Durante gran parte de su vida, el ingeniero matemático ha estudiado cómo las doctrinas políticas y morales han intentado influir en la conducta de las personas. Y en su ultimo libro, “De Naturaleza Liberal”, concluye que el comportamiento humano encuentra su mejor expresión en una sociedad liberal moderna y no en una utopía socialista.
Publicado el 10.01.2018
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Álvaro Fischer se define como darwiniano, ateo, pero sobre todo liberal. Es de profesión ingeniero matemático, pero se ha dedicado además a estudiar en profundidad el comportamiento humano, desde la óptica de la biología. Y en medio de sus labores como director de distintas compañías y al trabajo en su propia empresa dedicada a la gestión de residuos –Resiter- que creó hace 35 años con Raúl Alcaíno, desde hace casi cuatro años ha estado trabajando en un extenso ensayo que llamó “De Naturaleza Liberal, ¿Cómo la moral y el comportamiento humano encuentran su mejor expresión en una sociedad liberal moderna?”. El libro, editado por Catalonia, será presentado mañana, a las 19:00 horas, en el Centro de Estudios Públicos.

En esta extensa entrevista con “El Líbero”, Álvaro Fischer, que además es presidente de la Fundación Ciencia y Evolución, explica con ejemplos concretos y reales, que su investigación ”pretende argumentar en favor de la libertad y la autonomía individual, como el centro fundacional que articule nuestros objetivos políticos en el siglo XXI”. Y además presenta los pilares en que debería fundarse una sociedad liberal moderna, incluido el debate sobre el aborto, la eutanasia, la clonación, el homosexualismo y la legalización de las drogas.

-¿Por qué la moral y el comportamiento humano encuentran su mejor expresión en una sociedad liberal moderna?

– Yo creo que es porque los seres humanos desarrollamos ciertas conductas e interactuamos con otras personas, fundados por una parte en ciertos elementos que forman parte de nuestra naturaleza humana, por ejemplo nuestro sistema emocional. Y estos impulsores de nuestras conductas que yo identifico en el libro, como el altruismo y el egoísmo que coexisten, y la  sicología coalicional que nos lleva a conformar grupos, todo aquello que especifica nuestra especie, no pueden ser combatidos, porque no da buenos resultados.

Entonces, en una sociedad liberal, lo que uno hace es permitir y encauzar esos comportamientos, construyendo reglas del juego que producen ciclos virtuosos: creación de riqueza, adopción de reglas democráticas. Pero las sociedades que buscan combatir esa naturaleza humana, forzando en abstracto las conductas, fracasan. Forzar en contra de cómo las personas naturalmente actúan, es una manera equivocada de organizar las sociedades. Por más buenas que sean las intenciones que hubo detrás de formular esas ideas. Se debe dejar que las sociedades sean libres – y esto no significa que cada uno haga lo que quiera-, dejando que se exprese la naturaleza humana y las fuerzas de su comportamiento para construir la riqueza social.

-Usted habla en su libro de dos sustratos que convergen en el comportamiento humano, por un lado la biología y los genes, y por otro la cultura. ¿Cómo convergen en esta sociedad moderna?

– La cultura evoluciona de una manera distinta que la biología. La cultura, que es la información que no está encriptada en los genes, la información que uno aprende durante la vida, las normas legales, penales, la tecnología, las creencias religiosas, las obras artísticas, es información que no se traspasa a los genes cuando uno nace. Pero debajo de ese mundo hay un sustrato anterior, que es el substrato biológico, que está encriptado en el fenotipo de la especie, que fue esculpido por selección natural y que dio lugar a la parte más importante de su biología, que es el cerebro. Ese es el sustrato base, y sobre ese sustrato se construye el bagaje cultural que se aprende durante la existencia, y que no se hereda biológicamente, no se adquiere socialmente.

– ¿Cuál de los dos sustratos es el que predomina en la sociedad actual?

Durante mucho tiempo se ha discutido, si estamos determinados genéticamente o bien culturalmente. Y ninguna de las dos cosas son ciertas. Las culturas no pueden modificar cualquier cosa que ocurra y la genética no te fija un camino posible. Es más bien el encuentro de las herramientas mentales biológicamente heredadas con los conocimientos culturales socialmente adquiridos. Lo que sí ocurre es que el sustrato biológico no es modificado por la cultura y eso le introduce ciertos sesgos a nuestras conductas que hace que sea tan difícil construir utopías que vayan en contra de la naturaleza humana.

– ¿A qué utopías se refiere?

– A la utopía socialista, que nunca se ha podido imponer de la manera como la previeron quienes la pensaron. Y por qué ocurre eso. Porque para imponer la utopía socialista en su versión original, había que producir una sociedad con igualdad para cada persona de acuerdo a sus capacidades y a cada uno de acuerdo a sus necesidades. Pero eso no funciona. Las personas quieren apropiarse de aquello que hacen con más esfuerzo y no repartirlo todo entre todos. Intentar esa igualdad, implica forzar a la sociedad a una cierta dirección. Y entonces el resultado final es que no funciona.

Entender que hay una naturaleza humana y no hacerse cargo de ella, ha sido el gran error de pretender imponer utopías de maneras radicales. Por eso es que los ejemplos socialdemócratas o las versiones mucho más eclécticas del socialismo han podido funcionar. Porque aprovechan la naturaleza creativa de la naturaleza humana, a través de los mercados, de los emprendedores, de la creación de riqueza, y luego buscan maneras distintas para redistribuirlas, que no afecten ese proceso creativo. En ese espacio donde no estás combatiendo directamente la fuerza de la naturaleza, es donde las doctrinas políticas tienen mejores posibilidades de funcionar.  Hay que aprovechar la fuerza de la naturaleza humana, para lograr lo que queremos.

Es lo que ocurrió en China con Deng Xiaoping, que modificó la forma de producir agrícolamente los alimentos. En vez de hacerlo en grandes granjas donde un grupo de personas producía y se repartía entre todos por igual, él dijo que los agricultores debían producir lo que ellos pudieran y el resultado de esa producción lo debían vender en los mercados.

– Cuando usted menciona lo de la utopía del socialismo, ¿también se puede pensar en el Chile actual? Se lo pregunto por los proyectos reformistas del actual gobierno de la Nueva Mayoría.

– Claro. Si uno interpreta al gobierno de la Nueva Mayoría en esta clave, uno recuerda cómo en la Concertación y en la entonces Alianza por Chile había una especie de acuerdo tácito de llegar rápidamente al desarrollo. Había dos “sabores” de ese modelo, uno con mayor equidad y otro con más eficiencia. Pero lo que hizo la Nueva Mayoría fue sustituir ese consenso y lo modificó. Y lo cambió por el combate a la desigualdad y entonces comenzó a forzar a la sociedad en contra de sus disposiciones más naturales -en esta interpretación que yo hago de la naturaleza humana- y empezó, por ejemplo, a modificar el sistema educativo, pero sin mejorarlo. Con el llamado “no al lucro” y que el bolsillo no marque el resultado de la educación de sus hijos, la sensación que tuvo la población es que sus aspiraciones por mejorar la formación de su familia, no estaban siendo interpretadas por el gobierno.

– Carlos Peña habló de esto mismo al interpretar la derrota electoral de la Nueva Mayoría en diciembre.

– Yo uso un lenguaje distinto al de Peña. Él habla desde la sociología más clásica, y yo uso el lenguaje de las ciencias sociales evolucionarias. En la forma como yo lo planteo, es que lo que hacen las personas en sus vidas es intentar recibir el reconocimiento de sus pares y elevar su rango y su ubicación en la sociedad, que puede ser a través del dinero, la reputación, la calidad profesional, deportiva, etc. Ese es el combustible que anima a la humanidad. Entonces cuando se producen fenómenos de “modernización capitalista” (en el lenguaje de Peña), lo que ocurre es una gran masa de personas producto de estas capacidades son capaces de producir más bienes y generar más riquezas y donde existen más opciones de seguir ascendiendo en distintas escalas. Nuestra vida es una permanente diferenciación con el otro, no igualación, como lo entendía este gobierno.

– Usted habla de igualación, ¿en esta sociedad del siglo XXI cómo se debiera enfrentar la desigualdad?

– La desigualdad debe intentar medirse por los merecimientos que las personas tienen a aquello que han logrado adquirir a través de sus vidas, que no tiene que estar siempre asociado a los recursos económicos. Lo que se debe lograr es que esas desigualdades que se generan, provengan de los merecimientos de las personas. Ahora, yo digo que siempre van a existir desigualdades, porque las personas que están dispuestas a tomar riesgos en actividades que tienen mayor variabilidad en sus retornos, les puede ir mejor. Y van a estar mejor que los que no tomaron esos riesgos y que quedaron en una situación más plana. Entonces, pretender eliminar esas desigualdades, sería una manera muy artificial de construir una sociedad. Y los gobiernos que lo han tratado de hacer, no les ha funcionado.

Por ejemplo, Fidel Castro. En Cuba trató de hacer una sociedad de iguales y le concedo que esa era su aspiración, pero no lo logró. Porque si permitía el libre emprendimiento, se iba a producir una diferenciación, entonces determinó que todo debía hacerlo el Estado. Además, no permitió la democracia porque  a lo mejor alguien lo iba a querer sacar del poder. Y tampoco logró la igualdad, porque la situación económica se le complicó tanto que tuvo que recurrir al turismo y la gente que comenzó a trabajar con los turistas, logró una mejor posición económica. Entonces finalmente tampoco se consiguió la igualdad.

Entonces cuando un gobierno pretende imponer estas formas de igualación artificial, lo que logra son resultados muy pobres: sin igualdad, sin libertad y sin una sociedad que florezca.  En conclusión, la igualdad de resultados es una utopía y la igualdad de oportunidades tampoco se puede lograr de manera absoluta, eso es imposible.

– ¿Cómo enfrentar la evolución de la naturaleza humana que usted aborda en su libro, con fenómenos del Chile de hoy, como por ejemplo, las migraciones?

– Lo que yo digo en el libro es que, así como el fenómeno de la globalización genera muchos beneficios, muchas mentes interactuando, pensando, innovando, con una fuerza imparable, sin embargo, eso no cambia aquellos elementos que forman parte de la arquitectura  de nuestro sistema nervioso central. Me refiero a la sicología coalicional, donde las personas se sienten parte de su grupo, o de su país, o de su región, y ven con recelo lo que ocurre en otros grupos. Entonces, la tensión entre la globalización y el tribalismo, va a seguir estando presente.

En el caso de Chile, en la medida que llegan migrantes en cantidades razonables y que encuentran trabajo y por lo tanto están generando riquezas para todos, esa migración es virtuosa. Los problemas se producen cuando los migrantes son muchos, copando los sistemas de salud y educacionales,  lo que puede producir tensiones excesivas. Fue lo que le pasó a Ángela Merkel en Alemania, cuando anunció que iba a recibir un millón de personas y la sociedad se espantó. Esas decisiones demasiado drásticas producen problemas, entonces hay que ser prácticos.

-¿Qué pasa con la cultura católica, que constantemente se opone a la evolución de la sociedad? ¿En algún momento va a tener que ceder en sus posturas?

– La postura liberal señala que se debe permitir ciertas conductas, pero que no se puede obligar a nadie que las utilice. En cambio, la cultura conservadora que prohíbe, impone esas obligaciones a todos. Hay un capítulo del libro que se llama “Siete opciones libertarias y una regla de oro”, en que soy partidario de dar estas opciones libertarias, sin obligar a nadie. Porque cuando tú permites que haya aborto, o eutanasia, o clonación, el que va a utilizar esa opción es solamente  la persona que no se siente inhibida moralmente de hacerlo. Y aquellos que se sienten inhibidos, por razones religiosas o por razones morales de otra índole, no están obligados a ocuparla.

– Entonces usted plantea en su libro una moral individual y no una moral social.

– La moral es social respecto de ciertos temas, por ejemplo en el aborto hay consenso que no se puede matar a un bebé cuando ya nació. Lo que ocurre antes, en el embarazo, produce una discusión social. Y cómo se resuelve esa discusión, creo que democráticamente, preguntándole al parlamento. Así ocurrió con la discusión de la ley de despenalización del aborto en Chile, que fue muy válida.

– ¿Y qué pasa con el matrimonio homosexual?

– Lo están pidiendo los propios homosexuales. Y qué piden: igualdad. Entonces, mi argumento es que las personas que son conservadoras y que les parece que el matrimonio es una institución válida, deberían sentir que esto ayuda al prestigio de esta institución. Entonces hay que extender la definición del matrimonio y de esa manera se le da más dignidad como concepto.