La policía gala, instruida por el gobierno, intenta impedir como sea el ingreso de nuevos potenciales extremistas. En un aire que desde ayer se respira enrarecido y con temor, ya no vale lo políticamente correcto, y el mero "olor a musulmán" puede hacer que un viajero siga o no su camino.
Publicado el 15.11.2015
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Son las 15.30 horas del sábado. Ayer. Menos de 24 horas después de la matanza de París, con 129 muertos y cerca de 300 heridos. El Presidente francés François Hollande había decretado ese mismo viernes estado de emergencia y el cierre de fronteras, en prevención a nuevos ataques de los terroristas del Estado Islámico. Posteriormente se dijo que los vuelos y trenes seguirían funcionando de forma normal. O más o menos normal.

IMG_8103Nos encontramos a bordo un tren rutinario que cubre el trayecto entre las ciudades de Génova, en Italia, y Niza, Francia. El tren se detiene en la localidad de Menton, primera ciudad gala, en la Riviera francesa. En nuestro vagón va poca gente, lo que asociamos a la baja temporada turística, acrecentado esta vez con los abominables sucesos de París.

Dos hombres con marcados rasgos árabes se encontraban sentados juntos, dos filas delante nuestro. Al llegar el tren a territorio francés, los tripulantes anuncian un control policial, cada vez más escasos debido a encontrarnos en territorio Schengen. Pero esta ocasión era especial. Los individuos, alertados, deciden separarse y uno de ellos se desplaza a la corrida de asientos al frente nuestro. Se les ve nerviosos. Titubeantes.

En eso ingresa un policía francés. Los pocos pasajeros del vagón ya teníamos nuestros pasaportes a la vista para ser controlados, pero el oficial, de mirada seria, dura, se desplaza directo -con la mano en su arma- hacia nuestro nuevo “vecino”, un tipo que rondaba la treintena, de cabello corto y polera celeste. Portaba una mochila. El policía sólo dijo un seco “Bonjour” para luego apremiar al sujeto a abandonar el vagón junto a sus pertenencias. A nosotros ni nos miró. Una vez fuera, le hizo abrir la mochila y enseñar todo lo que llevaba. No fue suficiente. Al minuto el hombre se encontraba en un carro policial. Pocos segundos después entraron más efectivos franceses, esta vez hacia el compañero de viaje quien volvería a reunirse con su amigo, sólo que esta vez en la furgoneta.

El tren siguió. Nunca supimos si los policías venían advertidos de la presencia de estos dos sujetos o, sencillamente, en un momento de estupor y shock por lo sucedido, en donde lo políticamente correcto esta vez no cuenta, los policías se fijaron sólo en quienes cuyos rasgos físicos coincidían con los de extremistas islámicos y actuaron en esa dirección. Tampoco supimos si el nervio de los detenidos se debió a que tenían verdaderas razones para estarlo o que el ambiente no era el más amable para el simple ingreso de dos extranjeros sin nada que esconder.

Es sábado al atardecer. Niza es una hermosa ciudad de la Costa Azul, muy cerca de Mónaco. Cientos de paseantes recorren el Promenade des Anglais, junto al mar, admirando la puesta de sol. Si no fuera por un par de banderas a media asta en los edificios públicos no habría una sensación de tragedia como la vivida en la capital. Algunos de los miles de musulmanes franceses o refugiados que existen caminan tímidamente; se ve a mujeres con velo y largos vestidos, y a tipos paseando tomados de la mano con sus amigos, como manda la costumbre musulmana entre hombres. Algunos paseantes se dan vuelta a mirarlos con desconfianza. “Es injusto “, pensamos, pero hoy “los justos” llevan las de perder, gracias a los “injustos”. Se percibe el preludio de una nueva ola antimusulmana. En los comercios de las calles de Niza, ya comienzan las primeras muestras de solidaridad. El “Je suis Charlie” está siendo reemplazado por “Je suis Paris”.

Bruno Ebner

Desde Niza

FOTO: PUBLICO.ES