El historiador presentará hoy su libro "Juventud, rebeldía y revolución en los años 60... ", a un día que se conmemoren los 50 años de la toma de Casa Central de la Universidad Católica de 1967. "Este libro no pretende ser un homenaje" dice el autor, sino "un esfuerzo de comprensión" de un fenómeno social que tuvo consecuencias tanto positivas como negativas.
Publicado el 10.08.2017
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Mañana se conmemoran los 50 años de la toma de la Casa Central de la Universidad Católica de Chile, un hito que según algunos historiadores dio inicio al movimiento de la reforma universitaria de la década de los años sesenta.

Fueron ocho días de una ocupación liderada por el presidente de la FEUC Miguel Ángel Solar, donde incluso tuvo que mediar el gobierno de Eduardo Frei Montalva y la Iglesia Católica, encabezada en ese entonces por el Cardenal Raúl Silva Henríquez.

La FEUC logró su principal objetivo que era sacar de la rectoría a monseñor Alfredo Silva Santiago y poner en el puesto a un laico, que finalmente fue el arquitecto y profesor Fernando Castillo Velasco. Pero además la toma  provocó el nacimiento de una oposición “contra reformista”, liderada por el presidente del Centro de Alumnos de Derecho, Jaime Guzmán.

Con la presencia de Miguel Ángel Solar y de Ernesto Illanes, que en 1969 fue el primer presidente gremialista de la FEUC, el historiador Alejandro San Francisco presenta hoy su libro “Juventud, rebeldía y revolución en los años 60. La FEUC, el reformismo y la toma de la Universidad Católica de Chile” (Centro de Estudios Bicentenario) en la Casa Central de la Universidad Católica. En una entrevista con “El Líbero”, el profesor de la Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, adelanta algunos pasajes de su investigación, y compara la toma de la Casa Central y la reforma universitaria, con los movimientos estudiantiles de 2011.

San Francisco (en la foto), que además es Director de Formación del Instituto Res Pública, sostiene que esta obra no pretende ser un homenaje a la toma o la reforma, ni tampoco una execración, “sino simplemente un esfuerzo de comprensión de los actores, sus ideas, las estructuras en las que se insertaron los procesos y la interrelación entre todos estos factores”. 

– A la luz de los 50 años, ¿cuál es el mayor legado que dejó la toma de la Casa Central de la UC en la historia reciente de Chile?

-Es difícil mencionar un solo aspecto. La toma de la Universidad Católica tiene un legado simbólico muy claro, en el contexto del ambiente revolucionario de la década de 1960. Adicionalmente se produjo una mayor apertura y conocimiento de la UC en la sociedad chilena. A esto se suman otros factores relevantes: provocar un cambio de rector que continúa “desde arriba” el proceso de reforma universitaria, y marcan el inicio de lo que será la radicalización de la juventud del Partido Demócrata Cristiano. El surgimiento del Movimiento Gremial también es muy importante, en esos años y en la vida posterior del país. Sin embargo, el mayor legado es proyectar a la Universidad Católica de Chile con dos dimensiones claras que hoy forman parte de su definición fundamental: una institución de excelencia académica y proyectada al servicio de Chile. En esta década revolucionaria, la intensa lucha ideológica que apreciamos en Chile, tuvo su correlato en la UC, donde conceptos centrales como el de “Universidad”, “democracia”, “autoridad”, buscaban ser redefinidos y disputados.

-Este hecho histórico tiene dos miradas, una negativa y otra positiva. Desde el punto de vista histórico, ¿qué es lo más negativo de la reforma universitaria? 

-Es evidente que hay posiciones encontradas, por lo que lo negativo y positivo depende de las convicciones de cada cual. En cualquier caso, me parece que la tarea historiográfica es la de ayudar a conocer y comprender el fenómeno, considerando los factores que contribuyeron al proceso de reforma universitaria, las circunstancias que permitieron la toma y su desenlace, las consecuencias posteriores de los hechos. Sin embargo, quizá un aspecto negativo que se puede destacar es que no se haya logrado una solución a los temas discutidos sin la necesidad de recurrir a la toma, que fue un hecho de fuerza, finalmente respaldado por autoridades como el Cardenal Raúl Silva Henríquez. Otro elemento se da con posterioridad, cuando la Universidad Católica -y otras instituciones en el país- entraron en una dinámica que deja de lado o minusvalora los aspectos académicos, para sumarse a la lógica de los procesos políticos revolucionarios del país. El concepto de una universidad al servicio de una determinada revolución o de un proyecto político particular generalmente termina alejando a la institución de sus fines, sin perjuicio de que es necesario que la Universidad esté inserta en la sociedad y procure servir, especialmente a quienes más lo necesitan.

-¿Y qué es lo más positivo?

-Me parece que consolida una tendencia -que no nace ciertamente de la reforma- de una Universidad Católica comprometida con Chile, y no necesariamente con un gobierno o proyecto de turno. La dimensión social de la UC, desde sus funciones propias de docencia e investigación y con acciones concretas que benefician a la sociedad, son una característica de ciento veinticinco años de historia, que tuvieron en los años 60 un énfasis especial desde el mundo estudiantil, como prueba el trabajo sistemático –y muy interesante- realizado por sucesivas Federaciones de Estudiantes lideradas por la DC. Creo que este último aspecto no había sido suficientemente destacado.

-¿Por qué la reforma universitaria y puntualmente la toma de la Universidad Católica marcan un hito en la política chilena de esos años y por otro lado, en la relación de la Iglesia Católica con la ciudadanía?

-En el contexto de los años 60, Chile vivió un tiempo revolucionario, que tuvo manifestaciones políticas, sociales y culturales. La toma de la UC fue un momento simbólico, que marcó la agenda durante varios días, involucrando a las figuras religiosas del país e incluso al Presidente de la República. Además, se da exactamente en la mitad de dos proyectos revolucionarios que vivió la política chilena, con Eduardo Frei Montalva en 1964 y Salvador Allende en 1970. Como dijo Juan de Dios Vial Correa en su momento, la toma de la UC fue una “revolución”, que en pocos días cambió radicalmente la estructura y forma de generación de la autoridad y las relaciones al interior de la casa de estudios, en pocos días y “bajo el impacto de una insurrección”.

Las revoluciones que vivieron las universidades católicas no solo terminaron expandiéndose al resto del sistema universitario chileno, sino que también contribuyeron a consolidar un ambiente de efervescencia política.

– ¿Por qué los líderes estudiantiles de la Reforma, no pudieron seguir encabezando la FEUC? ¿Por qué la “contrarreforma” liderada por Jaime Guzmán fue la que finalmente se tomó el poder universitario?

-Hay varias explicaciones. Manuel Antonio Garretón y Javier Martínez destacan que el movimiento se caracterizaba por su capacidad de crítica, y al hacerse la “reforma”, los dirigentes de la FEUC se quedaron sin proyecto. Dentro del mismo grupo de la DC algunos enfatizan la división entre aquellos que habían estado juntos en la toma, que después tuvieron dos expresiones: la JDC y el Movimiento 11 de agosto. A esto habría que agregar la importancia de que se levantará un proyecto como el Movimiento Gremial, que se transformó efectivamente en una alternativa estudiantil, con ideas y liderazgos, capaz de disputar con éxito la presidencia de la FEUC. Poco después de la toma, Jaime Guzmán -presidente del Centro de Alumnos de Derecho en 1967- decidió disputar el liderazgo de la Federación, en una candidatura destinada a la derrota. Sin embargo, él estimaba que era necesario enfrentar a la “utopía revolucionaria” con un ideal opuesto y promovido con capacidad de lucha y de victoria. A la larga probó que su tesis política tenía fundamento.

-¿Por qué se dice que el movimiento estudiantil de 1967 marca un antes y un después en el desarrollo de la educación superior chilena?

-En gran medida 1967 es un año importante para el conjunto de la educación superior chilena. La toma de la UC el 11 de agosto es un hecho conocido, pero no debemos olvidar el movimiento de reforma surgido previamente en la Universidad Católica de Valparaíso. En el segundo semestre de ese año prácticamente todas las universidades existentes entonces experimentaron sus propios procesos de discusión, demandas estudiantiles, tomas y movilizaciones, reformas, que continuarían en los años siguientes. En este sentido, se podría afirmar que 1967 en Chile es el equivalente al 1968 europeo. Creo que es importante considerar también que 1967 es un año bisagra de la democracia chilena del siglo XX, y la toma de la UC se inserta en ese proceso.

Asimismo, de la demanda de compromiso social de la universidad, se pasa a una exigencia de compromiso político e ideológico de estas instituciones. Ya hacia fines de la década muchos postularán que la universidad y la ciencia debían estar al servicio de la revolución.

-¿Por qué se puede asociar la reforma universitaria y la toma de la Universidad Católica como el germen de los movimientos sociales que desencadenaron en el golpe militar de 1973?

-Procesos históricos tan complejos requieren explicaciones pluricausales. Lo que inicia la toma de la UC, podríamos decir, es una cultura de tomas, que se extendieron después al campo y a las fábricas, a la proliferación de las tomas de terrenos para obtener un lugar donde vivir. Pero el proceso de la UC en modo alguno se vincula directamente con el 11 de septiembre de 1973, que es un hecho que tiene orígenes de largo plazo, y otros propios del proceso revolucionario que vivía Chile durante la Unidad Popular y que sería más complejo de explicar en pocas líneas.

-El movimiento estudiantil y universitario de 2011 ¿se asemeja a la reforma del 67? Miguel Ángel Solar habla de continuidad entre lo que ocurrió ese año, con los movimientos de los años 80s, y finalmente el 2011. ¿Concuerda con esa mirada?

-Probablemente la mayor semejanza tenga relación con la rebelión generacional que significan, pero en contextos muy diferentes y con dimensiones también distintas: 1967 es un asunto propio de la historia de la Universidad Católica, con una rica discusión previa y fenómenos de cambio cultural y social; los movimientos de los años 80 se desarrollaron en un contexto de transición hacia la democracia y redemocratización de las federaciones estudiantiles, que pasaron a ser lideradas generalmente por jóvenes militantes de la Democracia Cristiana; el 2011, en tanto, estamos frente a un movimiento nacional, en gran medida contra el sistema universitario vigente y los altos costos asociados a los estudios. Todo esto con una paradoja: si en los años 60 se pedía “universidad para todos”, fue precisamente el sistema nacido a partir de 1981, con multiplicidad de instituciones, el que permitió ampliar considerablemente la matrícula y el acceso de sectores sociales más amplios a los estudios superiores. Por otra parte, se da en un contexto curioso, que requiere más estudio, considerando que Chile ha llegado a tener el mejor sistema de educación superior de América Latina, pero que no obstante recibe críticas desde distintos sectores.

-Giorgio Jackson ¿será recordado en la historia de Chile como el líder de los movimientos estudiantiles de 2011, tal como lo fue Miguel Ángel Solar en 1967?

-Me parece que el movimiento del 2011 tuvo liderazgos plurales, entre los que destacaron Camila Vallejo y Giorgio Jackson, por su visibilidad y liderazgo. Me parece que Camilo Ballesteros también fue relevante, así como algunos dirigentes de regiones. Ellos han optado por seguir en la actividad política. Serán recordados también, en parte, de acuerdo a cómo sigan sus desarrollos políticos y profesionales hacia adelante.

El caso de Miguel Ángel Solar me parece que es distinto. No sólo fue un líder decisivo en 1967, sino que se convirtió después en un mito –hombre de gran calidad humana, con un profundo sentido de servicio-, al decidir ejercer su profesión de médico en el sur, dejando de lado lo que muchos estimaban sería una carrera política brillante.

– La reforma universitaria de 1967, ¿puede ser comparable con la actual reforma a la educación superior del gobierno de Bachelet?

-La verdad es que Chile ha tenido cambios decisivos en los últimos 50 años, que deben verse en su conjunto. La reforma universitaria apuntaba a la estructura de gobierno universitario y carácter de la investigación y desarrollo académico, mientras en los últimos años hemos visto transformaciones que apuntan más bien a un cambio estructural en el financiamiento, que pasa a ser controlado por el Estado, en un planteamiento de gratuidad total, pero progresiva. Estamos, además, frente a un proceso en marcha, que tendrá muchos altibajos en el camino y cuyo final está necesariamente abierto.