Bruno Ebner, periodista, protagonista del reality “Motoviajeros”, y trotamundos tanto en la abundancia como en la estrechez, elabora una nómina que ayuda a clasificarse uno mismo.
Publicado el 02.02.2016
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Vacaciones. Época de descanso; tiempo para el relajo y la diversión; momento ideal para leer, desconectarse y hacer lo que uno quiera y cuando quiera. Sin plazo fatal, sin jefes pesados, secretarias catetes ni reuniones lateras; también sin profesores ni amenazas de pruebas o trabajos grupales. Y, de ser posible -y de no haber algún colegio mala onda-, sin lecturas obligatorias ni tareas “para las vacaciones”. Porque si no, ¿para qué se está de vacaciones?

Durante este necesario y añorado periodo se pueden masticar todas las ideas que no hicimos durante el año y que intentaremos materializar a contar de marzo. Pero un plácido lugar de veraneo también es el lugar perfecto para sólo mirar el cielo, o el techo, y repetirse a cada rato, como tratando de autoconvencerse: “No tengo nada que hacer. Tengo todo el tiempo del mundo, y me gusta…”. Y es que en vacaciones tenemos hasta el legítimo e irrenunciable derecho a aburrirnos. Cuando uno piensa en los momentos más infames del año laboral, qué rico es poder lisa y llanamente estar lateado, sin hacer nada, ocupando nuestro valioso tiempo en contemplar el vuelo de un tábano. No tiene precio.

Pero en vacaciones, además de no hacer nada, se suele viajar. Viajar a no hacer nada, si se elige un resort, o dárselas de Indiana Jones por tierras lejanas, para llegar agotado a descansar de las propias vacaciones pero feliz. Y es que hay tantas formas de viajar como preferencias existen. Están los viajeros cuicos, los opíparos, los aperrados, los clase media alta, los clase media-media y los mochileros; entre éstos, a su vez, se distinguen los mochileros pitucos o los hippientos, que además se subdividen en hippies lais y hippies guachacas. Finalmente están los viajeros populares. Vamos por parte:

El viajero cuico

Léase el de alto poder adquisitivo y apellido vinoso que pasa sus vacaciones en Europa o en algún lugar del hemisferio norte, en modalidad cinco estrellas. Este tipo de viajeros son más frecuentes en invierno, pues aprovechan el verano boreal. Gustan de exclusivos hoteles suizos, recorrer viñedos franceses, selectas islas del Mediterráneo, yates, visitar museos, ir a la ópera de Viena o el glamour de Mónaco. Específicamente, los hombres visten bermuda con cinturón y mocasines sin calcetines, por lo que es fácil distinguirlos. Los amantes de la nieve, además, se van durante el verano chileno a esquiar a los países alpinos. Algunos incluso tienen propiedades de descanso allí. El viajero cuico es a todo trapo, elegante, top. Nada de mochilas o “youth hostel” con baño compartido. Cero penuria. No concibe ir comprar a un supermercado para comer más barato en la pieza del hotel. Antes muerto.

El viajero opíparo

Se dice de aquél que, siendo de buenos ingresos, gusta de vararse como un cetáceo en algún resort del caribe y no mover un dedo. Para qué, si el sitio tiene todas las comodidades que da el “all inclusive”. Qué es eso de levantarse a las 7 de la mañana para ir a aplanar calles, fotografiar hasta la última piedra de una ciudad o mirar estatuas aburridas. Ésas no son vacaciones. Aquí se viene a dormir hasta tarde, a ejercitar el brazo (con un vaso), a comer como romano, a arruinar los buffet de los hoteles, a pololear y a dorarse como modelo argentina. Este viajero no posee espíritu aventurero, no le interesa y no está ni ahí con explorar más allá de la recepción del resort. Generalmente, estas bacanales duran una semana. A lo más dos.

El viajero aperrado

Un tipo especial de viajero, no muy frecuente. Se caracteriza por tener buenos recursos pero renunciar a los resort o a Europa para convertirse en Dora la Exploradora, agarrar el 4 x 4 o la moto BMW 1200 GS (Adventure, si es posible) e irse a la aventura. Elige agrestes, incómodos pero fascinantes lugares de Sudamérica, como los Andes, la Amazonia boliviana o cruzar el Chaco hasta Paraguay y Brasil. No le importan los mosquitos, chinches o cucarachas -es más, se diría que le gustan-; le emociona pagar coimas a los policías corruptos y hasta disfruta quedándose en pana o enterrado en el barro, como parte de la experiencia. Vibra con los avatares o penurias del día a día, de caminos que no sabe si terminará, y acepta condiciones duras.

El viajero clase media alta

Aunque no se crea, este tipo de viajero tiene algunas complicaciones: no puede ser cuico porque no le da la plata; le gustaría ser opíparo, pero lo encuentra rasca. Algunos hombres de esta categoría quisieran ser aperrados pero la señora no los deja. Es el “wannabe” por excelencia. No le alcanza para una mansión en el lago Ranco, como en verdad quisiera, pero sí para una casita en Caburgua o un “tiempo compartido” en Pucón y ciertos balnearios del Caribe (fueron los primeros en pisar el palito con ese magnífico sistema). Se le ve en Santo Domingo, pero en Las Rocas, no en Las Brisas. Arrienda (no es propietario) en Calafquén y Panguipulli. Es el habitante natural de Puerto Velero, Reñaca y Maitencillo. Algunos antiguos veraneantes aún conservan sus casas en Algarrobo, no obstante, los desplazas unos kilómetros a Guaylandia, Las Cruces o El Tabo y caen en coma. Suele viajar a Europa pero, muy a su pesar, en plan pocas estrellas o derechamente “low cost” (lo bueno es que allá nadie lo conoce y no pasa vergüenzas). Vive un verdadero drama social.

El viajero clase media-media

Este ejemplar es más osado que los anteriores. Por lo general no sale de Chile a menos que encuentre un buen paquete en internet a Buenos Aires, Bariloche o Río; anda con toda la familia y opta por camping, cabañas en lagos y playas, o aterriza en las casas de familiares o amigos más pudientes. Esto último es más frecuente de lo que se piensa. Algunos no respetan la famosa regla viajera de que a los tres días el pescado huele mal y se quedan todas las vacaciones allí; otros van de “salto” en “salto”. Este viajero se mueve mayoritariamente en auto o una van. Cuando no hay tanta plata se desplaza en bus, porque los peajes son muy caros (razón no le falta). Es el viajero chileno por excelencia.

El mochilero

Este viajero es más frecuente entre los 18 y 30 añ Aquí la familia se reemplaza por los amigos o hay avezados que viajan solos. El vehículo por defecto es el bus “salón clásico” y, dependiendo del caso, las condiciones pueden llegar a ser de sobrevivencia. A veces puede faltar la comida pero nunca la bebida. Es capaz de renunciar a un sándwich por una botella de pisco o el licor de la zona, si se viaja al extranjero (algunos también llevan pisco). Duerme en carpa u hostales indignas hasta para un homeless, si es que duerme. Suele estar siempre carreteado pero se le ve feliz y, en general, es bastante cuero de chancho. Esta categoría se subdivide en:

Mochilero pituco

Niñito (a) bonito (a) de buena familia que adopta esta modalidad como una forma contestataria de declarar su independencia del núcleo y su desapego a las comodidades terrenales. Le seduce lo lana. En Chile, elige destinos como Pucón, Lican Ray, Rupanco, Puerto Varas o San Pedro de Atacama. En Sudamérica va mayormente a Perú y Bolivia. A veces se les ve por Brasil y las menos en Ecuador. De preferencia viaja en bus, pero no le hace asco al avión, pues se lo pagan. Se sabe de algunos que incluso han ido a Europa. Si bien aperra con sus amigos en condiciones no tan cómodas, lleva lucas, smartphones, tablets, computadores, palos para selfies y tarjetas de crédito de los padres por cualquier imprevisto.

Mochilero hippiento

Su forma de vestir es aún más contestataria con el solo objeto de fastidiar a sus papás. Aprende a hablar como artesa, no se baña todos los días, anda con el pelo pegado o de frentón se deja rastas, y lleva poleras inmundas. También se subdivide:

Hippie lais

Aquél que por rupturista con el modelo neoliberal de su familia, moda o alguna inspiración express de corte “bolivariano” (casi siempre temporal), destroza sus poleras Benneton, Zara y Polo para usarlas rotas. También porta el típico polerón o gorro de lana que dice “Chiloé”, “Angelmó” o “Bolivia”, ilustrado con una llama o barquito del Titicaca. Los chicos se dejan crecer el pelo y la barba y las chicas se dejan de pintar y perfumar. Ambos no se bañan si no es muy necesario. Son de buen colegio o universidad y se les divisa en Chile de preferencia en Pichilemu, Tunquén y también San Pedro de Atacama. En el extranjero deambulan por el Cusco (intentando ridículamente camuflarse de quechua), Salvador de Bahía o en otro lugar taquilla de Sudamérica que parezca Reñaca (como Máncora). Últimamente se han conocido casos de viajeros de este tipo que carretean en los lugares más cool del Sudeste Asiático, coquetean con el yoga y asisten a retiros espirituales para gringos.

Hippie guachaca

Este efectivamente no tiene ni uno. Domina y enseña el lenguaje lana a la perfección. Está en contra de todo, añora la Unidad Popular que no vivió y encuentra vendidos a Los Prisioneros. Comparte con los lais el no bañarse si no lo estima necesario. Es raro que salga de Chile y se le ve machetear afuera de las discos o bencineras del litoral central. Para ello utiliza el método de abrirte la puerta del minimarket y pedir una “colaboración” (nadie sabe para qué). Viaja generalmente a dedo, aloja en carpa, donde sea, como sea y comiendo lo que sea. Es extremadamente resistente a las inclemencias. Bebe pisco de 33 grados, vino de garrafa, cartón o pipeño. A veces lo mezcla con melones y duraznos.

El viajero popular

Aquí se vuelve a la familia. El viajero popular se mueve por excelencia entre Llolleo y Valparaíso. Es buena persona y campechano; gusta de los asados en la playa, hacer mariscales, comer sandía, escuchar música fuerte, llevar al perro y hacer camping junto al mar y otras decenas de carpas. Sus niños pequeños corren felices por la arena, en pañales. Se moviliza en buses, furgones, camionetas, “panes de molde” y por el estilo. La pasa bien en todas partes, con muy poco, y su espíritu es siempre alegre. No se queja de las incomodidades, es optimista y sabe tirar una buena talla. Representa a gran parte de Chile.

¿Y usted, qué tipo de viajero es?

 

FOTO: AGENCIA UNO