioma, por ejemplo. Es impactante cómo hay muchos niños abandonados y muchas mujeres que sufren de acoso”, cuenta.

Fue tanto su compromiso, que hasta la fecha mantiene contacto con Patrick, un joven de 17 años -a quien conoció de 13- al que ayuda a costear sus estudios y del que se transformó en una suerte de madrina. “Era de esos niños que siempre están afuera del batallón para darte un saludo. Y cuando escuché su historia, me interesé en velar por él y cuando me fui le dejé hasta mis zapatillas. Fue abandonado por negligencia de sus padres, vive con sus tíos y es el más grandes de cuatro hermanitos. A pesar de las falencias, es muy respetuoso, nunca ha tratado de aprovechar la oportunidad para pedir más de lo que necesita”, explica Manque.

Patrick quiere ser policía, aunque otras veces dice que le gustaría ser parte de la realeza para que lo llamen “Príncipe Patrick”, pero antes debe cursar su último año en el colegio. Aunque también revisa con Manque sus posibilidades de matricularse en alguna universidad. “Eso fue lo que conversamos hace dos semanas, que logramos hablar. Yo tengo números de él y la familia, pero la comunicación en Haití es complicada, por eso siempre tratamos de que él se acerque y hable con alguno de los que están en misión que conozco y quizás hablamos por whatsapp. Espero poder seguir ayudándolo”, cuenta.

Por esas pequeñas historias que coleccionó por su paso en Haití, Manque asegura que ahora “agradece hasta los más mínimos detalles” y que cada vez que se encuentra con un haitiano en Santiago, le habla usando algunas frases que aprendió en creole: “Kouman ou ye?” (¿cómo está usted?) o “Zanmi” (amigo). “Se sorprenden y agradecen el gesto. Es que los haitianos son un pueblo demasiado agradecido, demasiado sonriente a pesar de todo (…) No me gusta cuando dicen que Haití es el infierno en la tierra, no me parece. Es un país donde se pueden potenciar muchas cosas. Ellos tienen el don de la agricultura, tienen gente muy humilde, sacrificada, que ha sabido luchar contra todas las adversidades y sin tener los suministros básicos, como el agua potable, por ejemplo”.

El escopetero que nunca usó su arma

sn850995José Reynozo (37) es oriundo de Rancagua, cabo primero del Ejército de Chile y su período de misión fue de agosto de 2012 a febrero de 2013, también en Cabo Haitiano. Su trabajo era la de escopetero, es decir, uno de los que conformaba las patrullas que debían detectar posibles problemas antes de que la Policía Nacional de Haití lograra reconformarse después de la crisis social, económica y el fuerte terremoto de 2010. No tuvo la oportunidad de interactuar tanto como Manque con los haitianos, porque su misión era la seguridad de la población, colaborar con la entrega de utensilios, comida y agua o permanecer dentro del cuartel para planificar los recorridos y misiones en una ciudad que cuenta con solo una calle completamente asfaltada y donde a veces grupos se coordinaban para cobrar peaje por el paso. Por suerte, nunca le tocó usar su arma.

De su experiencia, hay una imagen que no olvida. La de una niña hurgando en la basura en busca de comida. “La vi un día que estábamos haciendo la ruta de patrullaje y me afectó especialmente porque  mientras estuve por allá dejé a mi hija de tres años con mi esposa. Me la imaginé a ella en esa situación. Uno en el momento pone su mejor cara de soldado, pero cuando llegas a la cama y te pones a pensar en la situación, es muy fuerte”, recuerda.

En cada paso, Reynozo también dice que se percibe lo machista que es la sociedad haitiana. “Hay muchas historias de abuso y lo vez hasta por el hecho que en la calle son las mujeres las que cargan con el agua, las que hacen todo. Los hombres nunca ofrecen ayuda”, relata. Y la pobreza se nota en que no hay alcantarillado, “para mí eso fue impresionante. Porque imagínate, las necesidades no van a ningún lado, entonces queda todo eso ahí con un calor de más de 30º C y son muchas las enfermedades que se transmiten”, agrega.

Así cómo hay postales de vulnerabilidad, Reynozo asegura que hay otras que no se entienden. “Cuando van al colegio o a la iglesia se ponen su mejor ropa. Todo está perfectamente planchado y si van de blanco, eso no es blanco, es más que eso. Es impresionante lo impecable. Las niñas van muy arregladas, con sus peinados y con estos adornos que llaman piojos (pinches pequeños, de colores). A pesar de la pobreza, la presencia importa en ciertos momentos”, explica.